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| 8/10/2017 4:21:00 PM

“Para escribir mi novela tenía que enamorarme en internet”

SEMANA habló con Andrés Mauricio Muñoz sobre su más reciente novela El último donjuán: una frontera entre lo real y lo virtual.

Este escritor payanés, autor de los libros de cuentos Un lugar para que rece Adela (2015) y Desasosiego menores (2010), entre otros, enfoca sus narraciones en la literatura humana. Su intención es reflejar personajes comunes y corrientes, y los agobios cotidianos a los que se enfrentan en el mundo contemporáneo.

A los 15 años dejó de escribir por diferentes razones: quería estudiar o dedicarse al atletismo. Así que decidió estudiar ingeniería electrónica, pero a los 28 años su amor por la literatura volvió y emprendió el que él considera el camino más apasiónate de su vida.

Luego de 10 años de pensar, escribir y reescribir lanzó a finales de 2016 su segunda novela, El último donjuán, una historia que narra los amores en tiempos de internet.

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SEMANA: ¿Por qué El último donjuán es una novela y no un cuento?

Andrés Mauricio Muñoz: En un momento de mi vida sé que quiero escribir sobre el amor en tiempos de internet y debía apelar a diferentes voces: tenía que recurrir a un personaje que entra a internet a buscar cibersexo, a otro que entra a internet buscando una relación madura y amorosa y, también, tenía que recurrir al padre que no entiende cómo su hija pasa horas pegada al computador y se abstrae completamente de la realidad. Comprendí que la estructura debía ser la de una novela.

SEMANA: ¿Qué tanto se metió en internet para escribirla?

A.M.M.: También era consciente que no conocía mucho de internet, es decir, pese a que soy ingeniero siempre llego tarde a la tecnología y para esta novela sentía que debía meterme por completo a internet y ser un donjuán: tenía que enamorarme en internet, tenía que llorar por un amor en internet. Así que duré metido de cabeza cuatro años conociendo foros y chats. Fue una investigación completa.

SEMANA: ¿Y de verdad se enamoró?

A.M.M.: Pues conocí una persona de Canadá; yo sentía que la relación cada vez era más demandante, es decir, yo sentía la necesidad de hablar con esa persona. Y aunque nunca hubo formalismos de novios o algo parecido, sí llegué a tener una relación estrecha con ella. Le pedí permiso a mi esposa porque de otra manera, ¿cómo justificaba estar conectado todo el tiempo?. Sentí que me partían el corazón por internet y lo asumí: era la única forma de vivir lo que los personajes de mi novela podían sentir.

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SEMANA: ¿Su amiga virtual supo que era una investigación?

A.M.M.: Al final yo le conté, se sintió utilizada y me bloqueó (que es la manera de matar a alguien en el mundo virtual). Pero había una relación tan linda que a los dos días me dijo: ‘está bien, gracias. Solo te pido que me envíes un ejemplar’. Pero ella después desapareció y ya no usa el mismo correo con el que se conectaba. Algún día la encontraré.

SEMANA: ¿Entonces, ‘El último donjuán’ es real o es ficción?

A.M.M.: Es muy curioso, El último donjuán es un personaje de la ficción, un personaje que yo creé pero este existe en muchos lugares. Es una historia real. Lo que quiero decir es que es un fenómeno que sí existe.

SEMANA: ¿Por qué contar la novela a finales de los noventas y desde Messenger?

A.M.M.: Inicialmente el objetivo que me tracé era documentar y tener un registro literario de lo que fueron esos primeros años, los primeros merodeos de esa generación. Y la novela está ubicada a comienzos de los 2000, aunque los personajes cuentan cosas de los noventa. Yo quería escribir de cuando todavía no vislumbrábamos la magnitud de lo que se venía encima con la redes sociales, cuando apenas las personas hacían una exploración tímida en internet, porque igual se enamoraban y hacían cantidad de cosas, viajaban a otros países a casarse con personas que ni siquiera sabían quiénes eran: podía ser una persona correcta, cariñosa, pero también un sicópata.

SEMANA: ¿Pero su novela es virtual o real?

A.M.M.: El mundo virtual, finalmente, se convierte en una realidad. Para algunos personajes sus parejas no son virtuales, las aman realmente. Con la novela descubrí que lo virtual es tan humano como lo real.

SEMANA: ¿La ingeniería contribuye en su pasión como escritor?

A.M.M.: La mirada del ingeniero me ha nutrido mucho al escribir, porque el ingeniero es muy meticuloso, el ingeniero va a las estructuras de lo que está construyendo, y eso mismo lo aplico en mi proceso de escritura. Siempre estoy pensando en cada uno de los elementos que incorporo a la narración: en el objetivo o un fin, en el carácter del personaje, en la atmosfera o en nutrir la historia.

SEMANA: ¿Cuál es su rutina entre ser escritor y ser ingeniero?

A.M.M.: La literatura la asumo con mucho compromiso, con convicción y seriedad. Por ejemplo, yo madrugo mucho, me levanto a las 4:00 de la mañana, y antes de irme para la oficina tengo que haber escrito por lo menos unas tres horas. Mi sueño es que en algún momento se desvanezca el ingeniero y quede solo el escritor. Por ahora la ingeniería me da para vivir, para pagar las cuentas, pero lo que me inyecta vida es la literatura, mi pasión.

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SEMANA: ¿El papel de la mujer es importante en su literatura?

A.M.M.: Sí, totalmente, en mis libros de cuentos, en esta novela y en otra novela que va a salir, la mujer siempre es un personaje transversal y, sobre todo, un personaje de muchísima fuerza. Desde pequeño he sido amiguero de amigas, he sido el paño de lágrimas de ellas y siento que conozco mucho el universo femenino. Hace unos años cuando gané el premio nacional de cuentos, con Carolina ya no aguanta más, el jurado se sorprendió: no entendían cómo un hombre narra este cuento en primera persona y con un sentimiento tan femenino.

SEMANA: ¿Con el auge de las redes sociales qué tanto gana o pierde la literatura?

A.M.M.: Hay varios filos ahí: pierde la literatura en el sentido de la inmediatez, es decir, hay muchos lectores potenciales que podrían acercarse a obras literarias y a buenos libros pero no lo hacen porque tienen la distracción de estar conectados. Y también pasa que tengo amigos escritores que me dicen que no serían capaces de mencionar en una obra literaria la palabra Facebook, Messenger o Twitter, porque sienten que contaminan y banalizan su literatura. En mi caso, siento que si quiero ser fiel a mi convicción de querer narrar los agobios contemporáneos y el nuevo dinamismo al que están inmersas las personas, tengo que utilizar esas palabras, de lo contrario, mis personajes no serían lo suficientemente verosímiles y lo suficientemente humanos. Hoy los personajes tienen internet.

SEMANA: ¿Qué opina de la selección Bogotá39?

A.M.M.: Hay muchas personas a las que no les gustan los listados pero a mí me encantan, porque nos pone a leer personas que quizá no conocíamos. De esta lista en especial hay autores interesantes, los de Colombia merecen estar ahí. Me hubiera gustado ver a Margarita García Robayo, una tremenda escritora. Faltó ver más nombres de mujeres.

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