Lunes, 22 de diciembre de 2014

| 1988/04/11 00:00

QUE SIGA LA FIESTA

Nada novedoso en "No hay que llorar, es sólo una fiesta", el más reciente montaje del T.P.B.

QUE SIGA LA FIESTA

El pequeño apartamento aparece como un emblema de la débil clase media: nevera rosada en la sala, muebles de Chapinero, decoración insulsa, festones y guirnaldas para el cumpleaños, estrechez por los cuatro costados, sombrío patio interior de ropas y reloj silencioso de pared. Sin embargo, el escenario, anodino y cotidiano, es una réplica de un espacio trascendental: el lugar de todos -los hijos y las esposas- y el lugar de nadie -la madre ausente, agonizante en la habitación contigua. Pronto se revela la naturaleza de cada espacio: aquel como un campo de confrontación, un campo de batalla si se quiere; éste como el lugar clausurado en donde sin duda está el poder, ahora suspendido, pero aún amenazante.
Los hijos habrian llegado allí cargados de licores, regalos y viandas para sorprender a la madre en su día de cumpleaños. Pero fue ella quien los sorprendió con un ataque que jadeante la llevó a su refugio. Dos espacios, pues: el espacio del silencio, donde la madre se extingue; y el de los hijos que esperan: el espacio de las sujeciones. Sin embargo... no hay que llorar, es sólo una fiesta.
Y es que a está formulación corresponde el tono y la manera de la obra -tono de comedia, manera desenvuelta- y en consecuencia la concepción del hábil montaje de Carlos José Reyes, lleno de recursos escénicos. En el sonido, amplificación de mínimos detalles, música incidental; en la atmósfera, ocasionales cambios de luces; todo un tratamiento teatral superpuesto a la acción como si se tratara de un efectista género cinematográfico.
Los hermanos con sus esposas, reunidos para el festejo del cumpleaños de la madre, de pronto se hallan perplejos: la madre enferma y ellos enfrascados en la confrontación de lo que mejor conocen, sus respectivas frustraciones. Ahí están sus mujeres, son parte y testigos de ello. Oswaldo, burócrata sin futuro y sin alma, casado con una mujer con ridículas infulas de dama de sociedad; Pedro, empleadillo de poca monta, anodino y pobre de espíritu, dependiente y reiterativo, ansioso e infeliz, y su esposa, una joven siempre impertinente y superficialmente maliciosa; y el hijo que viene de lejos, típico "mandril" de nuestro medio, comerciante de tierra caliente, nuevo rico en potencia todos ellos conforman un cuadro de sociedad tragicómico en donde la rivalidad, el rencor, el egoísmo y la ambición dejan ver, detrás de unos hijos considerados, a unos seres sin principios y sin corazón.
No obstante su tono cómico, la obra de Roberto Cossa contiene un elemento severamente moralista: representa un aspecto de la fealdad moral de los hombres, atrapados entre los sentimientos y sus locas ambiciones y desgarrados siempre por sus insulsas necesidades. De pronto el dios oculto que allí habita, moviendo emociones y racionamientos, hace su maliciosa aparición bajo la forma de futuros títulos de propiedad y el pesar ante la situación de la madre enferma se convierte en ruidoso festejo. El espectáculo lamentable de las nuevas celebraciones no deja de ser cómico, así excita la risa por su forma caricaturesca. Y aunque los sueños de riqueza se derrumben de un momento para otro ante la inopinada reaparición de la madre, del temor inmediato surgirán nuevas pantagruélicas alianzas, que llevarán a la madre a su cruel, pero cómico final. Un final sin final. Aquí la obra salta del nivel de los hechos al nivel del pensamiento. Es sólo una fiesta, una representación. Los actores después del final -con nutridos aplausos- retoman sus personajes, reciclan sus situaciones y las componendas de sus intrigas: se prepara una nueva representación. Carlos José Reyes ha mostrado cómo dentro de la representación aparece su caracter cíclico. Es como si bajo el poder sagrado de la víctima, los victimarios estuvieran condenados a repetir incesantemente su representación, como -si se permite la comparación- si en la moral budista jamás pudieran escapar, por sus actos, a la rueda de los nacimientos. La obra no se cierra, más bien se abre, gira como un carrusel. De pronto es caricatura de pronto cómica, y dramática. Son las diferentes caracterizaciones de un rito social, de un rito nupcial y de un rito de muerte, en donde los social es caricaturesco, lo nupcial cómico y dramática la muerte.
Aunque no es el tipo de concepción teatral que ejerce sobre el espectador desprevenido algún género de viva fascinación, es forzoso reconocer en esta obra las grandes habilidades e inventivas de un director imaginativo, como pocos en el teatro colombiano y en su concepción escénica la presencia de unos personajes tan definidos y bien representados que caracterizan unos tipos humanos reconocibles tanto en el teatro como en las batallas de la vida cotidiana.

Enrique Pulecio

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