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| 3/4/2017 12:00:00 AM

“A los medios les hace falta país”: Jesús Martín Barbero

Jesús Martín Barbero, uno de los grandes expertos de Hispanoamérica en temas de comunicación, habló con SEMANA de la televisión, la influencia de las redes y los medios en Colombia.

Jesús Martín Barbero, nacido en España en 1937, llegó a Colombia en octubre de 1963. Desde entonces, ha estudiado los fenómenos de la comunicación en la sociedad iberoamericana. Sus libros, como De los medios a las mediaciones o Los ejercicios del ver, son lectura obligada en las facultades de periodismo y comunicación social de toda la región. Nacionalizado en Colombia en 2003, la mayoría de sus libros y de sus artículos tienen su foco principal sobre el país.

SEMANA: Hace un tiempo usted dijo que el colombiano había aprendido a serlo gracias al melodrama televisivo de los años ochenta. ¿Qué están haciendo los dramatizados de hoy?

JESÚS MARTÍN BARBERO: Todo cambió y el modo de hacer telenovelas se volvió absolutamente repetitivo: la industria encontró la manera de ganar más y gastar menos. Los que hacían las telenovelas antes eran personas que venían del teatro, de la poesía, de la lucha política, del cine, en fin, gente que estaba buscando construir país con sus contradicciones y sus defectos incluidos. El público quedó encantando con sus melodramas y con su nación. En cambio, el país de ahora no encanta a nadie y menos el de la televisión.

SEMANA: ¿Y por qué todo cambió?

J.M.B.: La televisión colombiana de los años ochenta y comienzos de los noventa construía país. Incluso en los noticieros (como el Noticiero de las 7 o TV Hoy) se entregó información con un mínimo de tiempo para las cosas y no como lo que vino después: presentación de violencia en avalancha que aletarga a la gente. Y de tanto asustarnos, acabamos diciendo ‘esto es la telenovela’.

SEMANA: ¿Cómo construía país un noticiero?

J.M.B.: Recuerdo una masacre en algún municipio de Córdoba y cómo un periodista hizo una toma del pueblito a la entrada, luego nos narró el origen de la gente que se encontró en ese rincón del país y nos contó su historia. Después tomó con mesura a una de las madres de las víctimas y nos relató su relación con el muerto. Al final, agarró la cámara y nos miró directamente diciendo: “¿Entendieron?”. Un noticiero de hoy solo metería la cámara encima de la mamá que llora a su hijo. Eso es inicuo. No le dice nada a nadie.

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SEMANA: Hoy hay demasiada nostalgia, se repite que ya nada es como antes…

J.M.B.: Como el título del libro que estoy preparando: La modernidad: un tiempo que pasó, (o mejor) una época que se fundió. Desde finales de los sesenta percibimos el tiempo, el espacio y las relaciones sociales de otra forma. Por ejemplo, Facebook ha posibilitado otro modo de existencia: ya no es el mundo de las naciones, es el mundo de los individuos y de los grupos, que son de muchos tipos y son montones: desde los investigadores que se intercambian ‘problemas’ hasta los adolescentes que se cuentan los sueños. Eso está produciendo nuevos modos de habitar la política y la cultura; unos modos que hoy no sabemos para dónde nos llevan.

SEMANA: ¿Existe una tendencia hacia la banalización?

J.M.B.: No es un mero cambio, no es un progreso y no es solo banalización, atravesamos una mutación. Antes hablábamos de cómo cambiaban algunas pocas cosas, pero hoy es casi todo lo que se trastorna: lo social, lo político, lo cultural. Hoy nos preguntamos qué es el Estado, esa figura que de alguna manera organizaba y velaba por esa sociedad. Más allá de lo bueno y de lo malo, de lo banal y de lo grandioso, ¿qué significa el Estado hoy? No solo por lo que está ocurriendo con Trump. Basta mirar el melodrama en el que vive hoy la política francesa: la candidatura que lo tiene más claro es la del FN, con Marine Le Pen.

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SEMANA: Muchos hablan ahora de posverdad…

J.M.B.: La posverdad indica un cierto estado de ánimo del mundo por la pauperización de la política y los vertiginosos giros que atraviesa el arte. Posverdad en Colombia es que las Farc pasaran de creer que la revolución se hacía por las armas y, 52 años después, descubran que pueden ayudar a transformar este país haciendo política en serio.

SEMANA: ¿Y qué está pasando con los medios?

J.M.B.: Están fallando porque no saben cómo contarnos lo que ocurrió luego del No en el plebiscito y lo que está pasando hoy. La situación actual es muy compleja, tiene muchas caras y no es fácil de entender. Casi nadie, incluidos los partidos políticos, la entienden. Y no solo acá, mucha de la prensa en el mundo occidental está en crisis porque la información ha dejado de diferenciarse de la publicidad, y eso va en aumento. El fenómeno Trump y su gestualidad es el ejemplo perfecto.

SEMANA: ¿Según usted qué deben hacer los periodistas para contar bien lo que ocurre?

J.M.B.: Estudiar e investigar. Como hace un científico, que jamás deja de estudiar. Solo así los ciudadanos aprenderían a percibir los cambios de costumbres en las múltiples dimensiones de la vida social. Como hacían los viejos noticieros, que no solo mostraban dos caras: verdadero o falso, sino que le ayudaban a la gente a percibir y valorar los otras caras y los matices. Hoy no las hay y eso es una de las causas del fundamentalismo y del maniqueísmo que divide hasta romper este país.

SEMANA: Usted dice que a los medios les falta país. ¿A qué se refiere?

J.M.B.: La palabra ‘país’ tiene que ver con dos cosas, una de ellas es la memoria. Yo he vivido obsesionado con la falta de memoria en los medios. La otra dimensión es la geografía. Algunos aprendimos la geografía con la Vuelta a Colombia porque al paso de los ciclistas nos iban contando montones de historias de las diversas regiones: de qué vivían, a qué se dedicaban, cómo era el tipo de labranza. Y el problema hoy es que el país tiene otra geografía ya que es mucho más ancho y más diverso, no son sus capitales, el verdadero es un montón de nombres de municipios o veredas claves, tanto en términos económicos, como en términos sociales, como los sitios donde hubo masacres. Ahora las noticias llegan de lugares que ni siquiera sabíamos que existían. Esa geografía es la que menos nos enseñan y nos cuentan los medios, y ese es el complejo país que necesitamos conocer.

SEMANA: ¿Y cómo contar esa geografía y esa memoria?

J.M.B.: Hay mucha más gente de la que tenemos que acordarnos, incluso mucho más que de los próceres. Hay mucha gente valiosa en este país que merecería que su nombre apareciera en los medios. No solo en la televisión, buena parte de la prensa de hoy debería estar hecha con relatos de vida. Lo han entendido algunos diarios y unos pocos periodistas como Alfredo Molano con sus relatos épicos…

SEMANA: ¿Y aquí qué puede hacer la educación?

J.M.B.: Antes se enseñaba a leer y a escribir para hacer la tarea. La historiadora María Teresa Uribe escribió hace 40 años: “No tuvimos sujeto moderno porque el sujeto de la escuela no aprendía a pensar con su cabeza, lo que aprendía era a creer”. Y en esto quiero hacer mucho hincapié porque hoy la escritura sigue siendo clave en el mundo. No ha muerto, aunque está sufriendo fuertes trastornos ya que los modos de escribir se están ampliando a partir de Facebook, y de los jóvenes, que hoy escriben como hablan.

SEMANA: No se ven soluciones inmediatas…

J.M.B.: La clave es formar a la gente para que sepa contar su historia. Yo he jugado mucho con el verbo contar en castellano. Pues contar es contar cuentos, narrar, que es la primera dimensión de la cultura en el ser humano. Pero contar en castellano también es ser tenido en cuenta, si hay un reproche a un amigo es “oye, no contaste conmigo”. Y tercero, la economía, pues se trata de “saber contar para ser tenido en cuenta a la hora de hacer las cuentas (el presupuesto)”.

SEMANA: ¿Para este propósito puede servir internet?

J.M.B.: Las inmensas mayorías están pudiendo hablar por primera vez. Montones de gente no tenían derecho a la palabra y hoy la tienen. Se está creando una sociedad de la información social, pues todo requiere un intercambio: el médico, la escuela, el trabajo. Las redes hoy no son solo Facebook o Twitter, sino toda la información que vamos dejando a lo largo de la vida en todas las instituciones por las que necesitamos pasar. Y eso es lo que hace de internet un enigma que los adolescentes manejan mejor que la mayoría de los adultos.

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