Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1986/07/28 00:00

GENIO Y FIGURA

Tras nueve años de figuración, Diego Maradona se consagró en México 86 como el nuevo rey del fútbol.

GENIO Y FIGURA

Ese gol a Inglaterra cuando dejó vencidos a todos los oponentes que se le cruzaron desde la mitad de la cancha y esos dos goles a Bélgica en la semifinal, fueron suficientes para vencer no sólo a esos dos equipos sino a las resistencias que tenía entre los aficionados al fútbol que se demoraron hasta entonces para concederle el título de nuevo rey.
Fue ahí, en esos dos partidos claves para que Argentina caminara derecho hacia su segundo título mundial, donde Diego Maradona se erigió en la gran figura de México 86 y donde salió en hombros de un público que no dudó en aclamarlo, en admirarlo y en bañarlo con los más dulces elogios de todo el torneo.
No fueron pocas las resistencias que el argentino tuvo que vencer. Le resultó quizás mucho más fácil burlar a los defensas ingleses y acomodar el balón en el arco de Peter Shilton tras esa maniobra relámpago que duró diez segundos y quizás también le quedó más fácil meter el pie entre los dos defensores belgas y el arquero Pfaff, que lograr conquistar el corazón de una afición esquiva, llena de reservas hacia este muchacho que va a cumplir 26 años el próximo octubre y que lloró el domingo pasado de la dicha de sentirse campeón del mundo.
Es que, ciertamente, Maradona reunía en su metro sesenta y seis centimetros de estatura muchas características desfavorables a su imagen: ser argentino, francamente, era uno de los primeros prejuicios que el público tenía hacia el número 10 de la selección de ese país. El gran despliegue publicitario de cada una de sus actuaciones dentro o fuera de las canchas, resultaba repelente. Sus gestos ante rivales y árbitros lo hicieron considerar un "jugador fastidioso" con mañas para ganarse la atención de los fotógrafos y las decisiones de los jueces y todo ese cúmulo de condiciones chocantes le impedía a un número incalculable de aficionados extenderle la corona para consagrarlo como el mejor jugador del torneo mundial y, por ahí derecho, para reconocerle que hoy por hoy no hay quien iguale su talento dentro de una cancha de fútbol.
Pasó la primera ronda de la Copa y persistía la imagen de un Maradona inflado por los artistas de la publicidad. La sobriedad de otros cracks en la contienda (el danés Elkjaer, el belga Ceulemans, el brasileño Jossimar) contrastaban con las extravagantes caídas del argentino que, para completar, decidió enfrentar el campeonato de México con un adorno que para muchos resultaba ya el colmo: un arete.
Argentina, llevado de la mano de Maradona, como lo reconocían incluso sus más tenaces detractores, atravesó con éxito el primer camino del torneo y llegó a los octavos de final sin mayor favoritismo, porque hasta ese momento no había mostrado grandes virtudes en su juego colectivo e individual, sino que además la competencia estaba poblada de candidatos que mostraban un fútbol más armonioso.

Y APARECIO MARADONA
Con todas las reticencias sobre Argentina como equipo y Maradona como jugador, llegaron los partidos del llamado K.O. y las primeras víctimas fueron los uruguayos, vencidos por un gol a cero en un partido donde el capitán argentino empezó a tener una producción brillante y a demostrar que iba en serio por el reconocimiento mundial a su calidad.
Sorteados los uruguayos, aparecieron los ingleses y fue ahí donde se destapó el volante de armado y a partir de ese segundo gol ya las palabras "el super-astro argentino, Diego Armando Maradona", comenzaron a ser aceptadas con menos repulsa y, casi con alegría, el estilo del jugador, su manejo del balón, su resistencia física y su claridad y precisión para pararse en la cancha, fueron admitidos hasta un punto que parecía el fin de la resistencia: su primer gol ante Inglaterra, hecho claramente con la mano no mereció tantas censuras e, incluso, no faltaron los comentaristas de prensa que celebraran la anotación "por la viveza" demostrada por el argentino.
Donde todo prejuicio quedó roto, donde el cetro y la corona de rey le fueron otorgadas ya sin ninguna reserva, fue en el partido de Argentina contra Bélgica, donde Maradona llevó a su equipo hasta la clasificación a la final con dos goles impecables en un partido donde apareció en toda su magnitud la clase de jugador que hay en él. Entonces, por obra y gracia de la magia de sus piernas, por su capacidad física, por su creatividad, por sus arrestos para enfrentar, por ejemplo, a cuatro belgas gigantes en tres metros de cancha y vencerlos, por su sentido de equipo, por sus ganas de jugar, sobre todo por sus ganas de jugar, la afición cedió ante tan impetuosa realidad y quienes ponían sistemáticamente en duda las virtudes del volante, terminaron aceptando, a veces con resignación, casi siempre con agrado, que de verdad el mundo estaba ante un talento futbolístico como hacía muchos años no se veía.
En sólo tres días Maradona pasó, por todas sus cualidades, de ser un "argentino odioso", un "muchachito extravagante", un "show-man inflado por la publicidad", a ser un crack en toda la dimensión de esta palabra y a que en el análisis de su juego se emplearan palabras que incluían "genialidad", "maravilla", "prodigio" y, por haberlo aceptado, ya el episodio de su gol con la mano ante Inglaterra se celebraba por la declaración que dio el jugador: "Ese gol -dijo- fue hecho un poco con la mano de Dios y un poco con la cabeza de Maradona". La declaración la hizo cuando ya el reconocimiento de su reinado estaba dado y por eso se elogió como una prueba de su velocidad mental. Podría asegurarse que si en el momento de hacer tal comentario todavía su talento estuviera en discusión, los aficionados y los críticos antimaradonistas, le habrían caído con todo el peso de la censura por prepotente.
Aunque en el partido final ante Alemania occidental no brilló como se esperaba, debido al buen sistema de marcación impuesto por el técnico Beckenbauer, Maradona ya había hecho todo lo necesario para asegurarse su coronación, en el mismo escenario donde 16 años antes la magia de Pelé había hecho que el mundo se inclinara ante Su Majestad.

UN BALON, UN BIBERON
Miembro de una familia de ocho hermanos, Diego Maradona nació en Lanus, un suburbio del Gran Buenos Aires, el 30 de octubre de 1960, en un hogar de papá obrero y mamá ama de casa.
En su ambiente de barrio, que se reforzaría después cuando la familia se fue a vivir en Villa Fiorito, en la propia capital argentina, el niño, a quien desde la infancia le dijeron "Pelusa", tuvo en sus primeros años tanto contacto con un balón como con un biberón. "Yo creo que el futbolista nace", dice cuando recuerda que la primera vez que tuvo una pelota para él solo fue cuando cumplió cinco años y, desde ese instante, siempre ha estado disfrutando del gusto que le brinda llevarla entre los pies.
Cuatro años después de ese primer balón, se vinculó a las divisiones inferiores del club Argentinos Juniors y desde entonces, a decir de varios futbolistas de la época, ya era por lo menos un espectáculo visual el dominio que sus piernas y su cabeza tenian de una pelota En los intermedios de los partidos de Argentinos Juniors, "Pelusa" salía y le daba la vuelta a la cancha haciendo piruetas con el balón sin dejarlo caer al piso.
Así, en un club de alguna tradición y en un barrio donde el fútbol era parte de la vida, Maradona se fue formando como futbolista y su calidad lo colocó en una puerta muy grande para una edad muy corta: cuando cumplía quince años de edad, debutó como profesional en esa escuadra. Durante dos años (del 76 al 78) se distinguió y se erigió como una grata revelación del fútbol de su país, lo que obligó al seleccionador nacional de entonces, César Luis Menotti, a convocarlo al equipo inicial que debería enfrentar la Copa Mundo de 1978. Finalmente, Maradona no fue inscrito en la escuadra y eso le impidió igualar un récord: jugar en un torneo mundial antes de cumplir los 18 años, lo cual ya había hecho Pelé, con título de campeon incluido, en Suecia en 1958.
Un año más tarde, sin embargo, se olvidó de esta frustración cuando el mismo Menotti (a quien Maradona le dejó de hablar durante seis meses, herido por su descalificación) lo puso como capitán del equipo argentino al Campeonato Mundial Juvenil que se celebró en Tokio en el que Argentina salió campeón y Maradona brilló en lo más alto del torneo.
Con 19 años y un prestigio internacional que ya hacía sonar su nombre en todo el mundo, Maradona vio, por primera vez, su apellido al lado de una cifra fantástica: el tradicional club Boca Juniors decidió comprar sus servicios por un millón de dólares. Esta primera negociación, que justificó en el club argentino con unas buenas actuaciones y muchos millones en taquillas, abrió el camino a lo que pudiera denominarse "la transnacional Maradona", porque a partir de ahí el prestigio vino acompañado de muchos dólares y, en poco tiempo, el futbolista conquistó el primer puesto en el mundo de las cotizaciones. Su traspaso al Barcelona de España, fue espectacular por la cifra y por todo el aparato de publicidad que lo rodeó: tres millones de dólares y el muchacho argentino, que tenía 22 años, se hizo acompañar de una comitiva de 42 personas, incluida su familia, amigos personales y Claudia Villafane, una joven de Buenos Aires que era su novia entonces y lo sigue siendo ahora.
En ese aparatoso montaje publicitario de su transferencia al club catalan, fue donde se enredó para el aficionado común y corriente la imagen de Maradona entre el dilema de estar frente a un no muy buen futbolista, pero sí excelente promotor de su propia imagen. El mediocampista montó todo un aparato de relaciones públicas para promoverse, mientras que en el fútbol propiamente dicho, decepcionaba: en la Copa Mundo de España en 1982 fracasó estruendosamente y terminó una pobre actuación expulsado en un partido contra Brasil por agredir sin sentido a su contrincante, Batista. Y en el torneo interno español permanecio dos temporadas, que se cerraron con un episodio ingrato: fue quien propició una gresca colectiva entre jugadores del Barcelona y del Atlético de Bilbao, en la final del campeonato, en presencia del rey de España, Juan Carlos de Borbón.
A pesar de ese fracaso, de una suspensión larga y de una lesión en una rodilla, Maradona no perdió vigencia y en 1984 produjo una de las más bulliciosas noticias del año deportivo: fue contratado por el Club Nápoles, de Italia por un valor cercano a los siete millones de dólares, con los cuales en sus tres transferencias se suman diez millones de dólares.
De acuerdo con observadores, el túnel de desprestigio por el cual pasó en su vinculación a España, le dio madurez y responsabilidad. En el club italiano, a cuyos partidos con Maradona asisten en promedio setenta mil aficionados cada domingo, el número diez ha tenido una temporada brillante, con mucho trabajo y con responsabilidades de conjunto, lo que llevó al seleccionador argentino, Carlos Salvador Bilardo, a viajar expresamente el año pasado desde Buenos Aires hasta Italia para reunirse con él y decirle lo siguiente: "Aquí está el distintivo de capitán de la selección argentina... Es para usted, pero si usted se siente capaz de demostrar y demostrarse que, de verdad, es el mejor jugador del mundo...". Desde entonces Diego Maradona aceptó el reto y asumió, con toda la responsabilidad, la oportunidad histórica de demostrar en México todo su gran valor. Para que a nadie le quedaran dudas de que, ciertamente, es un fenómeno. Y así fue. La Copa que acaba de terminar lo tuvo como su mejor talento y segundo goleador, la afición pareció perdonarle todas sus niñerías, su equipo lo tuvo como gran valor para conquistar el título y el fútbol, a partir de ese momento, tiene un nuevo monarca.

LOS VENGADORES
Ninguno de los 24 directores técnicos que concurrieron a México 86 tuvieron más dolores de cabeza, menos horas de sueño y más presiones sicológicas que los dos hombres que se sentaron a poca distancia el uno ,del otro el domingo pasado en el Estadio Azteca.
Carlos Salvador Bilardo, el argentino, y Franz Beckenbauer, el alemán, prácticamente compartieron butaca en el choque final donde se enfrentaron sus dos equipos ya que, por organización, los entrenadores no se sentaban en los dos extremos de la cancha. Pero eso fue apenas lo último que compartieron durante el evento, ya que desde cuando recibieron los respectivos nombramientos hace un año habían compartido, cada uno por su lado y a su manera, las críticas que les fueron hechas por sus decisiones como técnicos.
Bilardo, que es médico y fue campeón del mundo de clubes jugando para el cuadro Estudiantes de la Plata, de Argentina, es un viejo conocido en Colombia. Aquí dirigió el equipo Deportivo Cali y lo llevó al subcampeonato de América y posteriormente condujo el seleccionado nacional sin ningún éxito.
Beckenbauer fue uno de los más brillantes jugadores del Mundial México 70, y de él se dijo que, como jugador, partió en dos el fútbol alemán, ya que se consideraba que todo lo que viniera de ese país vestido de futbolista, debía ser necesariamente torpe. Beckenbauer, que jugaba de defensor central y fue campeón del mundo como capitán de su equipo en 1974, cambió ese concepto y demostró que los alemanes también pueden producir futbolistas técnicamente bien dotados, con elegancia y agilidad.
A pesar de sus trayectorias, los dos fueron prácticamente apabullados por la crítica y por los aficionados. Bilardo recibió toda suerte de ataques por la escogencia de los jugadores, por los precarios resultados de preparación y porque su estilo de plantear el juego no es bien visto por amplios sectores del fútbol argentino. Beckenbauer, por su parte, no solamente tuvo problemas de imagen externa, con una prensa que lo agraviaba, sino que al interior del equipo también tuvo discrepancias cuando quedó en la mitad del sánduche entre Rummenigge y Schumacher, que tuvieron enfrentamientos directos al parecer por celos de liderazgo.
Los dos técnicos vencieron esos problemas de credibilidad. Bilardo, de quien habló mal su antecesor César Luis Menotti, logró lo que parecía imposible: formar un conjunto con jugadores argentinos, conocidos tanto por su habilidad como por su individualidad. Esa integración, ese trabajo de grupo humano, llevó a la gloria a este "narigón" que se distingue por gritar desde el banco de la dirección técnica y por emplear toda suerte de artimañas para ganar los partidos. Y Beckenbauer, cuya elegante imagen cautivó a mucha gente por la televisión, llegó más allá de lo que habían creído todos los alemanes y de lo que él mismo hubiera pensado. Logró sacar el subcampeonato del mundo con un equipo que empezó muy mal y que, de a pocos, fue mostrando una estructura táctica sólida y demostró la sabiduría de la estrategia al lograr dos resultados muy concretos y muy difíciles: borrar del terreno de juego a Platini, en el partido contra Francia y a Maradona, en el encuentro final contra Argentina.

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