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| 3/26/1984 12:00:00 AM

NO MAS LUTO

Los entierros de Bateman y de 5 soldados asesinados: símbolo del conflicto que vive el país, en vísperas de un posible acuerdo de paz

La semana se abrió con la expectativa que suscitaron dos entierros de signo contrario y que rápidamente se tiñeron de carácter político. De un lado, lo que fue finalmente identificado como los restos del dirigente guerrillero Jaime Bateman llegaban al país y cientos de seguidores y admiradores lo acompañaban a la tumba y, de otro, los cadáveres de cinco soldados muertos en combate en Caquetá, enterrados en Bogotá con todos los honores, conmovían a los medios de comunicación y a la opinión pública nacional.
Los dos hechos, entendidos por sus promotores y por la opinión misma como actos simbólicos, le arrojaron a la cara a los colombianos la realidad del enfrentamiento cruento, con decenas de muertos de parte y parte, que vive el país mientras el Presidente intenta desesperadamente pactar la paz.
El martes 21, a las 4:20 de la tarde, 5.000 personas avanzaron por las principales calles de Santa Marta detrás de los ataúdes de Jaime Bateman, Nelly Vivas y Conrado Marín, los tres guerrilleros muertos en un accidente aéreo el año pasado. La comitiva, presidida por Clementina Cayón de Bateman, contaba con representantes de la Comisión de Paz, figuras de la izquierda y dirigentes de las comisiones de familiares de presos y desaparecidos. Aunque ningún representante del gobierno se hizo presente, el gobernador del Magdalena dio instrucciones precisas para que la fuerza pública no interfiriera en el evento. Por razones obvias, ningún dirigente conocido del M-19 se hizo presente. La multitud estaba compuesta por trabajadores, amas de casa y estudiantes. Para muchos de ellos-, la solidaridad con Bateman era más un problema regional que político. Un taxista le dijo al corresponsal de SEMANA: "Guerrillero o no guerrillero, Bateman fue un samaria que llegó lejos, que se impuso en este país". Otros sectores más politizados, como los estudiantes del Licea Celedón, al que asistiera Bateman, la veían de otra manera: "Que hayan muerto en un accidente y no combatiendo no es relevante. En este entierro nos estamos haciendo presentes además en los cientos de entierros de otros guerrilleros que se han caído en el monte, sin que se haya podido siquiera recuperar sus restos".
El jueves 23, los ministros de Defensa, de Gobierno y de Justicia asistieron al sepelio de los soldados caídos en combate contra las FARC Fue una ceremonia particularmente solemne, que los medios de comunicación divulgaron ampliamente. Al día siguiente, unas declaraciones del general Vega Uribe develaban el sentido que el acto había tenido para los altos mandos: "Ojalá el pueblo colombiano reconozca algún día este sacrificio, porque la falta de solidaridad es la que puede llevar al país a un funesto destino". Entre soldados y suboficiales se respiraba un claro clima de indignación por lo que consideraban falta de respaldo de los civiles frente a las tareas antisubversivas del Ejército. Un suboficial le dijo al reportero de esta revista: "Es inconcebible que se centre la atención del país en el entierro de un bandolero, mientras que a nuestros compañeros, muertos por defender la patria y la democracia, generalmente los enterramos discretamente y los tenemos que velar sólo nosotros". Las madres de los muertos expresaron resentimiento frente al diálogo del gobierno con la guerrilla. Beatriz González de Cotrina, madre de un subteniente de 22 años que fue herido de un tiro y posteriormente rematado en el suelo, declaro: "Los guerrilleros. esos mismos que el Presidente amnistió, mataron a mi hijo". A la vez, un hermano del subteniente fallecido registraba su protesta: "Hasta ahora nuestra familia no ha recibido la condolencia del Presidente Belisario Betancur, quien si se apresuró a dar su pésame a la madre del señor Bateman, tan pronto como se tuvo conocimiento de su muerte". ¿Cuál paz? era la pregunta que se oía entre los compañeros de los muertos.
Las negociaciones de paz entre las FARC y el gobierno, que según declaraciones de lado y lado van por terreno firme, parecían acorraladas entre las consignas revolucionarias que se gritaron en uno de los entierros, y las solemnes salvas de artillería que se scuchaban en el otro. - +
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