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| 5/11/2015 3:30:00 PM

¿Para qué volver a clases después del paro?

Sin una educación para la libertad, aún con maestros que gocen de salarios un poco más altos, estabilidad laboral, y bonitos ambientes arquitectónicos faltará lo más importante.

Como un indicador de cuan pobres y tímidas son nuestras libertades ciudadanas, en la gigantesca ciudad capital gozamos una o, a lo sumo, dos veces al año sin el estorbo de contaminación y congestión que implica la masificación del automóvil privado. La imaginación de quienes osan soñar de seguro pide a gritos otros días como, por ejemplo: el día sin agresiones; el día sin despidos; el día sin mentiras; el día sin comida chatarra, el día sin celular, el día sin cónyuge,  etc. Felizmente se rescata el hecho de que la impetuosa propensión al goce y al ocio de la cultura tropical trae días y aún semanas consagradas a la pereza, el carnaval y la fiesta en diversos lugares del país.

En la última semana, debido a la huelga de educadores del sector público se ha impuesto una breve  y muy impopular temporada de días sin escuela para un enorme sector de la niñez y la adolescencia—esto según la versión de algunos medios masivos de información y los clamores de la Ministra de Educación. El malestar de la niñez y adolescencia sin clases es sintomático de otros problemas más graves: padres y familiares sin tiempo para compartir con sus hijos, hijastros y sobrinos,  debido a las aún largas jornadas laborales y al tiempo perdido en la maraña esclerótica del transporte urbano.

Una vez finalizado el paro y logrado un acuerdo, para algunos quedará la impresión de que el problema únicamente se reducía a un tema de salarios y a la garantía de una estabilidad laboral para los educadores (que no vaya a tambalear a causa del temido examen a los educadores).
Quien escribe estas líneas sospecha que el problema de la educación es mucho más grave y por esto comparte las siguientes interrogaciones y reflexiones:

El asombro, la curiosidad, la imaginación y la creatividad son espontaneas y abundantes en la niñez y adolescencia. No obstante, la memorización,  el aprendizaje de habilidades mecánicas, la disciplina y la circunspección hacen parte de los comportamientos obligados en establecimientos educativos públicos y privados. El comportamiento de sumisión que rige la vida en cuarteles, conventos, cárceles y fábricas también se cultiva en  claustros educativos.

Hoy las naciones siguen marchando por el redil del crecimiento económico insomne y pretendidamente ilimitado, las economías siguen consagradas a exacerbados gastos y derroche de energías y minerales de la naturaleza. Todo esto es posible, en gran parte, debido a que las escuelas públicas y privadas son fábricas de ejércitos laborales disciplinados, adiestrados, adoctrinados y convertidos en dócil arcilla para la aquiescencia… esa obediencia voluntaria que denunció un jovencito llamado Ettiene de la Boetié cinco siglos atrás, y sin la cual no se consumarían las guerras explícitas de los políticos ni las menos destructivas empresas de destrucción creativa de los hombres de negocios.

Tristemente muchos “maestros” del sector público y privado, y en niveles que van desde el jardín infantil hasta la formación universitaria, ejercen su faena a la manera de verdugos que adiestran animales, monjes sectarios que imponen una fe ciega, y autómatas que repiten y exigen respuestas únicas y recitación de verdades últimas.

Valdrá la pena  asistir a la escuela pública y a la privada cuando en esta se estimule la libertad, la originalidad, la libertad de expresión, y el cultivo de las múltiples inteligencias (como la social, la emocional, la artística y la deportiva, además de la lógica y analítica).

Sin una educación para la libertad, aún con maestros que gocen de salarios un poco más altos, estabilidad laboral, y bonitos ambientes arquitectónicos faltará lo más importante. Algún día habrá de despertar la rebeldía inherente a la infancia y adolescencia que, con mayor fuerza, seguirá rechazando la escolaridad, el control del pensamiento, y clamando a los docentes que les dejen solos y libres para no ser otro ladrillo más en el muro, como hace tres décadas lo cantaban los artistas del grupo Pink Floyd en la clásica película El Muro.

* Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia y profesor asociado de la Facultad de Ciencia Política en la Universidad del Rosario

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