Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/01/07 18:00

El desconocido y exigente campo de entrenamiento de la Legión Extranjera en la selva de la Guyana Francesa

Tienen vieja mala fama, se entrenan en la jungla de la Guyana Francesa donde comen agouties o caimanes, y a menudo van a combate. BBC Mundo visitó la rutina de una tropa con aura misteriosa.

El coronel Jérôme Ransan, en su despacho junto a un jaguar embalsamado y la bandera del tercer Regimiento extranjero de infantería que comanda en la Guyana Francesa,. Foto: BBC Mundo
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BBC

Es medianoche en la selva tupida de la Guyana Francesa y el brasileño Júlio César evoca el día en que decidió alistarse en la Legión Extranjera: "Toda mi familia se reunió y dijeron: ¿qué vas a hacer ahí?".

Después de todo, esta tropa del Ejército francés tuvo durante mucho tiempo fama de reunir criminales, asesinos, sádicos y otra clase de gente con la que es poco aconsejable compartir abrigo o baño.

Pero Júlio César, que ni siquiera era militar, hizo oídos sordos y siguió adelante con su plan, concebido después de ver por TV en su hogar de Río de Janeiro un reportaje sobre un legionario. Once años más tarde y con 35 de edad, cuenta que en la Legión Extranjera ha vivido situaciones extremas. Como aquel ejercicio cargando un soldado a costas mientras se hundía en el barro movedizo. O cuando lo enviaron a Afganistán y se encontró con "mucho combate".

Desde hace un año y medio vive en la Guyana Francesa, donde los legionarios son sometidos a uno de los entrenamientos militares de supervivencia selvática más duros que se conozcan. El adiestramiento incluye días de internación en la jungla sin más comida que los animales y frutos del lugar, decenas de kilómetros de marchas diarias bajo el intenso calor y la humedad, o nados en ríos poblados por caimanes.

De cabeza rapada, boina verde y uniforme camuflado, Júlio César es ahora francés, sargento-jefe y se figura cuál podría ser su próximo destino. "Si mis superiores me mandan un día en una misión contra el Estado Islámico, iré seguro", dice sobre el grupo extremista al que Francia declaró la guerra tras los ataques en París que dejaron 130 muertos en noviembre. "Tengo ganas de ir", afirma.

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Lo primero que llama la atención al entrar al despacho del coronel Jérôme Ransan en la localidad francoguyanesa de Kourou es el jaguar embalsamado. Tiene la boca abierta y está acostado, debajo de la bandera condecorada del tercer Regimiento Extranjero de Infantería (3er REI), que el coronel Ransan comanda en este remoto rincón de Sudamérica, entre Brasil y Surinam.

Sentado en un sillón, el oficial de 44 años sostiene que la legión tiene el mismo objetivo desde que fue creada en 1831: ser una tropa de combate al servicio de Francia, integrada por voluntarios de varios países.

Actualmente hay casi 150 nacionalidades diferentes entre sus 7.800 hombres, y Ransan asegura que los servicios de seguridad franceses verifican sus antecedentes. "Hoy la Legión Extranjera no acepta criminales, no acepta personal procesado por asuntos de dogas, de asesinatos, de violaciones", aclara.

De todos modos, los candidatos pueden solicitar que los recluten con una identidad diferente a la real cuando se presentan por primera vez, en la Francia metropolitana. Un folleto de la legión explica que esto "ofrece una ‘segunda oportunidad’ a quienes quieran dar vuelta una página y necesitan o quieren comenzar de nuevo".

Al hablar con la prensa, los legionarios sólo pueden revelar su primer nombre, algo que según sus superiores responde a razones de seguridad, ante las amenazas extremistas que enfrenta Francia.

Las filas de la legión suelen reflejar la evolución de los conflictos en el mundo: recibieron excombatientes de las guerras civiles de Rusia en los años 20 y España en los 30, y tras la Segunda Guerra Mundial llegaron numerosos alemanes. Hoy buena parte se integra desde los países de la ex Unión Soviética, así como de Europa central y balcánica. Los latinoamericanos suman 9% de la fuerza y provienen desde el norte de México hasta el sur de Chile.

"No soy mercenario", se ataja el cabo-jefe Alex, un serbio de 37 años que combatió en las guerras que desmembraron Yugoslavia y hace una década entró a la Legión Extranjera. "No estoy aquí para matar a alguien; recibo mi ficha de pago cada mes", agrega en voz baja, marchando fusil en mano con una patrulla nocturna antes del lanzamiento de un satélite en Kourou.

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Custodiar el Centro Espacial Guyanés es una misión primordial de la legión en este departamento de ultramar de Francia, cuyos siniestros presidios alojaron en condiciones inhumanas a criminales y presos políticos deportados hasta los años 40.

El operativo militar montado a comienzos de mes para el despegue del satélite europeo Lisa Pathfinder, destinado a probar tecnología que detecte las ondas gravitacionales que Albert Einstein teorizó un siglo atrás, moviliza a cientos de legionarios.

Allí va por ejemplo, junto a un ruso que evita dar su nombre, el chino Zhihao, que tiene 33 años y parece adorar su fusil FAMAS, pese a que ha tenido que cargar sus casi cuatro kilos en marchas de 40 kilómetros por el monte. "Te acostumbras", asegura en un francés con acento propio.

La transformación de los legionarios para actuar en la jungla se desarrolla en el campamento Szutz, un centro de entrenamiento en la Guyana Francesa que ha adiestrado también unidades de otros países, incluidos algunos sudamericanos.

"La selva es el sitio más duro que hay", dice Adrián, un legionario español de 21 años. "Te dicen que no vas a comer o que no hay agua para beber. Simplemente es tema psicológico: desmoralizar a los soldados, pero con el fin de hacerlos fuertes".

Cuenta que entre los animales que se comen está el agouti, un roedor que habita la zona: "Le metes un palo por el culo, se lo sacas por la boca, al fuego y… delicioso".

Hélmer, un portugués de 25 años, recuerda el día en que pasaba "mucha hambre" y de pronto se cruzó con una serpiente. "La serpiente quería atacarme pero yo quería comerla. Y comencé a correr atrás de la serpiente, que se fue. No la encontré", recuerda. "De todos los animales que encontramos en la selva, el que más me gusta es el caimán".

A la hora de narrar los peligros de la selva, los legionarios tienen una larga lista: de escorpiones a monos grandes, que arrojan ramas desde lo alto de los árboles.

Pero temen especialmente a los más pequeños: los insectos flebotomos, que transmiten la leishmaniasis (un mal que causa desde úlceras cutáneas que cicatrizan espontáneamente, hasta formas fatales en las cuales se presenta inflamación grave del hígado y del bazo) y los mosquitos que provocan malaria y otras enfermedades capaces de causar la baja de un legionario.

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En un amplio comedor de Kourou, el coronel Ransan y otros oficiales cantan de pie alrededor de una mesa la marcha de la legión, que se llama igual que un embutido francés: Le Boudin (La morcilla). Explican que el nombre tiene su origen en una tela enrollada que los antiguos legionarios solían llevar sobre su mochila y que se asemejaba a una… morcilla.

La letra comienza mencionando tres veces el boudin. También habla de campañas lejanas, fiebre, fuego, dolores y muerte.

Luego brindan con un tinto de la propia legión, un Côtes de Provence producido por veteranos combatientes en un viñedo del sur de Francia, e inician un almuerzo de tres platos con una entrada de jamón crudo y melón.

La Legión Extranjera ha participado en combates en varios rincones del mundo, desde su bautismo de fuego en Argelia, su vieja cuna, hasta México en el siglo XIX; desde Indochina hasta Yibuti en el siglo XX.

Pasó de defender las viejas conquistas coloniales de Francia a intervenir en conflictos modernos, ya sea en países en crisis humanitarias o en apoyo a gobiernos aliados de París.

"A veces en el zapato traes hasta tierra de cuatro o tres continentes", dice Edgar, un cabo-jefe mexicano de 41 años que pasó de integrar un batallón de infantería marina en Acapulco a alistarse en 2001 a la legión, que lo envió a Afganistán, Chad y Kosovo. Vistiendo el clásico quepis blanco en la cabeza, comenta que ahora llegan reclutas "universitarios sin mucha experiencia militar".

"Pero esos niñatos son necesarios porque la diversidad es lo que hace a la fuerza de la legión", prosigue. "Muchos vienen animados por los supersueldos, pero se rompen una pierna o lo otro y no duran mucho".

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En efecto, la paga es una de las razones principales por la cual muchos extranjeros se alistan.
Kristian, un legionario venezolano que lleva uno de sus 20 años de vida en la Guyana Francesa, cuenta que su salario base es de 1.600 euros, pero cuando está en el terreno cobra 30 euros extra por día.

"Al final puedes ganar hasta 2.400 euros por mes", señala, una suma equivalente a unos US$2.600.
Además, si siguen en la legión tras el contrato obligatorio inicial de cinco años, pueden aspirar a ser naturalizados franceses si tienen buenas referencias de sus superiores, o a recibir una pensión francesa tras 17 años y medio de servicio.

"Antes eran 15 años… Es la crisis", murmura Tibi, un auxiliar sanitario rumano de 35 años que acaba de quemarse la palma de las manos al deslizarlas por una cuerda gruesa en un ejercicio que simula un salto de helicóptero, pese a que llevaba guantes.

Su superior es el capitán Geoffroy, un francés de 27 años que llegó hace apenas cuatro meses a la Guyana Francesa con un posgrado en relaciones internacionales. Pero otros aseguran que se sumaron a la legión en busca de aventuras, como el cabo Juan, un chileno de 31 años que trabajaba en plataformas petroleras de la Patagonia y quería "cambiar el ritmo de vida".

"He aprendido lo que es el rigor de una vida militar", comenta tras cinco años de servicio en los que ha cumplido misiones en Mali, Costa de Marfil y Yibuti. "Te llevan a ser rústico, al límite".

En la Guyana Francesa, donde el 3e REI está desde 1973 y 50 de sus hombres han perdido la vida, los legionarios también participan de operaciones selváticas contra la búsqueda clandestina de oro, una actividad bastante frecuente en el lugar.

El peruano Julio recuerda cuando, entrenándose para esa misión, un helicóptero los dejó a él y otros nueve legionarios junto a cuatro gendarmes franceses en plena jungla, para que aprendieran a volver a la base. Cuenta que la vegetación virgen era tan impenetrable que finalmente se lanzaron con sus mochilas a un río repleto de caimanes: flotaron durante tres días en la corriente, hasta que lo lograron.

Hoy tiene 34 años, una medalla al valor por sus servicios en Afganistán, ciudadanía francesa y también dice estar resuelto a combatir contra Estado Islámico, aunque por ahora no hay ninguna señal de que eso vaya a ocurrir.

Ha pasado de ser jardinero en su antigua vida civil a sargento, y niega muy convencido que legión sea tan abominable como creen por ahí. "Mucha gente se quedó con la imagen de que había puros locos", reflexiona. "Me encontré con algunos locos, sí… Pero no todos".

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