Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/11/19 00:00

Ofensas garantizadas

Es el periódico con más proyección en Estados Unidos. Nunca ha publicado una noticia verdadera y sin embargo, sus lectores aumentan día a día. Su tiraje ha llegado este año a los 710.000 ejemplares. Mientras los otros bajan, incluído el New York Times, The Onion sube. ¿Por qué?

Ofensas garantizadas

En agosto de 1988, Tim Keck, estudiante universitario de tercer año, le pidió prestados 7.000 dólares a su madre, arrendó un Mac Plus y publicó un periódico de doce páginas. Jamás aspiró que su empeño se convirtiera en material de futuros seminarios sobre periodismo: su única pretensión fue crear un medio seductor para repartir propaganda entre sus colegas estudiantes. Parte de la primera plana de aquel primer número se destinó a un relato acerca de un monstruo salido de madre que hacía estragos en un lago cercano; el resto estaba reservado para cupones de cerveza y pizza.
Casi veinte años más tarde, The Onion [La cebolla] se destaca como uno de los muy pocos empeños de la industria periodística que han sido exitosos en la era de la post prensa norteamericana. A la fecha, cada edición semanal tiene un tiraje de 710.000 ejemplares, es decir, unos 6.000 más que The Denver Post, el diario que ocupa el noveno lugar en los Estados Unidos. Sus despachos, difundidos por una cadena radial, le llegan cada semana a un millón de escuchas y hace poco empezaron a producir sus propios videos. Cerca de tres mil anunciantes locales mantienen a The Onion a flote, y el semanario piensa aumentar en 170 el número de empleados de planta sobre los 130 que ya trabajan allí.
La versión en línea del periódico convoca a más de dos millones de lectores. Digite onion en la página de Google y lo primero que salta a la vista es The Onion. Sin embargo, digite en el mismo portal “mejores prácticas periodísticas” y The Onion no aparece por ningún lado. Y me temo que sí debería aparecer. En tiempos en los que los periódicos tradicionales andan desesperados por deshacerse de su legado de noticias impresas en papel, The Onion asume una actitud muy conservadora ante la innovación. Si bien ha utilizado y sacado provecho de la red, buena parte de su éxito se lo debe a ciertos atributos de baja tecnología que estarían fácilmente al alcance de cualquier periódico y que, sin embargo, en los otros medios brillan por su ausencia, a saber, franqueza, irreverencia y disposición para ofender.
Mientras otros periódicos
agregan con desesperación secciones de jardinería, piden a sus lectores que compartan sus recetas favoritas o someten a sus periodistas de planta a manadas de voraces bloggers para que allí sostengan sesiones de preguntas y respuestas en línea, The Onion se ha concentrado en dar noticias: noticias falsas, cierto, pero igual noticias. No les piden a sus lectores una opinión al final de los artículos ni que los califiquen en una escala de uno a cinco y tampoco alientan la sátira ciudadana. En breve, The Onion no hace el menor esfuerzo por convencer a sus lectores de que allí atienden a sus necesidades y que solo están para prestarles un servicio. Los periodistas de The Onion se concentran en redactar historias y hacerlas llegar en una buena variedad de formatos, y este enfoque periodístico, relativamente anticuado, ha tenido enorme éxito.
¿Existe acaso otro periódico que pueda alardear de un incremento en su circulación impresa del 60% en los últimos tres años? Con todo, en tanto los periódicos convencionales no saben qué hacer para captar lectores, solo un par de inconformes de la industria como Jayson Blair de The New York Times y Jack Kelley de USA Today han buscado inspiración en The Onion.
Una de las razones por las cuales a The Onion no se le toma en serio es precisamente porque resulta muy divertido leerlo. En 1985, el conocido crítico cultural Neil Postman publicó un influyente libro titulado Amusing Ourselves to Death [Divirtiéndonos de la muerte] en donde advertía sobre el horrible destino que nos esperaba si permitíamos que el discurso público se hiciera sustancialmente más divertido que, digamos, uno de sus libros. Hoy por hoy, los periódicos están más que dispuestos a divertir, por lo menos a través de sus secciones de Viajes, Gastronomía y Modas, quiero decir. Pero incluso a medida que los viejos problemas del alcance y la accesibilidad de los sistemas informáticos se han venido superando, haciendo conspicuo el hecho de que los periodistas hinchas del papel impreso son cada vez menos portátiles que un laptop de hace diez años, igual las noticias ‘serias’ siguen llegando en un único sabor: el de la “ponderada doble objetividad” del reportaje tipo “la parte dice y la contraparte contesta”.
Muchos sumos sacerdotes del periodismo aún consideran que el humor es enemigo de la seriedad: si la noticia resulta demasiado fácil de tragar, entonces no puede ser muy buena para la salud. Sin embargo, ¿en realidad se puede decir que The Onion y sus acólitos un poco más fieles a los hechos, como The Daily Show y The Colbert Report, observan y siguen los sucesos de actualidad (y el cubrimiento que los noticieros hacen de los mismos) con menos rigor que, por ejemplo, el Columbia
Journalism Review o USA Today?
Durante los últimos años, múltiples encuestas realizadas por el Pew Research Center y el Annenberg Public Policy Center han encontrado una y otra vez que los televidentes del Daily Show y del Colbert Report se distinguen por ser, entre los ciudadanos estadounidenses, los mejor informados. Ahora, bien puede ser cierto que Jon Stewart no contribuya a hacer a nadie más inteligente; quizá, también, los ciudadanos mejor informados de los Estados Unidos simplemente prefieren la comedia a la tontería estentórea que dispensan la mayoría de los presentadores y presentadoras de las grandes cadenas televisivas. Sea lo que sea, el hecho es que los sondeos parecen sugerir, por lo menos, que las noticias aguzadas por la sátira no provocan los infartos coronarios del intelecto que vaticinaba Postman. Al contrario, más bien parecen guardar estrecha relación con un mayor grado de participación y compromiso.
Es fácil ver por qué los lectores sintonizan con The Onion, y no es solo por los chistes: resulta que, a pesar de sus “noticias falsas”, se trata de una publicación en extremo honesta. La mayoría de los diarios, en particular aquellos que monopolizan un mercado, operan como si se concentraran en no ofender a los lectores (o anunciantes) antes que en dejar constancia de alguna visión de mundo.
The Onion asume el enfoque contrario. Se regocija salpicando de mierda cualquier devoción u
ortodoxia y publica con regularidad historias que garantizan ofender a alguien: “Cristo asesina dos y deja siete heridos tras ataque en clínica de abortos”. “Heroicos comandos protectores de animales asesinan 49 y salvan conejo”. “Desfile gay retrocede 50 años proceso de aceptación general de homosexuales”. No existe un hilo conductor ideológico predecible detrás de los anteriores titulares, simplemente el deseo de manifestar alguna grosera pero rotunda verdad sobre el mundo.
Una queja usual respecto a los periódicos es la de que suelen ser demasiado negativos, que se concentran demasiado en las malas noticias, que se obsesionan con las cosas desagradables de la vida. The Onion es una prueba de lo muy equivocada que resulta tal caracterización; The Onion expone a la luz la remilgada cautela con la que la mayoría de los periódicos bailan alrededor del implacable horror de la vida negándose a reconocer y aceptar la menguada estrechez de nuestra tolerancia y compasión. El somero y superficial cubrimiento que la prensa tradicional hace de los desastres ocurridos en países aquejados por la maldición de lo inenarrable se reduce [en los titulares] a su más escueta y lúgubre esencia: “15.000 personas de color muertas en algún lugar”. Los mendigos no dan para ganarse un premio Pulitzer, solo para un chiste: “¿El pato o el mendigo? Hombre indeciso, miga en mano, no sabe a cuál de los dos darle el bocado”. Así las cosas, es obvio que en las páginas de The Onion los triunfos del espíritu humano resulten tan escasos como el número de vegetarianos acérrimos que se harían presentes en una parrillada de miembros de la nra (Asociación Nacional del Rifle).
Ahora, tales titulares tienen su precio, claro. Lectores indignados han llegado a convencer anunciantes de que retiren su pauta. Ginger Rogers y Denzel Washington, entre otras celebridades, han objetado el uso de sus nombres en algunos artículos y un antiguo director-redactor de The Onion, Robert Siegel, alguna vez dijo ante un auditorio que el periódico “estuvo a punto de dejar de existir debido a una serie de demandas” tras publicar una historia titulada “Niño agonizante obtiene último deseo: marranear con Janet Jackson”.
Ahora, si bien este tipo de irreverencia puede algunas veces resultar inconveniente económicamente hablando, también es cierto que es una las razones principales detrás de la popularidad de la publicación. Se trata de un refrescante antídoto contra aquellos malabarismos melindrosos que tantos diarios hacen para dejar contento a todo el mundo. Entonces, aunque The Onion no se adhiera de manera muy rigurosa a los hechos, con seguridad se anotaría un muy buen punto si un buen día de estos el Pew Research Center descubre, tras un sondeo, que se trata de una de las fuentes de información noticiosa en las que el público más confía.
Durante el último par de años, los diarios de las más grandes ciudades han empezado a distribuir, entre quienes se desplazan desde las periferias para llegar al trabajo, unas separatas que no son más que versiones ligeras del impreso matriz. Tales publicaciones comparten algunos de los atributos de The Onion: son gratuitas, en formato tabloide y la mayor parte de sus relatos son brevísimos y de fácil digestión. Con todo, y a pesar de que en efecto se trata de tentempiés que no llenan mucho, igual siguen siendo muy sosos. Cabe pues preguntarse: ¿por qué detenerse en aquello del precio y el formato y no adoptar la despiadada franqueza, la recia voluntad de mostrarle los dientes a toda ortodoxia política y cultural e implementar los atributos de los que hace gala The Onion a un diario que haga periodismo de verdad?
Hoy por hoy, la mayoría de los editores les dan cada vez menos y menos espacio a las tiras cómicas. Tanto los caricaturistas de talante editorial como los humoristas de tono campechano han sido prácticamente erradicados. Y tales cambios, en efecto, han hecho que tales periódicos sean un poco más amenos –o digamos mejor, menos aburridos– pero eso apenas es un comienzo. Mientras las primeras planas no sean capaces de divertir de manera que le provoquen a nuestros más recalcitrantes defensores de la integridad periodística una indigestión severa, si no la muerte, no estarán haciendo suficiente esfuerzo.

Traducción Juan Manuel Pombo

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