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| 2/4/2017 12:00:00 AM

Eike Batista: el millonario que pasó del cielo al infierno

El hombre más rico de Brasil está hoy en prisión preventiva por el escándalo de Petrobras. Tras tres años de una inesperada y dolorosa caída al vacío, parece que por fin tocó fondo.

De sueño a pesadilla: la vida del empresario Eike Batista es digna de una película de Hollywood o, como dijo la productora que la adaptará al cine, “Shakespeare puro”. Ninguna historia de negocios, lujo y glamour ha sido tan escandalosa como la del magnate que convulsionó la high society de Río de Janeiro. En 2015, las autoridades le decomisaron al otrora séptimo hombre más rico del mundo según Forbes -con una fortuna de más de 34.000 millones de dólares en 2012- sus siete autos superdeportivos, su jet privado, su yate, obras de arte, relojes y joyas. Y hoy, con todos sus activos congelados, solo le quedan las paredes de una celda de 15 metros cuadrados en el centro penitenciario Bangu 9, al que ingresó la semana pasada, implicado en las investigaciones de la Operación Lava Jato.

El Midas brasileño, o simplemente Eike, como le dicen en su país, se vanagloriaba de ser un hombre que se hizo a sí mismo, a pesar de la influencia de su padre, Eliezer Batista, exministro de Minas y expresidente del gigante minero Vale. En solo diez años erigió el holding Grupo EBX, un emporio multisectorial que abarcaba OGX, de petróleo; MMX, de minería; LLX, de logística; MPX, de energía y OSX, de industria naval offshore. Todos ellos llevaban la X de la suerte en común: el símbolo de la multiplicación. Entre 2006 y 2012, lo que Batista tocaba se convertía en oro. Persuasivo y entusiasta, conquistó inversionistas alrededor del mundo gracias a su personalidad arrolladora y al boom de los commodities en Brasil. Impaciente para los tecnicismos, solo le interesaba el lucro y, particularmente, hacerlo visible: como todo un showman.

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A pesar de haber nacido en Minas Gerais, Eike pasó su juventud en Europa, a donde su familia se trasladó en “exilio amistoso” cuando el gobierno militar acusó a su padre de ser comunista pues hablaba ruso perfectamente. Él y sus seis hermanos vivieron en Ginebra, Düsseldorf y Bruselas. Apasionado por la buena vida, a los 18 años se dispuso a hacer dinero como fuera, y en un comienzo vendió seguros y comerció con diamantes. A los 22 decidió abandonar sus estudios de ingeniería metalúrgica en Alemania para sumergirse en el mundo de la minería de oro en el Amazonas. Apoyado en sus cinco idiomas ganó millones como intermediario entre las mineras y los compradores. Meses después, decidió que el futuro era mecanizar la extracción de oro, una riqueza “a prueba de idiotas”, como le gustaba decir, tal vez en referencia inconsciente al reclamo de su padre cuando le avisó que dejaría de estudiar (“¡Te voy a dar un diploma de idiota!”, cuentan que le gritó cuando abandonó la universidad).

A velocidad de crucero

A pesar de su éxito, apenas en los años noventa el nombre de Eike Batista comenzó a aparecer en las revistas del jet set brasileño. En medio de un escándalo de telenovela, abandonó a una semana de la boda a su prometida, la socialite Patricia Leal, para fugarse con la exuberante ex conejita Playboy Luma de Oliveira. Se casaron en 1991 cuando estaba embarazada de Thor, su primer hijo, pero el romance fue tormentoso. Luma, la mujer de los sueños de todo Brasil, adoraba exhibirse en las revistas masculinas y fungir como reina del Carnaval de Río, cosa que Eike no lograba soportar. Los ataques de celos del magnate eran tales que en una ocasión la despampanante modelo salió frente a las escuelas de samba con un traje marcado con el nombre de su esposo. Las feministas la atacaron por sumisa y machista. En 2004, tras meses de intrigas que incluyeron un supuesto affaire de la actriz con un atractivo bombero de calendario, Eike y Luma anunciaron su separación.

Eike retomó su acalorada vida social en las noches cariocas y multiplicó como nunca sus millones. Pero jamás dejó el lado excéntrico que compartía con su exesposa. Seguidor del feng shui y la astrología, Batista creía en supersticiones: no solo le hacía revisar la carta astral a sus futuros socios, sino que toda compra o venta que realizara debía terminar en 63, el número de la lancha con la que ganó su primera carrera náutica. Y parecía que el esoterismo estaba de su lado. Incluso, en una entrevista con el diario británico The Guardian, Eike retó al hombre más rico del mundo: “El señor Carlos Slim tendrá que inventar un nuevo auto de carreras para alcanzarme”. Le gustaba afirmar, además, que no solo quería ser el más acaudalado, sino también el más generoso. Donó 10,7 millones de dólares al año para apoyar el programa de Río contra las pandillas y los narcos, y pagó 12,3 millones de dólares para contratar la misma agencia de marketing que usó a Londres en 2012 para que su cidade maravilhosa fuera la sede de los Juegos Olímpicos en 2016.

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El desplome

Sin embargo, como en el dicho popular, lo que sube tiene que bajar. El 26 de junio de 2012, como un presagio de lo que sufriría su país, su emporio empezó a desplomarse. “Vende demasiados sueños y muy poca realidad”, dijo alguna vez su antiguo socio Olavo Monteiro de Carvalho. En efecto, ese día sombrío, la joya de la corona, la petrolera OGX, debió confesar que sobreestimó las proyecciones y que no podría producir 20.000 barriles diarios como había prometido, sino solo 5.000. La confianza de los inversionistas -y el exceso de optimismo- se derrumbaron como un castillo de naipes.

Desde ese día, la suerte de Eike solo empeora. En 2013, con una caída en la bolsa del 96 por ciento, OGX acudió a la Ley de Quiebras. En 2014, el Ministerio Público lo denunció por manipulación del mercado, fraude en licitación y uso indebido de información privilegiada. En 2015, un juez ordenó congelar los bienes familiares, y la Policía Federal le decomisó sus riquezas para indemnizar por 1.000 millones de dólares a los afectados por su bancarrota. Como si fuera poco, la justicia lo citó a finales de ese año por el escándalo de Petrobras. Y hace dos semanas su desgracia llegó al punto máximo. Mientras estaba en un viaje de negocios en Nueva York, apareció por unos días en la lista de fugitivos de la Interpol. Cuando volvió a Brasil se entregó a las autoridades y hoy está en prisión preventiva, sospechoso de simular la venta de una mina de oro para transferir ilegalmente 16,5 millones de dólares al exgobernador de Río de Janeiro Sérgio Cabral, el principal beneficiario de sus años de filantropía.

Malu Gaspar, autora del libro Todo o nada: Eike Batista y la verdadera historia del Grupo X, le dijo a SEMANA que la caída de Eike no sorprende, pues a pesar de mostrarse como un emprendedor que no tenía nada que envidiarle a los grandes del mundo, “en el fondo solo es un empresario que utilizaba sus relaciones con el gobierno para su propio beneficio”. Sin duda, la debacle de Eike Batista no es solo el epílogo de la historia de un ícono, sino también una metáfora de Brasil, el eterno país del futuro.

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