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| 6/17/2017 10:15:00 PM

El cibercapo

Según la historia oficial, en dos años Ross Ulbricht pasó de estudiante modelo a ser el oscuro capo de una red virtual de comercio de drogas, que movió más de 1.200 millones de dólares, además de asesino intelectual. Un polémico libro cuenta su historia.

Para el gobierno de Estados Unidos, Ross Ulbricht es tan criminal como Pablo Escobar o el Chapo Guzmán. Por eso, tras un juicio muy veloz que su familia y abogados tildaron de tendencioso, fue condenado a cadena perpetua en 2015. Su nombre y su historia oficial son poco conocidas, pero ahora un libro que narra su vida se ha convertido en pocas semanas en best seller en ese país.

Este joven texano creó y consolidó, a sus 26 años, Silk Road, un emporio virtual de comercio y distribución de drogas desde su computador portátil. Lejos del control estatal, usó la deep web en donde logró que el negocio creciera como espuma: alcanzó 1,5 millones de transacciones que involucraron a más de un millón de usuarios, entre vendedores y compradores en todo el mundo, y un volumen de operaciones de 1.200 millones de dólares.

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Ulbricht, hoy de 33 años, creó su mercado virtual de hongos alucinógenos, heroína, cocaína, LSD y éxtasis, entre otras sustancias y objetos, impulsado por el espíritu de la libertad individual. También como respuesta a una guerra contra las drogas que consideraba tan absurda como interminable. Desde su particular código de conducta, Silk Road profesaba el respeto inviolable por los derechos de sus usuarios y de los humanos, pero no permitía la venta de objetos robados. Con el paso del tiempo y el éxito del sitio, según el gobierno de Estados Unidos, la operación se le salió de control a su dueño y lo llevó a tomar medidas desesperadas como mandar a matar a posibles ‘sapos’ que desnudaran la operación.

El periodista Nick Bilton (Vanity Fair, The New York Times) publicó hace unas semanas American Kingpin, un recuento del ascenso y caída del cibercapo que alcanzó a arrodillar a la DEA, el FBI y la Policía. La historia narra cómo este fantasma virtual solo pudo ser descubierto por las autoridades gracias a sus descuidos y embates de megalomanía, que lo llevaron a la cárcel tras una operación sin precedentes. El libro, que se ha convertido en best seller, narra cómo Ulbricht, a la usanza de Walter White, personaje de la serie Breaking Bad, se vio inmerso en un universo criminal que lo enfrentó a sus propios límites y le sacó su peor cara.

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El escrito también ilustra la investigación policial desde sus protagonistas: el agente Mark Force, de la DEA, Jared Der-Yeghiayan, del Departamento de Seguridad Nacional, y un grupo de agentes de la oficina de cibercrímenes del FBI, quienes también tuvieron que luchar para ser tomados en serio por colegas que los consideraban nerds débiles.

A pesar de su éxito, el libro también ha destapado una polémica ligada al caso. Bilton omitió las denuncias de la defensa de Ulbricht que aseguró que para dar con Dread Pirate Roberts, el alias público que usaba el fundador y administrador del Silk Road, el FBI (con posible asistencia de la Agencia de Seguridad Nacional) ‘hackeó’ servidores y violó la cuarta enmienda de la Constitución de Estados Unidos, que protege a los ciudadanos de pesquisas y aprehensiones arbitrarias. Sin embargo, algunos dicen que de no haberlo hecho, difícilmente habrían logrado descubrirlo.

Ideología y camino

A pesar de la condena, los amigos, roomates y familiares de Ulbricht lo describen como una persona generosa y muy humana, y consideran imposible que haya ordenado algún asesinato. El joven nació y creció en Austin, fue boy scout y estudiante sobresaliente. Estudió becado un pregrado en física y una maestría. Consideró hacer un doctorado, pero decidió cambiar sus planes. Abrazó los ideales libertarios de la escuela económica austriaca de Ludwig von Mises, y apostó por crear una manera de romper las cadenas con las que, a su manera de ver, los bancos, las instituciones y los gobiernos controlaban a la sociedad.

Mientras decidía qué hacer con su vida, Ulbricht asumió las riendas de Good Wagon, un emprendimiento virtual de libros con el que se familiarizó con la web. Tras unas dificultades, Ulbricht lo clausuró y fue cuando dio vida a Silk Road a mediados de 2011, cuando tenía 26 años de edad. Para ello sacó provecho de dos elementos: del navegador Tor, creado en los años noventa por el Ejército estadounidense para explorar la llamada deep web desde el anonimato; y del bitcóin, una moneda virtual que, manejada con cuidado, hace irrastreables las operaciones. Al proceso integró el correo común y corriente como distribuidor.

En el mundo de Silk Road, Ulbricht se rebautizó como Dread Pirate Roberts (DPR), inspirado por un personaje de la película The Bride Princess, un hombre con una máscara cuya identidad pasaba de hombre a hombre, que lo hacía imposible de detectar, eterno si se quiere. Él mismo cultivó y envió los primeros hongos alucinógenos que ofreció en su página, desde la que también propagaba sus postulados de libertad y autodeterminación. Por eso, varios participantes de la Silk Road destacan en el documental Deep Web que la comunidad que logró congregar era tan o más valiosa que el mercado libre. En Silk Road, DPR solía hacer declaraciones grandilocuentes del valor humano de su iniciativa, recomendaba libros y, en los foros, facilitaba discusiones sobre política o filosofía.

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A finales de 2011 la página ya había entrado al radar de las autoridades cuando el senador Chuck Schumer le declaró la guerra. Pero para ser clausurado, los investigadores tuvieron que sudar la gota fría, tener mucha paciencia y recurrir a medidas ilegales (que el FBI llamó un golpe de suerte). El dominó empezó a caer gracias al trabajo encubierto del agente Force, quien en Silk Road asumió el perfil de un traficante latino que bautizó Nob. Con este perfil, entró en contacto con Curtis Green, uno de los colaboradores de DPR, y tras sonsacarle su dirección lo capturó.

Desde el computador de Green, las autoridades extrajeron una cantidad considerable de bitcoines, a la vez que Nob entraba en contacto con DPR. A través de numerosos mensajes en los que le profesaba admiración, terminó ganándose su confianza. En esas conversaciones Force quería dar con él, pero también reconocía en DPR alguien que padecía una crisis de identidad.

El agente Force aseguró haber presenciado, vía chat, el paso de Ulbricht al lado oscuro. La captura de Green y la pérdida de dinero lo hicieron verlo como un traidor a la causa y acudió a Nob para encargarse del problema. Le pidió, primero, asustarlo, pero luego de considerar la información que podía entregar le pidió asesinarlo. Acordaron la cifra de 80.000 dólares. Más presiones llevaron a más demencia, y cuando algunos miembros de la comunidad empezaron a chantajearlo, también contrarrestó con condenas de muerte que, esta vez, solicitó a un miembro de Silk Road que aseguraba ser parte de la temida pandilla de motociclistas Hell’s Angels. Curiosamente, a pesar de esto, no hay víctimas, y en el juicio los cargos por asesinato nunca aparecieron.

La caída

De los tres recuentos que se han hecho sobre la vida de Ulbricht, el libro, artículos de la revista Wired y el documental Deep Web, solo el filme considera que un abuso de autoridad llevó al equipo del FBI a seguir la pista en servidores en Islandia, y luego a atar cabos y descubrir que Ross Ulbricht era el pirata.

En 2013, Ulbricht vivía frugalmente en San Francisco, la meca del emprendimiento tecnológico. Allá empezaron a reunirse distintos organismos de seguridad para dar el gran golpe. A pesar de que se tenía preparado un operativo con equipos SWAT, el agente Chris Tarbell del FBI sabía que podía ser riesgoso. Si Ulbricht lograba darse cuenta, tres segundos eran suficientes para que este bloqueara su computador y el golpe incriminatorio fuera inútil. Necesitaban capturarlo con las manos en la masa. Tarbell y sus nerds se adelantaron a lo planeado. Usaron la información del equipo de vigilancia para seguirlo hasta una biblioteca, a la que, sabían, iba con su computadora. Una vez abrió su máquina y comenzó a trabajar, una pelea fuerte entre una pareja –orquestada por la ley– lo distrajo. Volteó a mirar y, casi en sus narices, le quitaron el computador con el que pudieron terminar de armar toda la historia, que hoy tiene a Ulbricht condenado a pasar el resto de sus días tras las rejas.

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