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| 10/6/2011 12:00:00 AM

Un reportero de raza

Diego Martínez Lloreda, director de información del diario El País, de Cali, fue galardonado este año con el premio Simón Bolívar al periodista del año. De niño comenzó escribiendo poemas y hoy denuncia corruptos.

Es viernes, en la noche, y Diego Martínez Lloreda, director de Información de El País, suspende su revisión de la entrega dominical del diario para narrar lo que ha sido su vida, a propósito del premio de periodismo Simón Bolívar en la categoría periodista del año que recibió el martes, en Bogotá.
 
Entre líneas, ‘Martillo’, como se le conoce en la redacción y titula su columna en El País, confirma una sentencia de sus amigos más íntimos: jamás dejará de ser un reportero de raza, un buscador de historias. Esa es su vida, que se resume en una palabra: pasión. Pasión por el oficio de contar, de informar, de denunciar.
 
Diego nació hace 50 años, "por accidente" en Bogotá. Y desde niño fue un gran lector. Le gustaban los cómics. Las aventuras de Tin Tin, sobre todo. Y el periódico El País.
Ese gusto por la lectura (siempre lee dos libros al tiempo) le selló el destino. Porque ‘Martillo’ no dudó jamás que iba a ser periodista: "Creo que eso es algo que se lleva en la sangre. A mí no me interesó en la vida otra cosa".
 
Cuando era estudiante del Gimnasio Moderno de Bogotá ya se ganaba los concursos de poesía. Y para la legendaria revista El Aguilucho, dirigida alguna vez por Daniel Samper, por Lucas Caballero Calderón ‘Klim’, por Eduardo Caballero (su fundador), Diego escribía perfiles.
 
"Cada alumno debía escribir la historia de su mejor amigo. Resulta que yo escribía como 20 perfiles de mi curso porque a todo el mundo le parecía aburridor hacer eso y a mí me encantaba". ‘Martillo’ llegó a ser subdirector de la publicación escolar.
 
No había duda. Estudiaría comunicación social. Pero tuvo una oposición férrea: su padre, Rodolfo Martínez Tono, fundador del Sena, se puso furioso.
 
"No me quiso pagar los dos primeros semestres. Estaba empecinado en que yo fuera ingeniero industrial o administrador de empresas. Entonces mi mamá, Ana Cecilia Lloreda, hizo un préstamo y me los pagó. Aunque me gustó el Derecho, no quería algo distinto al periodismo, y periodismo escrito", enfatiza con el índice levantado.
 
Empezó en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Después se matriculó en la Javeriana. Y como en el colegio, este hijo de cartagenero y caleña, de espíritu alegre y tomador de pelo, fue un estudiante promedio, regular.
 
"Los dos primeros años de universidad me dediqué a jugar fútbol y a levantar novias, y los dos últimos, a trabajar", confiesa. "Lo que aprendí, lo aprendí aquí, en el periódico. Por eso soy tan crítico con las facultades de comunicación. El periodismo es una vocación y el que la tiene, tiene que pulirse, y el que no, puede estudiar 50 años y no la aprende. Estas facultades son un invento imperfecto que debería ser revaluado".
 
Él preferiría que la gente estudiara otra carrera y que aprendiera las bases del periodismo en un posgrado. "Las facultades de comunicación le hicieron un mal a los medios porque llevaron gente muy estudiada, pero con poca vocación. Eso ha afectado la calidad del periodismo".
 
Recién graduado de la universidad, tuvo un gran reto: entrevistar a Jimmy Carter, entonces presidente de Estados Unidos, quien estaba de visita en Colombia. "El mandatario sólo dos concedió entrevistas: a Daniel Samper Pizano, un monstruo del periodismo, y a mí, de El País", comenta al recordar uno de sus trabajos memorables.
 
En 1984 Diego entró a hacer prácticas como redactor de la agencia de noticias Ciep, en Bogotá. Su primer gran artículo fue una entrevista a Álvaro Monroy Guzmán, presentador de la primera emisión de la televisión en el país, medio que entonces cumplía 30 años. Por ese artículo fue contratado.
 
Fue cuando llegó a El País, en Cali. Álvaro José Lloreda, el gerente de entonces, le dijo: "usted puede llegar muy lejos en esta empresa, pero tiene que hacer la carrera desde abajo. Esa es la única manera para que los periodistas y los lectores le crean, lo respeten". Exigencia que él agradece.
 
Su primer cargo fue el de redactor, de esos de grabadora en mano. Después dirigió el Centro de Análisis; fue coordinador de noticias de Cali desde 1988 hasta 1990. Un año después era coordinador general de la redacción.
 
En cada uno de esos cargos mostró su olfato periodístico, su dinamismo y exigencia con los redactores para no darse por vencidos ante un primer no. Experimentó como jefe de comunicaciones de Propal y de la FES, pero regresó a su pasión: la reportería.
 
De vuelta a su casa editorial, en esos 20 años de periodismo pasaron por sus ojos y por sus manos la toma al Palacio de Justicia, la tragedia de Armero, la visita de Juan Pablo II a Cali, el asesinato de Galán, el Proceso 8.000 y el 11-S, pero siempre buscando la mirada diferente, la historia inédita que marcaba la diferencia.
 
‘Martillo’ evoca a sus maestros: Jorge Téllez, Beatriz López, Jorge Arturo Sanclemente. Y resalta a Luis Cañón. "Le aprendí mucho, él planea muy bien la información, es un gran estratega de la comunicación. También destaco a Gerardo Bedoya, un tipo tolerante, amigo de respetar las diferentes ideas y de generar el debate. Su muerte me dolió mucho. Mi primera columna de opinión me la publicó él. La corrigió nueve veces...".
 
Ése espacio se publica desde 1994 bajo el título de ‘Martillo’. Así lo bautizaron a él desde que la tecnología de la época en El País, unos computadores que eran como "unas cajas grandes, amarillas" al iniciar, pedían una clave. Diego escribió las iniciales de sus apellidos y los redactores más cercanos ya no lo llamaron más por su nombre.
 
‘Martillo’, la columna, en la que se denuncia a los políticos corruptos pero en la que también se habla del bikini, del matrimonio, la infidelidad (incluidos en el libro Hechos & Desechos, publicado por su esposa, Susana Santamaría) la envió durante años al Premio Simón Bolívar. Su sueño era ganarse este galardón como columnista. Pero acaba de recibir algo más trascendente: el mismo premio, pero como periodista del año, "por su trabajo de vigilancia y denuncia para contribuir a la depuración de las costumbres políticas en el Valle".
 
Trabajo por el que ha sido amenazado varias veces, pero que él ya toma como gajes del oficio. "El periodista que no haya tenido amenazas es sospechoso. Esta profesión no es para tener amigos ni ser popular; sin embargo, yo no soy enemigo de nadie y, aún así,  hay quienes sí se consideran enemigos míos. Lo que tengo claro es que cada que surge un corrupto en Cali, mando toda mi artillería hacia él", afirma.
 
"Es como ganarse la medalla de plata del Simón Bolívar. Yo jamás pensé que me lo iba a ganar en esta categoría. Tengo que decir, sin falsa humildad, que es un reconocimiento al trabajo que hace El País".
 
Periodista visceral, se emociona con la noticia y al ver su columna impresa. "Esa emoción no la he perdido, y el día que la pierda me retiro", dice. Merecido premio que también comparte con su familia: Susana y sus hijos, Juan Diego y Laura. "Sin ellos no habría podido hacer todo lo que he hecho en la vida".
 
Cortesía Colprensa - El País
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