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| 8/13/2011 12:00:00 AM

Ya son doce años sin Jaime Garzón

Un aniversario más se cumple del crimen del versátil humorista que aprendió y enseñó a los colombianos a reírse de sus propias desgracias. Un recuerdo para muchos, un descubrimiento para otros y una vigente ‘voz de la conciencia’ nacional para todos.

En él eran las mil y un caras que hablaban de otras mil realidades que terminaban siendo una sola: la que vive Colombia. A través de los personajes de Jaime Garzón, él mismo se convirtió en un símbolo de un país –varias veces catalogado como el más feliz del mundo- que vive riéndose de sus propios problemas. Hasta que quisieron callarlo un 13 de agosto de 1999, hace exactamente 12 años.
 
Si bien en la madrugada de ese día su cuerpo cayó inerte tras el ataque de las balas, minutos antes de que llegara a cumplir la cita diaria con sus oyentes en Radionet, su voz sigue intacta en esa especie de ‘conciencia nacional’ en la que ha terminado por convertirse.
 
Ver hoy los monólogos grabados hace más de una década de Néstor Elí, Dioselina Tibaná, John Lenin, Emerson de Francisco en el programa de televisión ‘Quack, el noticero’ o las impertinentes entrevistas del lustrabotas Heriberto de la Calle, no es propiamente de un viaje en el tiempo: Garzón sigue vigente.
 
Esa capacidad quedó consignada en las declaraciones que un año después de su desaparición diera a esta revista Francisco Ortiz, director del programa Zoociedad –el mismo que lo proyectó a la fama-. Dijo que con su muerte “el país perdió el lente más nítido a través del cual todos los colombianos podíamos observar claramente la realidad tal y como es”.



Fueron varias las situaciones en las que Garzón retrató impecable e implacablemente instantes decisivos de la historia colombiana. Mucho antes de que entrara a la televisión, Garzón trabajaba en la campaña a la alcaldía de Andrés Pastrana. El día que secuestraron al candidato, Garzón se aferró a los pies de uno de los secuestradores y comenzó a exigir a gritos que lo llevaran porque él era “el jefe de giras”.
 
Con Pastrana electo y él nombrado como alcalde local de Sumapaz, la extensa área rural de Bogotá, debió llenar un informe en el que le preguntaba por las prostitutas que allí ejercían su oficio. Tamaña sorpresa se llevó el funcionario que recibió el memorial en el que Garzón respondió que con las únicas que él se había topado eran con “las putas FARC”.

Otra ‘perla’ fue cuando el proceso 8.000 estaba en uno de sus puntos críticos y se barajaba la posibilidad de que el presidente Samper renunciara a su cargo, Garzón dijo: “hay que rodear al Presidente… para que no se escape”.



Acerca de él uno de sus amigos, el periodista Eduardo Arias manifesto que Garzón “se burlaba del poder, es cierto, pero también se burlaba de su figura, de su torpeza, de sus carencias afectivas. Y así se ganaba el cariño de la gente. Era dueño de un espíritu entrador, propio de los grandes conversadores que saben cautivar una audiencia por su capacidad de llevar a extremos delirantes hasta las situaciones más anodinas de la vida”.
 
Cuando se transformaba en Heriberto de la Calle, recuerda Francisco Ortiz, “Garzón comentaba, muerto de la risa que, dadas las condiciones económicas por las que atravesaba, él era el único colombiano que tenía que quitarse los dientes para poder comer”. Tenía fama de conflictivo, pero lo era con quienes estaban a su nivel o por encima de él. Con sus colaboradores y subalternos, por el contrario, era generoso, amable y respetuoso. 


 
Garzón fue más que la imagen del humorista irreverente, cosa de la cual varios gustan posar. Tras él estaba la ambición no de triunfar como estrella de la televisión, sino contribuir en la construcción de un país capaz de oírse a sí mismo, a dialogar, un país más tolerante.
 
En la práctica, creó un escenario en el que contrincantes irreconciliables pudieron conversar de manera cordial y civilizada y, en el peor de los casos, conocerse un poco más. En las comidas que celebraba en su casa Garzón convocaba a periodistas, militares, políticos y empresarios.
 


Por eso, su muerte fue mucho más grave y dolorosa. Porque con Garzón no sólo se fue un gran humorista y un ser humano lleno de matices sino también un modelo a seguir en un país que necesita ejemplos concretos de diálogo y tolerancia.



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