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| 1/6/2007 12:00:00 AM

El hombre que no quería ser presidente

En su muerte, el político estadounidense Gerald Ford, el hombre que perdonó a Richard Nixon, fue recordado con nostalgia y respeto.

Gerald Rudolph Ford, Jr, quien murió el 26 de diciembre de 2006 a los 93 años, fue un presidente atípico de Estados Unidos. Excepcional. Nunca fue elegido Presidente o Vicepresidente, una característica que lo separa de los otros 42 hombres que han ostentado el cargo de primer mandatario de ese país. Reemplazó a un presidente que aún respiraba (no había muerto sino renunciado); la primera y única vez que ha ocurrido en la historia estadounidense. Según sus biógrafos y las decenas de obituarios publicados en estos días, la máxima aspiración de Ford era ser presidente de la Cámara de Representantes, y no soñaba -como la inmensa mayoría de sus predecesores- con la Casa Blanca. Pero el destino lo convirtió en el Presidente 38 de los norteamericanos.

Ford no duró mucho al frente del gobierno: apenas 896 días. Tuvo la mala fortuna de ser el líder al que le tocó confirmarle al pueblo norteamericano que Estados Unidos había perdido su primera guerra -la de Vietnam- y de ser, en ese momento, el único ocupante de la Casa Blanca del siglo XX en ser rechazado por los votantes. Perdió las elecciones de 1976 con Jimmy Carter, un desconocido gobernador del estado de Georgia, quien sería también derrotado en 1980.

Los estadounidenses y el mundo en general no volvieron a saber mayor cosa de Ford, quien, como es común en los ex presidentes norteamericanos y a diferencia de lo que suele ocurrir en Colombia, se retiró de la vida pública y dejó a sus sucesores gobernar.

En ese momento no hubo muchas personas que lamentaron su jubilación anticipada. Aunque casi le gana a Carter -había estado 30 puntos por debajo en las encuestas-, el Ford de esa época era recordado más por ser el hombre que evitó que Richard Nixon pagara cárcel por su actuación en el escándalo de Watergate. Al mes de haber asumido el poder, el 8 de septiembre de 1974, Ford otorgó un perdón a Nixon. Lo hizo, según varios analistas, porque consideraba que era la única opción saludable para poner fin a lo que llamó "una pesadilla nacional". Creyó que un juicio extendido y público del presidente Nixon iría en contra de los intereses de Estados Unidos. Que nada bueno saldría de mantener vivita y coleando la crisis política. Que sería imposible saldar las heridas y avanzar si no se cerraba ese libro. En ese entonces tenía una popularidad uribesca de más de 70 por ciento. Él mismo reconoció en una entrevista con el Washington Post, en 2004, que esa determinación le costó la Presidencia.

Hoy, al repasar su vida, esa decisión es destacada como un acierto por justos y extraños. Hasta el senador demócrata Ted Kennedy, acérrimo crítico en ese entonces, aceptó hace unos años que Ford tenía la razón. El caso de Nixon y Watergate no es el único en el cual los años han permitido revaluar la administración y las acciones de Ford. Gracias a su mediación se logró un cese del fuego entre Israel y Egipto en septiembre de 1975, un paso necesario para los acuerdos de Camp David que gestionaría Carter. Otro hecho significativo -minimizado y criticado por la prensa y los analistas- fueron los acuerdos de Helsinki firmados con el secretario general del Partido Comunista soviético, Leonid Brezhnev, y líderes de otros 30 países. Se dijo que era una barbaridad aceptar las promesas soviéticas de respetar los derechos humanos. Varios activistas e historiadores consideran que Helsinki fue un importante hito en la lucha por la libertad en el bloque comunista.

Ford no se obsesionó con su legado. Prefirió el anonimato. Sólo ahora, con su muerte, muchas personas han logrado conocer detalles de la vida de un hombre que nunca la tuvo fácil. Nació en 1913 con el nombre de Leslie Lynch King, durante el primer matrimonio de su madre. Fue luego adoptado por el segundo marido, quien le puso su nombre de pila: Gerald Ford. La plata fue siempre escasa en el hogar de los Ford. Por méritos logró estudiar en las universidades de Michigan y de Yale.

Entró en la política nacional en 1948, al ser elegido a la Cámara de Representantes. Fue muy feliz como congresista y logró el apetecido cargo de jefe de su partido republicano en 1965. En ese entonces, los demócratas eran amos y señores del Congreso, y los republicanos estaban acostumbrados a vivir en la minoría. A Ford no le importó. Estaba convencido de que un día la situación política cambiaría y sería el presidente republicano de la Cámara.

Como lo dijo The Economist, un accidente de la historia cambió sus planes. En septiembre de 1973, el vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew, se vio obligado a renunciar al ser investigado por evasión de impuestos y sobornos. Nixon optó por Ford, quien había sido un fiel aliado, especialmente frente a Vietnam. Nueve meses después, Ford asumiría el cargo de Presidente. Allí prometió que gobernaría "con transparencia y con la confianza de que la honestidad es siempre la mejor política".

La reacción a su muerte -elogios al por mayor- es prueba de que para los norteamericanos, Ford sí cumplió su palabra. Es diciente que dentro de los múltiples comentarios que se han escuchado en estos días sobre Ford, se repite una y otra vez el mismo. Lo dijo el presidente George Bush, lo reiteró Carter, y hasta el mismo Henry Kissinger, su secretario de Estado y no precisamente un hombre dado a enaltecer al prójimo, se unió al coro. Todos dicen que ese hombre de Michigan representaba como pocos lo mejor de los norteamericanos.
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