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| 8/20/2001 12:00:00 AM

En curso de colisión

La actitud internacional de George Bush tiene en ascuas al mundo entero. Una consecuencia es el tratado China-Rusia.

Solo unos turistas y algunas decenas de manifestantes contra la prueba vieron el resplandor del choque pero sus efectos se sintieron en el mundo entero. Se trataba, ni más ni menos, de detener una bala con otra bala. Ese milagro de puntería fue logrado por el programa de defensa misilística de Estados Unidos el sábado. En una prueba que costó 100 millones de dólares un ‘vehículo asesino’ de 1,5 metros de largo, lanzado desde las islas Marshall, interceptó a 200 kilómetros de altura un misil Minuteman II, lanzado 25 minutos antes desde una base en California.

La prueba tuvo tanta resonancia porque fue un nuevo desafío del gobierno de George W. Bush a la comunidad internacional, que ve con malos ojos sus reiteradas posiciones que defienden sus intereses particulares en contra del consenso.

En Moscú, tres días más tarde, una ceremonia en el Kremlin se convirtió en la respuesta a Bush. Aunque se venía negociando meses atrás, la firma del ‘Tratado de amistad, cooperación y buena vecindad’ entre China y Rusia no podía haberse realizado en una mejor fecha. Para la mayoría de los observadores internacionales la nueva alianza sino-rusa no es más que una reacción ante el unilateralismo y el desprecio por el sistema internacional que George W. Bush no ha intentado ni siquiera ocultar en los últimos meses.

El chino Jiang Zemin y el ruso Vladimir Putin dejaron atrás 40 años de alejamiento entre los otrora colosos comunistas para firmar un tratado que recuerda peligrosamente los de la Guerra Fría. Aunque los líderes sostuvieron que no se trata de componenda en contra de un tercero algunos de sus pasajes resultaron dicientes. Como uno que dice que esas dos naciones se comprometen a “coordinar su respuesta en el evento de que cualquiera de ellas sea sometida a agresión de otra potencia”.

En una declaración conjunta los dos gobernantes se refirieron, sin nombrarla, a la prueba misilística norteamericana. Defendieron enérgicamente los tratados de 1972, conocidos como ABM, a los que consideraron “la piedra angular de la estabilidad estratégica”, cuya vigencia es amenazada por el Programa de Estados Unidos. Jiang incluso dijo en una rueda de prensa que “ningún gobierno puede mejorar su seguridad a costa de la de los demás”.

Por supuesto, el pacto sino-ruso responde a intereses económicos mutuos muy claros. Por ejemplo la constructora rusa de aviones Tupolev quiere ganarle algunos pedidos chinos a la Boeing y Moscú busca un gigantesco contrato para la construcción de un oleoducto en China. Pero el tratado llega en el tema político a lo desafiante. Al declarar que Taiwan es parte integral de China ésta recibe un respaldo clave ante Estados Unidos, que es el mayor aliado de la ‘provincia rebelde’ y cuyo presidente aprobó hace algunos meses una millonaria venta de armas a su ejército. Y el texto también favorece a Rusia al apoyar su tesis contra el principio de “intervención humanitaria” lanzada por la Otan para justificar sus acciones en Kosovo. Al respecto dice que Rusia y China “respaldan la estricta observancia de principios y normas de la ley internacional contra cualquier intervención en los asuntos internos de los Estados soberanos”. Entre los eufemismos del lenguaje diplomático la lectura de los observadores fue clara: Beijing y Moscú se oponen a un mundo unipolar dominado por un gobierno como el de George Bush. Como dijo a SEMANA un vocero diplomático chino, “el gobierno de Estados Unidos está actuando de una manera irresponsable”.



El rey soy yo

La verdad es que la actitud de Bush tiene en ascuas no sólo a sus adversarios sino a sus aliados. Bush se las ha arreglado para enfurecer a tirios y troyanos con su negativa a aceptar instrumentos como la Corte Internacional de Justicia y el tratado de Kioto sobre calentamiento global, al torpedear los esfuerzos internacionales contra las armas cortas y ahora al estar en desacuerdo con los tratados contra la amenaza nuclear de 1972. En todos ha pesado más la protección de la economía estadounidense que el consenso mundial

Sin embargo el tema de los misiles es el que más indignación ha causado, tal vez por lo que revive una pesadilla que parecía superada.

Bush revivió el programa de defensa antimisiles, congelado por Bill Clinton, en mayo pasado. Se trata, en pocas palabras, de una nueva versión de la ‘Guerra de las galaxias’ lanzada por Ronald Reagan en 1983. Bush la defiende con un argumento actualizado: la terminación de la Guerra Fría dejó obsoleto al sistema de control pactado en 1972, pues la amenaza hoy proviene de “estados truhanes”, (“rogue states”), como Irán, Irak o Corea del Norte.

Parece tratarse de una nueva manifestación de la extrema derecha republicana, la del Heritage Foundation, que quiere dejar atrás el concepto de equilibrio de fuerzas para pasar a uno de hegemonía absoluta como clave para la estabilidad mundial. Sin embargo son muchos los argumentos en contra de dejar atrás los tratados de 1972. Para empezar, está el aspecto técnico, pues desde 1983 los éxitos han sido muy escasos y nada garantiza que se hayan superado definitivamente los innumerables problemas. Por otro lado, aliados como el ministro alemán de Defensa Rudolf Scharping han sostenido que es necesaria “una respuesta política coherente a las amenazas porque la preparación tecnológica no es suficiente”. En ese aspecto resulta muy diciente el que Bush, en vez de seguir con los esfuerzos de acercamiento de Bill Clinton hacia Corea del Norte, haya frenado ese proceso, como para preservar el argumento de la amenaza incontrolable.

Una amenaza que, por otro lado, muchos consideran inflada pues cualquiera de los países mencionados está a décadas de desarrollar la capacidad de lanzar con éxito un misil sobre Estados Unidos. La única amenaza parece ser la proliferación pues Putin ha dicho que al caer el sistema actual de tratados, el ABM y los Salt I y II, reinstalará sus ojivas nucleares e iniciará su propio programa de defensa. Algo que sería imitado por varios países.

Las sumas involucradas son un poderoso incentivo para el programa, que incluye satélites y desarrollos tecnológicos nuevos. Estimativos del Centro de estudios internacionales sostienen que se trata de al menos 240.000 millones de dólares para repartir entre contratistas como Boeing, Lockheed Martin, Raytheon y TRW.

En cualquier caso el precio que el gobierno de Bush está dispuesto a pagar por su actitud es incierto. No sólo se trata del renacimiento de alianzas estratégicas peligrosas entre sus competidores sino de su pérdida de credibilidad. Las consecuencias de su programa antimisiles y sus demás acciones ya se ven. Sus beneficios tal vez no se aprecien nunca.
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