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| 11/27/2016 2:41:00 PM

La guerra que nunca estalló

Durante la crisis de los misiles, la Cuba de Fidel fue el centro de la disputa ideológica entre las dos potencias de la Guerra Fría. El mundo se salvó por muy poco de una nueva guerra mundial.

El lunes 22 de octubre de 1962, a las siete de la noche en Estados Unidos, un discurso en televisión de 17 minutos llevó al mundo a temer seriamente el más peligroso de los escenarios: una guerra entre Norteamérica y la Unión Soviética, para ese entonces las dos potencias políticas y militares más importantes. En la pantalla del televisor estaba John F. Kennedy, el emblemático presidente de Estados Unidos, quien de manera pausada pero enfática anunció que su país comenzaría un bloqueo naval a Cuba tras comprobar que el líder soviético, Nikita Khrushchev, había sido autorizado por Fidel Castro para emplazar misiles de alcance intermedio en esa isla del Caribe. El propósito de esas bases, afirmó Kennedy, no podía ser otro que brindarle mayores capacidades a la URSS para atacar nuclearmente al Hemisferio Occidental. Según se conoció en el momento, los proyectiles podían alcanzar desde Canadá hasta Perú.

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El mundo literalmente entró en pánico con la noticia, con seguridad la más delicada desde la Segunda Guerra Mundial. Reportes de prensa de la época describieron la crisis como un “cataclismo” y como “uno de los momentos decisivos del siglo XX”, mientras columnistas y escritores hablaron de una “fatídica hora cero”, de “posibles momentos de luto para la humanidad” y hasta de “una amenaza a la supervivencia humana”.

Después de la aparición del mandatario estadounidense en televisión, quien había descubierto las bases una semana antes, siguieron seis días de máxima alerta. Khrushchev, según algunas revisiones históricas, reaccionó con furia al anuncio televisado de Kennedy y ordenó, por lo menos de manera inicial, no sólo acelerar la construcción de las bases en Cuba sino hacer caso omiso de la cuarentena naval. Tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se mantuvieron firmes en sus intenciones y, a ojos de todo el mundo, la guerra parecía inminente. Únicamente faltaba el hecho que desencadenaría una poderosa ofensiva militar en El Caribe.

Sin embargo, en la noche del viernes 26 de octubre, cuando la ansiedad mundial ya alcanzaba sus máximos límites, el Departamento de Estado de Estados Unidos recibió una carta privada del mandatario soviético en la que proponía ponerle fin a la crisis. En ella, Khrushchev pedía que Estados Unidos se comprometiera a no invadir nuevamente a Cuba, como ya había intentado hacer con la llegada a Bahía Cochinos, en 1961, para que la URSS desmantelara sus misiles en la isla.

La carta de Khrushchev parecía anunciar el final de la crisis, pero el día siguiente fue el más delicado de todos. Un avión estadounidense de reconocimiento terminó por error en espacio aéreo ruso y otro fue derribado con un misil tierra-aire cuando sobrevolaba Cuba. Aunque en ese momento no se supo si la orden provino del Kremlin o fue una decisión de algún comandante ruso en Cuba que actuó por cuenta propia, tanto Kennedy como su colega soviético temieron lo peor. Por fortuna, ninguno tomó la decisión inicial de atacar.

Ese mismo día, mientras se debatía el tema de los aviones de reconocimiento U-2, llegó otra carta de Khrushchev, esta vez mucho menos amigable. En ella incluía un segundo aspecto en la negociación que terminó, según varios análisis revisionistas, llevándose a cabo en secreto: para que los misiles de la URSS fueran desmantelados en Cuba, Estados Unidos debía hacer lo mismo con unos proyectiles Júpiter que tenía emplazados en Turquía. Esto último finalmente ocurrió en 1963. La nueva petición de Khrushchev explica por qué para la URSS, la crisis de los mísiles fue un asunto con el que esperaba demostrar que el poderío nuclear estadounidense no era superior al soviético, tal como era en ese entonces.

Pero además de esa razón, las decisiones que llevaron a Cuba a convertirse en el centro de la confrontación ideológica responden a otros motivos geopolíticos. Para ese entonces, la isla llevaba más de tres años bajo órdenes de Fidel Castro, desde que en 1959 tuvo éxito la revolución. Desde entonces, su distanciamiento con Estados Unidos fue proporcionalmente inverso a su cercanía con la Unión Soviética y a su amistad con Nikita Khrushchev. En 1961 Fidel ahondó aún más su rechazo a las políticas de Kennedy, cuando éste ordenó la invasión a Bahía Cochinos, que se convirtió en uno de los fracasos más importantes del presidente norteamericano y ratificó que Estados Unidos tenía todas las intenciones de acabar con el mandato de Fidel. La razón era clara:

Desde que se consolidó el comunismo en Cuba, Estados Unidos entendió que no podía permitir la propagación de una “amenaza” de ese estilo en la región, que para ese entonces era una prioridad política de Washington con su Alianza para el Progreso. Por la adhesión a ese programa, la mayoría de países de la región apoyó el bloqueo de Kennedy a Cuba.

A la Unión Soviética, por el contrario, sí le convenía tener un enclave socialista cerca de su enemigo histórico. Si quería hacer un contrapeso de poder geopolítico y cumplir algún papel en la zona de influencia de Estados Unidos, el lugar para hacerlo era la Cuba de Fidel. Por eso Khrushchev cuenta en sus memorias que desde mayo de 1962, cuando estaba de visita en Bulgaria, pensó en emplazar misiles en Cuba. Envió una misión “de agricultura” a Cuba ese mismo mes, en la que viajaban expertos militares encubiertos, y posteriormente se organizaron reuniones con Fidel y el secretariado cubano (que incluía a Raúl Castro y al Che Guevara). El mismo Raúl viajó a Moscú antes de que la URSS comenzara el viaje secreto que llevaría a la construcción de las bases y desencadenaría el conflicto de octubre con Estados Unidos.

Este enfrentamiento terminó finalmente el 28 de ese mes, de la misma manera en que comenzó: con declaraciones públicas de los mandatarios. Después de varias cartas, Kennedy y Khrushchev acordaron públicamente la propuesta que el líder soviético había ideado dos días antes: la URSS desmantelaría sus bases en Cuba a cambio de que la isla no fuera invadida por Estados Unidos.

Los dos jefes de Estado respiraron con tranquilidad, pero Fidel Castro no. Según varios historiadores, ocurrió todo lo contrario: Fidel estaba furioso porque la decisión se había tomado sin contar con él, aunque su país había sido el epicentro de la crisis. Hoy, no son pocos los análisis que indican que Cuba en realidad fue utilizada por las dos superpotencias, que hicieron y deshicieron sin contar con Fidel y su secretariado. Por eso Castro, que se sintió traicionado por los soviéticos, se opuso inicialmente a la inspección neutral de los misiles tras la crisis, aunque finalmente debió ceder a que los barcos soviéticos se llevaran sus proyectiles de regreso por el Atlántico. Así, con ese regreso naval, se puso oficialmente punto final a la crisis.

Los estudios posteriores sobre esta época coinciden en que la llegada de los misiles a Cuba tuvo un impacto global, por la amenaza que representó, pero también una influencia muy particular en América Latina, que se encontró por primera vez en su historia independiente en medio de un conflicto global. Para fortuna de la región y del resto del mundo, este periodo clave del siglo XX sólo se quedó en la retórica y las amenazas de dos mandatarios poderosos que lograron finalizar de manera pacífica lo que estuvo muy cerca de convertirse en un conflicto de consecuencias inenarrables.

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