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| 10/17/1983 12:00:00 AM

INMENSO CIRCO DIPLOMATICO

La Conferencia para la Seguridad Europea fue más interesante por las anécdotas surgidas entre sus asistentes que por lo que se votó al final

Madrid ha sido durante los primeros días de septiembre la capital diplomática del mundo por ser el lugar de encuentro de los cancilleres de las dos superpotencias George Shultz y Andrei Gromyko, en un momento de máxima tensión a causa del incidente del jumbo surcoreano derribado por los soviéticos. Sin embargo, el encuentro de los dos políticos --revalorizando en importancia a causa de la crisis del jumbo-- no era más que una parte de lo que estaba ocurriendo en realidad en la capital española: la clausura de la Conferencia para la Seguridad y Cooperación en Europa (CSCE).
El clima de tensión y guerra fría que se ha extendido por el mundo a causa del derribo de tal avión ha dejado un poco en sordina esta larguísima conferencia de Madrid que durante casi tres años de trabajos, a menuda monótonos y excesivamente técnicos, ha reunido a los representantes de 35 países (todos los europeos, menos Albania, más Estados Unidos y Canadá).
La negativa de los occidentales, orientales o soviéticos, neutrales y no alineados de la CSCE a aceptar la exigencia maltesa de convocar una conferencia sobre la seguridad en el Mediterráneo tenía una justificación muy simple: esta conferencia nació en 1972 con el único objetivo de alejar de Europa central la larga etapa de la guerra fría que siguió a la Segunda Guerra Mundial y para confirmar, como lo hizo el Acta Final de Helsinki en 1975, la división de Europa en dos bloques ideológicos y el trazado de fronteras que separan a Alemania. En el fondo es una conferencia sobre temas Este-Oeste.
Sólo a última hora el día 6 de septiembre, cuando ya se encontraban en Madrid buena parte de los cancilleres invitados, Malta dio su brazo a torcer y la diplomacia española daba un suspiro de alivio al ver coronado con éxito un acuerdo al que no fue del todo ajeno el propio Felipe González. En la resolución final se concede a los soviéticos su deseada conferencia sobre desarme, a celebrar el próximo mes de enero en Estocolmo, mientras que los occidentales logran futuras reuniones sobre derechos humanos e intercambios familiares en Canadá y Suiza en 1.985 y 1.986, respectivamente, así como una posterior conferencia de revisión a lo acordado en Madrid, que se celebraría en Viena en 1986. El compromiso de Madrid establece además el derecho a formar sindicatos libres.
Estos acuerdos, en principio tan simples, tuvieron a lo largo de estos tres años unos márgenes de negociación tan estrechos que cada adjetivo, cada coma, cada punto y aparte se convertían en una posición militar estratégica. El 10 de noviembre de 1.980, fecha tope para la apertura de la conferencia, hubo que recurrir a un artilugio inventado por los diplomáticos en Viena para saltarse esta norma: parar los relojes un minuto antes de la medianoche. Y para mayor efectismo, se ordenó a los conserjes que detuvieran los dos grandes relojes del hall principal del Palacio de Congresos. En realidad, una buena parte de la discusión de ese momento, el más tenso de la conferencia, si se exceptúa la traca final del encuentro Shultz-Gromyko, se consumió en discutir un punto y aparte.
La gama de idiomas oficiales (inglés, francés, italiano, ruso y castellano) conviertieron la traducción de un adjetivo, el maquillaje de los textos, en verdaderas discusiones bizantinas de varias semanas de duración. No es de extrañar, pues, la infinidad de anécdotas surgidas en la convivencia de unos diplomáticos venidos a Madrid por unos meses y que terminaron casi radicados en la capital española.
Los delegados han visto aquí el paso de tres gobiernos, un intento de golpe de Estado y un Mundial de Fútbol. La tensión, pues, dentro y fuera del Palacio de Congresos explica esta especie de parte de guerra de la Conferencia: se produjo al mes un promedio de cinco crisis cardiovasculares agudas, 15 alteraciones gravísimas de la tensión y cuatro o cinco caídas por escaleras con resultado de fractura o esguince. Un diplomático islandés fue llamado por su gobierno para ser sometido a una desintoxicación alcohólica.
En 1972, cuando los presidentes de EE.UU. y la URSS, Richard Nixon y Leonidas Breznev, respectivamente, firmaron un acuerdo sobre limitación de armamento estratégico (SALT I) y acordaron convocar una Conferencia sobre Seguridad y Cooperación en Europa, seguramente no imaginaron que ponían en movimiento este inmenso circo que ha pasado por Helsinki (1975) Belgrado (1978), Madrid (1980-1983) y que de aquí en adelante pasará por Viena, Estocolmo, Venecia, Berna, nuevamente Helsinki y Atenas, entre otras, movilizando, como en el caso español, más de 3.000 personas entre diplomáticos, periodistas, policías y empleados.--
Juan González Restrepo desde Madrid para SEMANA
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