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| 7/21/2007 12:00:00 AM

La guerra tibia

La mutua expulsión de diplomáticos entre Gran Bretaña y Rusia se viene a sumar a la creciente lista de disputas del Kremlin con Occidente.

El fantasma del asesinado ex agente de la KGB Alexander Litvinenko sigue atormentando a sus presuntos verdugos. El pasado lunes, Gran Bretaña decidió expulsar a cuatro diplomáticos rusos como represalia por la negativa del Kremlin a extraditar a otro ex agente, Andrei Lugovoi, el principal sospechoso de aquel crimen por envenenamiento cometido en noviembre y digno de una novela de espionaje

Según explicó al Parlamento el nuevo ministro británico de Relaciones Exteriores, David Milliband, el gobierno ruso no ha entendido la seriedad del caso, a pesar del cabildeo al más alto nivel. Los medios rusos registraron la noticia como la declaratoria de una "guerra diplomática", mientras el embajador en Londres, Yuri Fedotov, calificó la decisión como un déjà vu de la Guerra Fría. Una referencia que ya se ha vuelto costumbre en la prensa occidental. Los británicos sostienen que Lugovoi se reunió con Litvinenko el día en que alguien vertió polonio 210 en su taza de té. La arriesgada manipulación de sustancias radioactivas no sólo puso en peligro la vida de decenas de personas, sino que dejó un rastro que llevó a las autoridades a responsabilizar a Lugovoi, y a Londres a sospechar que los servicios secretos de Moscú están detrás del crimen.

La reacción rusa fue más allá de la mera reciprocidad. El gobierno expulsó también a cuatro diplomáticos, y añadió dos arandelas: una, que sus dignatarios se abstendrán de visitar el Reino Unido, y otra, mucho más preocupante, que dejará de cooperar con Londres en la lucha contra el terrorismo. No era para menos, si el día anterior un vocero había advertido que si su país hubiese respondido de la misma forma cada vez que Londres rechazó un pedido de extradición, "la embajada británica tendría hoy 80 diplomáticos menos". Rusia, que además advirtió a la Unión Europea que no se entrometiera, considera que Gran Bretaña es un refugio para criminales rusos y desde 2002 ha solicitado la extradición de 21 personas buscadas por asesinato, terrorismo y fraude. Al presidente Vladimir Putin, quien es un ex agente de la KGB, le irrita especialmente el asilo concedido al magnate Boris Berezovsky, enemigo declarado del régimen, y al líder independentista checheno Ahmed Zakayev.

"Ante la ausencia de oposición interna, Berezovky es, a los ojos de Putin, el principal opositor. Teme que con su fortuna pueda mover fichas en los círculos de poder en Moscú", explicó a SEMANA el internacionalista Carlos Taibo, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de Rusia en la era Putin. Para terminar de agitar el ambiente, Scotland Yard informó el miércoles que había detenido a un sospechoso de estar detrás de un complot para asesinar en Londres al magnate opositor y este no tardó en acusar a Putin. Aseguró que las mismas personas que estuvieron detrás del asesinato de Litvinenko son las que lo persiguen.

Todo el asunto llega en un momento de deterioro de las relaciones de Moscú no sólo con Londres, sino también con el resto de Europa y con Washington. "Rusia simplemente se ha negado a extraditar a un ciudadano, lo que alimenta las sospechas sobre el papel del Kremlin en el asesinato, pero esta disputa está a años luz de las demás", asegura Taibo. Y por las demás se refiere al largo listado de temas donde los intereses rusos se enfrentan a los de las potencias occidentales, comenzando por la expansión de la Otan y el escudo antimisiles que Estados Unidos proyecta instalar en Polonia y República Checa. Moscú considera este último una amenaza a la estabilidad internacional y al "equilibrio estratégico".

De aliado a enemigo

Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 Putin fue el primer líder mundial en llamar a la Casa Blanca para ofrecer apoyo en la guerra contra el terrorismo y el presidente norteamericano George W. Bush calificaba a Rusia como "un amigo". Pero esos días en que Putin se perfilaba como un aliado inmejorable quedaron atrás. En Moscú sienten que no fueron suficientemente retribuidos por su ayuda y que sus otrora zonas de influencia están bajo amenaza. La Otan se ha extendido a las ex repúblicas soviéticas del Báltico, hoy en la Unión Europea, y Washington ha apoyado las revoluciones de colores en Ucrania, Georgia y Bielorrusia, otros ex miembros de la Urss donde las fuerzas prooccidentales se enfrentan a otras pro rusas. De ahí que Putin haya endurecido su tono: ha comparado el imperialismo estadounidense con la Alemania nazi, vendido armamento a los enemigos de Washington -Irán, Venezuela y Siria- y quiere ser el contrapeso a la hegemonía estadounidense.

Los roces con Europa también han abundado. La relación se ha vuelto más tensa desde la ampliación de la Unión Europea en 2004, cuando ingresó un puñado de países del este que históricamente han tenido diferencias con Moscú. El deterioro ha llegado al punto de que, por cuenta del escudo antimisiles, Putin amenazó con apuntar sus ojivas al Viejo Continente y horas antes del anuncio británico de la expulsión de los diplomáticos, decidió suspender el tratado sobre fuerzas convencionales, un pacto que 30 países habían firmado en 1999 para imponer restricciones al armamento en suelo europeo.

Los desencuentros también incluyen dos temas sensibles en los que Washington y Bruselas necesitan el apoyo ruso como miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: la independencia de la provincia serbia de Kosovo y la presión para que Irán detenga su programa nuclear.

A eso se suma la dependencia europea de los recursos energéticos rusos. "A pesar de la intención europea de diversificar sus proveedores, no hay fuentes alternativas fáciles, dijo a SEMANA Margot Light, profesora emérita de la London School of Economics especializada en Rusia y las relaciones Este-Oeste. Por otro lado, los rusos también dependen de vender su energía a Europa, por lo menos hasta cuando construyan un oleoducto alternativo al este".

Con ese complejo telón de fondo, Londres ha buscado la solidaridad de sus socios europeos en su disputa con Moscú. Pero por los intereses mutuos, que incluyen unas florecientes relaciones comerciales, no parece probable un escenario de confrontación abierta. A pesar del deterioro, la comparación con la Guerra Fría parece desproporcionada. Ya no hay modelos ideológicos enfrentados ni el riesgo palpable de enfrentamiento nuclear. Nada apunta tampoco a una relación amigable. El Kremlin quiere que su voz sea escuchada en el plano internacional y no le importa gritar para conseguirlo.
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