24 marzo 2012

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La tragédie nationale

FRANCIAA solo un mes de las elecciones presidenciales, un terrorista francoárabe asesinó a siete personas, paralizó Francia y dejó al país de luto. Ahora que está muerto, la campaña política dio un vuelco inesperado.

La tragédie nationale. Muchos describen a Merah como un joven al que le gustaba el fútbol, los carros, las chicas y que a veces salía a discotecas. En realidad se entrenó en Pakistán para la ‘yihad’.

Muchos describen a Merah como un joven al que le gustaba el fútbol, los carros, las chicas y que a veces salía a discotecas. En realidad se entrenó en Pakistán para la ‘yihad’.

Mohamed Merah murió como mató a sus víctimas: con un tiro certero a la cabeza. El jueves pasado, a las 11:31 de la mañana, una bala acabó con el delirio de este joven islamista que asesinó a tres soldados y a cuatro civiles en una escuela judía en Toulouse, al sureste de Francia. La violenta yihad (
la guerra santa de los musulmanes) que protagonizó Merah duró solo 11 días. Pero fue suficiente para hundir a Francia en el desconcierto en plena campaña presidencial.

Merah, un francés de 23 años de origen argelino, llevaba más de 30 horas rodeado en su apartamento por cientos de policías. De pronto, tres fuertes detonaciones se sintieron y 15 agentes del Raid, la unidad élite de la Policía francesa, se lanzaron al ataque. Avanzaron paso a paso, sus dedos sobre el gatillo, sondeando la sala y los cuartos. Estaban vacíos. Merah se había atrincherado en el baño con tres pistolas Colt 45, un recipiente lleno de municiones, un coctel molotov y un chaleco antibalas debajo de su djellaba negra, la túnica tradicional árabe.

Merah rezó por última vez y salió del baño descargando sus armas sobre el Raid. Era un infierno de plomo, humo y pólvora. Sin salida, el asesino corrió a la ventana de su baño y saltó. “Cuando llegó al suelo, estaba muerto”, explicó el ministro del Interior, Claude Guéant. Más de 300 cartuchos descansaban en el suelo de la vivienda.

Fue el último episodio de una cacería que empezó el domingo 11 de marzo. Ese día Merah citó en un parqueadero a Imad Ibn-Ziaten, sargento de un batallón desplegado en Afganistán. El militar llevaba más de un mes tratando de vender por internet su moto y pensó que al fin había encontrado un cliente. Pero era una emboscada. Merah sacó su pistola, le gritó “matas a mis hermanos, yo te mato”, le disparó a la cabeza y huyó en su Scooter de alto cilindraje.

A los cuatro días Merah volvió a matar. A las dos de la tarde, tres militares salieron de su base en Montauban. De espaldas a la calle, sacaban dinero de un cajero automático cuando una moto se detuvo junto a ellos. El conductor se les acercó y los acribilló a quemarropa. Merah alcanzó a uno de los soldados que trataba de escaparse gateando y le descargó su pistola en la cara. Se montó a su moto y gritó “Allahu Akbar” (“Dios es grande”) mientras se alejaba.

Pero Toulouse aún no había visto lo peor. El lunes, a las ocho de la mañana, los alumnos del colegio judío Ozar Hatorah llegaban a clase. Jonathan Sandler, un rabino francoisraelí, cruzó el portón verde del Instituto con sus hijos Gabriel, de 4 años, y Aryeh, de 5. “Saludé a Jonathan y fui a abrir el portón del colegio, cuando de pronto lo vi caer en un charco de sangre”, le dijo un profesor al diario Le Parisien. Merah asesinó a Jonathan y a sus dos niños y, empuñando su arma, se precipitó al patio. Agarró del pelo a Myriam Monsonego, la hija de 7 años del director, y le disparó en la sien. Antes de escapar, hirió a un adolescente. “Era como una película de terror, algo irreal, no puedo decir nada más. Le disparó a un niña en la cabeza, a sangre fría. Cuando digo esto quiero vomitar”, dijo Nicole Yardeni del Crif (Consejo Representativo de Instituciones Judías de Francia) después de ver videos de seguridad que grabaron la matanza.

Como ella, toda Francia estaba asqueada. Las víctimas, tres árabes, cuatro judíos y un antillano que aún está hospitalizado, eran franceses de minorías. Por eso los primeros indicios apuntaron hacia la extrema derecha. Sin embargo, la Policía no descartó la pista islámica. En una primera etapa cruzaron perfiles de yihadistas con 575 direcciones IP, la huella digital de los computadores, que se conectaron al clasificado que la primera víctima puso en línea. Una de las IP llamó la atención. Correspondía al de la madre de Mohamed Merah. Al mismo tiempo la Policía buscaba la Scooter en garajes, concesionarios y estaciones de servicio. Hasta que un vendedor les dijo que un joven le preguntó como podía pintar su Yamaha Tmax 550 y sacarle el dispositivo GPS para localizar vehículos robados. Ese joven era Mohamed Merah.

No fue difícil encontrar su apartamento, en el segundo piso del edificio 17 de la calle Sergent Vigné. Pero no lograron sorprenderlo y el cerco fue interminable. Merah, que se sabía perdido, llamó al canal France 24 y prometió subir a internet videos de sus crímenes. Dijo que era un combatiente de Al Qaeda y que quería desquitarse porque la ley francesa prohíbe usar el velo islámico, por la intervención en Afganistán y para vengar a “nuestros hermanitos y hermanitas palestinos”.

Ahora todo el país sabía a quién se enfrentaba. Merah nació en Toulouse en 1988, en una familia de inmigrantes argelinos. Creció sin padre en un barrio periférico, donde no hay muchas oportunidades. Quiso ser mecánico, pero lo enganchó la pequeña delincuencia. Fue varias veces al tribunal a responder por el robo de un celular, de una moto, de una cartera y por manejar sin licencia. Delitos menores que terminaron con una condena de 18 meses de prisión en 2007.

Volvió cambiado. Como otros jóvenes musulmanes, se radicalizó tras los barrotes. Visitó dos veces Pakistán y Afganistán, como cientos de jóvenes islámicos que viajan con pasaportes europeos a la región para volverse soldados de Alá. Vuelven a Europa unos meses después, radicalizados y entrenados, donde pueden pasar a la acción en cualquier momento. Por eso hay preocupación, pues algún militante solitario puede golpear en cualquier momento.

Pero en Francia, por ahora, ese no es el problema. A tan solo un mes de las elecciones presidenciales, los asesinatos de Merah van a revolcar la campaña. Los primeros días, mientras primaba la tesis neonazi, algunos candidatos atacaron al presidente Nicolas Sarkozy y a la ultraderechista Marine Le Pen del Front National por sus discursos antiinmigrantes y agresivos. Pero apenas se supo que un musulmán fanático era el culpable, los dos candidatos de derecha salieron fortalecidos.

Hasta ahora los temas económicos y sociales predominaban en la campaña. Ahora, es probable que temas como la seguridad, la mano dura, la islamización, la inmigración y el nacionalismo vuelvan a ser importantes para los franceses. Y ahí Sarkozy y Le Pen son imbatibles. Un sondeo de Ipsos mostró que 58 por ciento de los franceses confían en que el mandatario es el mejor para disminuir la inseguridad.

La imagen de Sarkozy tuvo una metamorfosis total. Quien era un candidato débil, sin norte y populista, se transformó en un presidente fuerte, eficaz, símbolo de la unidad y de los valores de la república. El jueves, en un discurso presidencial, y no en un mitin, prometió que iba a castigar a aquellos que visiten páginas de internet terroristas o los que vayan a entrenarse con extremistas.

Dos propuestas poco realistas, pero que desde ya muestran el tono de lo que queda de campaña. El socialista François Hollande, que hasta ahora era el favorito, anunció que “no necesitamos de una campaña llena de volteretas circunstanciales, llena de anuncios ruidosos”, mientras varios de sus hombres criticaron abiertamente el operativo del Raid y los servicios secretos de Sarkozy. Mohamed Merah apenas llevaba ocho horas muerto y sus víctimas menos de un día bajo tierra. Puede que los tiempos políticos y los del duelo sean distintos. Pero el uso politiquero y populista de un drama nacional, algo que previsiblemente va a pasar, además de ser algo cínico, no es la mejor manera para sanar un país dividido, donde la suspicacia entre comunidades, religiones y razas está más fuerte que nunca.
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