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| 12/20/2014 10:00:00 PM

La masacre de los inocentes pakistaníes

La brutal matanza de 132 niños y varios profesores perpetrada por los talibanes en una escuela al norte de Pakistán es el peor ataque terrorista en la historia de ese país. Nada indica que sea el último.

Eran las diez de la mañana. El auditorio de la Escuela Pública del Ejército de Peshawar, al norte de Pakistán, estaba abarrotado de estudiantes que asistían a un curso de primeros auxilios. Había transcurrido poco tiempo desde el principio de la charla cuando una serie de explosiones y de disparos interrumpió al instructor. En un abrir y cerrar de ojos, el estruendo se hizo ensordecedor y, antes de que las decenas de muchachos supieran qué pasaba, varios hombres con uniformes militares y armados hasta los dientes irrumpieron en el recinto. Pero no venían a salvarlos, sino al contrario.

Muchas de las víctimas de la matanza que perpetraron el martes los talibanes de Pakistán (TTP, por su nombre original) murieron en ese auditorio. Según los testigos, los terroristas entraron disparando a mansalva para acabar con el mayor número posible de estudiantes. Y cuando advirtieron que varios se habían acuclillado y escondido debajo de sus pupitres, pasaron fila por fila ejecutándolos con un tiro en la cabeza. Ese procedimiento se repitió en todas las clases y acabó con la vida de uno de cada diez pupilos de esa academia, en una jornada de pesadilla que solo terminó ocho horas después, cuando el Grupo de Servicios Especiales del Ejército retomó el control de las instalaciones.

“Llevamos a cabo el ataque tras una investigación gracias a la cual pudimos establecer que los hijos de varios altos cargos del Ejército estudiaban en esa escuela”, dijo un portavoz del TTP para justificar la masacre. Y en el colmo del cinismo, los talibanes trataron de legitimar su ataque explicando que no habían liquidado a los alumnos más pequeños, como si matar a un niño de 15 años fuese más aceptable que acabar con la vida de uno de 10. “Tengo el corazón roto por este acto de terror absurdo y cometido a sangre fría en Peshawar”, dijo la Premio Nobel de la Paz, Malala Yousafzai, conocida en todo el mundo después de que un sicario del TTP detuvo el bus en el que iba a la escuela y le disparó a la cabeza varias veces, dejándola entre la vida y la muerte.

Pese a la violencia, la contundencia y la corta edad de las víctimas del ataque –incluso para un país traumatizado por la violencia como Pakistán–, lo cierto es que la masacre de esta semana no es completamente inesperada. Desde el 15 de junio, el Ejército de ese país viene adelantando una intensa campaña militar contra los talibanes, bautizada Operación Zarb-e-Azb por el nombre de una espada de una leyenda incluida en el Corán. Y esa ofensiva ha logrado que por primera vez los talibanes tengan que abandonar sus posiciones históricas en las áreas tribales fronterizas con Afganistán (Fata, por su sigla en inglés), donde se encuentran además los principales líderes de Al Qaeda y desde donde se lanzó el atentado fallido de Times Square de 2010, el mayor plan terrorista contra los Estados unidos desde los atentados de 2001.

Y aunque hay consenso sobre el éxito de la Operación Zarb-e-Azb, el ataque del martes pone de manifiesto la magnitud del contragolpe. Como le dijo a SEMANA Paul Wallace, profesor de la Universidad de Missouri y uno de los autores del libro Democracy and Counterterrorism: Lessons from the Past, “el ataque de la escuela de Peshawar  es a la vez una señal de fuerza y de debilidad de los talibanes. Por un lado, la ofensiva del Ejército los ha desperdigado por todo el país, incluyendo Karachi, la ciudad más poblada de Pakistán. Por el otro, las derrotas encajadas los han dejado como un tigre herido pero con la energía necesaria para sostener una guerra asimétrica. En esas condiciones, en vez de atacar objetivos difíciles los grupos suicidas del TTP buscan presas fáciles, como el puesto fronterizo de Wagah, donde una bomba mató a 60 personas a principios de noviembre, o una escuela militar llena de niños”.

El Ejército e India

La matanza de Peshawar subraya las dificultades del primer ministro, Nawaz Sharif, que llegó al poder a mediados de 2013 en medio de grandes expectativas, pues fue la primera vez que el país asistió a una transición de poderes entre dos gobiernos elegidos democráticamente. De hecho, desde que estaba en campaña Sharif promovió dos cambios que han levantado ampolla en algunos sectores de su país: poner al Ejército bajo la autoridad civil y mejorar las pésimas relaciones con India, con quien su país ha sostenido dos guerras desde la independencia en 1947.

Al respecto, fue alentador que el primer ministro indio, Narendra Modi, llamara el día de la tragedia a Sharif y que en el Parlamento y en las escuelas de toda India se guardaran dos minutos de silencio por los niños caídos del otro lado de la frontera. Sin embargo, según los especialistas contactados por esta revista es poco probable que –fuera de esas expresiones diplomáticas– el ataque del martes haga avanzar el diálogo entre ambas naciones. De hecho, en algunos noticieros y periódicos pakistaníes ha circulado la versión según la cual este contó con el apoyo del servicio de inteligencia externo de India (RAW por sus siglas en inglés), una acusación usual en un contexto en el que ambas partes se suelen señalar ante el más mínimo brote de violencia en su territorio.

A lo cual hay que agregar que la reconciliación con Pakistán no ha estado ni está dentro de los planes del nacionalista Modi. Como le dijo a esta revista Naveed Ahmad, periodista de investigación y columnista del Daily Jang (el de mayor circulación nacional), “Modi ganó gracias a un programa basado en el odio. Hasta la fecha, ha rechazado todas las aperturas de Islamabad y, por el contrario, puso fin a un antiguo cese al fuego en las regiones disputadas por ambos países. Las relaciones bilaterales seguirán congeladas hasta que vuelvan a deteriorarse”.

Por su parte, es muy probable que la masacre de Peshawar refuerce en el ámbito nacional al Ejército pakistaní, con el que Sharif mantiene un pulso político desde que impidió que el exdicator militar Pervez Musharraf huyera a Londres, como lo deseaba la cúpula castrense. De hecho, en los últimos meses Sharif tuvo que afrontar protestas populares lideradas por el exjugador de cricket Imran Kahn (uno de sus contrincantes en las elecciones de 2013) y por el clérigo sufi Tahir ul Qadri, detrás de los cuales muchos sospechan que estaba el Ejército. En efecto, la turba que lideraban se tomó la sede de la televisión nacional, que fue exactamente lo que hizo Musharraf  en 1999, cuando derrocó a Sharif, quien en ese entonces también oficiaba como primer ministro.

A lo cual hay que agregar que los atentados de las Torres Gemelas debilitaron el proceso de democratización de esa nación asiática. Shaun Gregory,  profesor de Seguridad Internacional de la Universidad de Durham, le dijo a esta revista que “en los tiempos de crisis como los que el país está viviendo, el Estado y la gente del común suelen ver al Ejército y a sus servicios de inteligencia como la principal defensa contra el terrorismo, de modo que, así parezca paradójico, es probable que el brutal ataque al colegio militar refuerce a esas instituciones en detrimento de quienes buscan el diálogo”.

En un país donde la demagogia electoral y la violencia contra los más débiles se han vuelto moneda común, nada indica que el furor homicida contra los niños y otros objetivos fáciles vaya a disminuir. Como todos los cobardes, en vez de enfrentarse con guerreros como ellos, los talibanes lo hacen con los hijos de sus enemigos.
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