Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1994/11/28 00:00

SUCESION MISTERIOSA

La incertidumbre por la salud de Deng Xiao Ping pone sobre el tapete la lucha por la sucesión del líder.

SUCESION MISTERIOSA

EN LOS PAISES TOTALITArios, la sucesión del poder es un drama palaciego, oscuro y nebuloso, mientras la población, llena de incertidumbre, aguarda en la calle para saber a quién vivar. Ese fue el panorama cada vez que murió el líder de turno de la fenecida Unión Soviética, así fue cuando murió Mao Zedonz, y así está ocurriendo ahora en China. Esta vez se trata de Deng Xiao Ping, quien borró los vestigios de la Revolución Cultural de Mao, dio el viraje hacia la economía capitalista y se negó a que la apertura económica fuera acompañada por la política.

Deng -quien no ostenta cargo alguno pero es el jefe máximo- se encuentra en ese limbo en que se sumergen al final los líderes como él. Acaba de cumplir 90 años, no se le ve en público desde febrero, sus allegados aseguran que su salud está perfecta -salvo un violento Parkinson y un cáncer terminal- y en las calles corre el chisme de que ya murió. Los rumores se han intensificado tanto que los medios estatales han comenzado a usar un lenguaje de referencias indirectas.

En medio de esa incertidumbre, los aspirantes a heredar el inmenso poder de Deng toman sus posiciones ideológicas y se agrupan para la batalla. Por lo pronto, la dirigencia ha integrado un triunvirato que, al menos formalmente, tendrá a su cargo el manejo de la transición.

Ese triunvirato está conformado por el presidente Jiang Zemin, el primer ministro Li Peng y el viceprimer ministro ejecutivo Zhu Rongji, quienes por lo pronto presentan un frente intensamente unido, en previsión de las turbulencias que pueden sobrevenir a la muerte del líder. Pero para nadie es un secreto que entre ellos podría dilucidarse quién sera el heredero del poder omnímodo.

El más opcionado sobre el papel es Jiang Zemin, quien era un personaje oscuro hasta que Deng le convirtió en su heredero político en 1989. Jiang, quien fue alcalde de Shanghai, sabe que para muchos analistas su poder existe en la medida en que viva Deng, y que a la muerte de éste, su ilusión de poder podría desplomarse como un castillo de naipes, tal como le sucedió al sucesor designado por Mao, Hua Guofeng, quien no resistió la presión de Deng en 1978.

Por eso, Jiang Zemin promovió varios amigos suyos de Shanghai, como Wu Bangguo y Huang Ju, a posiciones centrales del partido, a tiempo que colocaba a su leal ministro de Defensa, el general Chi Haotian, a la posición clave de número dos de la poderosa Comisión Militar. La Policía Armada del Pueblo, la segunda fuerza militar del país, quedó también en manos de la gente de Shanghai amiga de Jiang. Pero muchos piensan que este no es suficientemente duro como para asumir las responsabilidades de líder máximo.

El segundo de ese triunvirato es Li Peng, responsable de la orden de aplastar las protestas de la plaza de Tiananmen en 1989. Hombre rudo e impopular, Li tiene el apoyo de los conservadores que quisieran apuntalar un control unipartidista del poder. Pero en su contra juega que sufrió un ataque cardíaco el año pasado, lo que pone su capacidad para dirigir el país en entredicho.

Y el tercero es Zhu Rongji, viceprimer ministro ejecutivo, supremo director de la economía y custodio de las reformas de mercado, quien se ha ganado demasiados enemigos con su estilo autoritario.

Los adversarios del círculo de poder también afilan sus espadas. No se trata tan sólo de personajes como el ex primer ministro Zhao Ziyang, quien fue destituído por su actitud favorable a los estudiantes en Tiananmen, y por su inclinación hacia las reformas democráticas. También están, desde el otro extremo ideológico, los miembros de la línea dura que critican la apertura de mercados y verían con buenos ojos que China regresara al comunismo pleno: Chen Yun, arquitecto de la economía centralizada y planificada y otros como Peng Zhen y Song Ping.

Sea quien fuere el sucesor, sus acciones tendrán efecto en el mundo entero. De ahí la preocupación por poder saber quién será, después de tantos misterios, el próximo hombre fuerte de China.

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