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| 12/13/2014 10:00:00 PM

Tiempo de pasión

El presidente de Estados Unidos tuvo en 2014 un año para olvidar. Deberá batirse como un tigre en los dos que le quedan en el poder.

Barack Obama debe estar rogando para que llegue la medianoche del 31 de diciembre. El presidente de Estados Unidos tuvo un pésimo año. Muy lejos quedaron las noches repletas de ilusión a finales de 2008, cuando ese país gritaba entusiasmado ‘Yes we can’ (‘sí se puede’) celebrando la llegada del primer afroamericano a la Casa Blanca. Pero en 2014 su índice de aprobación roza el 43 por ciento mientras que su imagen negativa supera el 55 por ciento según la más reciente encuesta de The Economist y YouGov.

El peor momento de Obama ocurrió el 5 de noviembre, en las elecciones donde se renovaban los 435 escaños de la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 del Senado. Fue una auténtica catástrofe. Su Partido Demócrata no solo perdió su frágil mayoría en el Senado sino que vio cómo la oposición republicana ampliaba su ventaja en la Cámara. Eso, en plata blanca, significa que de aquí al 20 de enero de 2017, cuando entregue el poder, Obama deberá gobernar con el Congreso en contra, como se lo han anunciado el presidente de la Cámara, John Boehner, y Mitch McConnell, quien desde enero será el líder republicano. Ambos le anticiparon zancadillas a quien ya es un ‘Lame duck president’ (‘pato cojo’), con la idea de que los republicanos regresen al gobierno.

Obama fue en gran medida el responsable de la debacle. Aaron David Miller del Woodrow Wilson Center, un think tank muy destacado, argumentó en un artículo en The Washington Post titulado ‘Disappointer in chief’ (‘Decepcionante en jefe’) que el problema de Obama es la debilidad. “No es ni populista, ni partidista, ni revolucionario. Prefiere la zona de confort que da la conciliación. Pero eso no convierte a nadie en un presidente transformador”.

Peter Schechter, experimentado consultor político que dirige el Centro Latinoamericano Adrienne Arsht de The Atlantic Council, otro importante centro de pensamiento de Washington, comparte la tesis de Miller. “El presidente ha dejado abiertos demasiados espacios por su conducta conciliadora y, a menudo, poco clara. Y sus enemigos, que son extremistas, han percibido eso como síntoma de debilidad”, le dijo a SEMANA.

Tres ministros que han salido del gabinete este año le han sacado en cara a Obama su blandura y su propensión exagerada al diálogo. Las subrayó Robert Gates, exsecretario de Defensa, en su libro de memorias Duty (Deber), publicado el 14 de enero. Las remachó Hillary Clinton, exsecretaria de Estado, en un libro similar titulado Hard Choices (Decisiones difíciles), que llegó a las librerías el 10 de junio. Y las ratificó Leon Panetta, exsecretario de Defensa y exdirector de la CIA en sus memorias Worthy Fights (Peleas que valen la pena), que salió a la venta el 7 de octubre. Por todo eso es de esperar la pronta aparición de un texto similar escrito por Chuck Hagel, que reemplazó a Panetta pero fue despedido por el presidente elegantemente el 5 de este mes.

Las desavenencias de Obama con sus encargados de Defensa se deben a la lucha contra el Estado Islámico de Irak y Siria, el grupo terrorista que ha decapitado, entre otros, a tres ciudadanos estadounidenses: el periodista James Foley en agosto, su colega Steven Sotloff dos semanas más tarde y el trabajador en ayuda humanitaria Peter Kassig justo un mes después. De acuerdo con los altos mandos militares, Obama fue blando con el dictador sirio Bashar al-Asad, que sigue en el poder aunque empleó armas químicas contra la población civil, y tardó en enfrentar al Estado Islámico, que el 29 de junio proclamó un califato global.

A Obama tampoco le salió bien este año la puesta en marcha de su principal legado: la reforma a la sanidad de 2010, por la cual unos 8 millones de estadounidenses que carecían de seguro médico pudieron acceder a uno. Todo sucedió porque la página web para hacer los trámites funcionaba mal, lo cual terminó por costarle la cabeza a la secretaria de Salud, Kathleen Sebelius, que renunció el 10 de abril.

Casi seis meses después, la renuncia corría por cuenta de Julia Pierson, primera mujer que había llegado gracias a Obama a la dirección del Servicio Secreto. ¿El motivo? Los escándalos en esa entidad, que volvió al ojo del huracán en la Cumbre de las Américas en Cartagena en abril de 2012. Este año hubo más. En marzo, algunos agentes se emborracharon en una cumbre de gobernantes en Holanda. A mediados de septiembre, otros miembros del Servicio permitieron que un hombre armado se subiera en Atlanta a un ascensor donde iba el presidente. Y dos semanas después, las fallas de los sistemas de seguridad de la Casa Blanca permitieron que un hispano, Omar González, entrara armado hasta el Salón Este de la edificación y subiera casi hasta la puerta de las habitaciones de Obama.

No deja tampoco de ser paradójico que el primer presidente afroamericano no haya logrado calmar las manifestaciones de protesta en más de cien ciudades luego de que tribunales independientes decidieron no acusar a los policías Darren Wilson y Daniel Pantaleo por las muertes de los afroamericanos Michael Brown y Eric Garner. El primero disparó en un forcejeo contra Brown en Ferguson (Missouri) a principios de agosto, y el segundo le había aplicado a Garner el 17 de julio una llave de estrangulamiento, prohibida por los manuales de la Policía, en un acto brutal. Los gritos de Garner, “I can´t breathe!” (“¡No puedo respirar!”), retumbaron en protestas por todo el país.

Obama también reaccionó tarde a la llegada masiva de más de 50.000 niños indocumentados desde Centroamérica, y fue incapaz de detener a Vladimir Putin antes de que el presidente ruso abonara el terreno para que la península de Crimea, con sus 2,5 millones de habitantes y sus 27.000 kilómetros cuadrados, se independizara de Ucrania mediante referéndum el 16 de marzo.

 ¿Se salva algo de Obama en estos 12 meses, o este fue el año del derrumbe? La verdad es que, si bien Obama recibirá palo desde enero pues la campaña presidencial arranca en breve, se salvan dos o tres aspectos que no son de poca monta. Primero, la economía: el desempleo ronda el 5,8 por ciento,  el más bajo desde mediados de 2008 cuando gobernaba George W. Bush.  Y en segundo lugar, la política migratoria. Obama, que había incumplido su promesa de sacar adelante una reforma para regularizar a los 11 millones de indocumentados, se amarró los pantalones y por orden ejecutiva les abrió una puerta a casi 5 millones, en su mayoría padres de jóvenes estadounidenses que están dispuestos a pagar impuestos y que carecen de antecedentes penales.

Eso da pie para pensar que Obama, libre de las presiones de la reelección, va a pisar el acelerador y a complicarles la vida a los republicanos con una agenda progresista. Como le dijo Schechter a SEMANA, “el presidente, con su actitud frente a la política migratoria, se ve libre de cadenas y frenos, está renovado y parece dispuesto a la acción”. Y agregó: “La pregunta ahora es si dentro de ese nuevo carácter va a tomar riesgos y a dar un giro en el bloqueo a Cuba”.

La respuesta se conocerá antes de la Cumbre de las Américas en Panamá el próximo abril. Solo entonces se sabrá si Obama es capaz de levantar una medida contra La Habana que ha dado como resultado que el régimen castrista ha sobrevivido a 11 presidentes gringos, y solo entonces se sabrá si Obama, razonable pero timorato como es, pone un pie donde quiere: en la historia.
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