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| 6/20/2013 12:00:00 AM

Curiosa guerra, curiosa paz

Colombia sufre de esquizofrenia y a veces los periodistas también, entre crónicas de paz y partes de guerra.

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AFP
Justamente la vez que salí a hacer un reportaje sobre la paz fui, por primera vez, rozado por una bala.

Hace seis meses que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos y la guerrilla FARC comenzaron un diálogo de paz en La Habana. Y en ese tiempo, los combates entre soldados y rebeldes no han cedido ni un milímetro.

En Bogotá, la capital de Colombia donde se encuentra la oficina de AFP, casi se podría olvidar que en este país hay un conflicto armado, el más prolongado de América Latina, que a lo largo de cinco décadas ha dejado cerca de 600.000 muertes y cuatro millones de personas desplazadas.

En el momento en que se instaló la mesa de conversaciones en La Habana, viajé con un fotógrafo y un camarógrafo al departamento del Cauca, fortín que la guerrilla defiende encarnizadamente, al borde de la cordillera de los Andes, un paso estratégico en la salida de drogas.

Aquí se nota que la guerra sigue, pero una guerra curiosa, una guerra de nervios en la que las bombas y las ráfagas de metralleta, imprevisibles, se alternan con los mensajes de paz enviados desde Cuba.

En el camino nos encontramos con el pueblo Suárez, que acaba de quedar en ruinas por un carro bomba.

Háblele de paz a esta mujer que salvó la vida solo porque la noche anterior tuvo ganas de dar un paseo al aire libre. Su apartamento está completamente destruido: todos sus muebles, sus objetos personales, sus recuerdos están esparcidos entre vidrios rotos y pedazos de madera. “La paz es una manipulación”, grita.

Más arriba en los Andes llegamos a Toribío, un pueblo rodeado de montañas que parece un polígono de tiro para las FARC.

Hace pocos días, un soldado pisó una mina antipersona, activada desde un teléfono celular. Una explosión más.

Cerca de la guarnición militar, a pocos metros de la escuela, muchas casas muestran las marcas de las deflagraciones y los impactos de las balas, y las otras simplemente están en ruinas.

Escena surrealista: los soldados patrullan en un jardín de infantes, entre columpios.

En Bogotá la gente no piensa en el conflicto. En Toribío, ni los campesinos ni los militares piensan en la paz.

Un oficial responsable de una unidad militar en la región nos recibe en su cuartel general. Un ejemplar de “El arte de la guerra”, de Sun Tzu, domina su escritorio. “La paz no existe, porque la guerra es un negocio”, lanza. Su solución: “lanzarles una bomba atómica”.

Poniendo de ejemplo a los soldados israelíes en los territorios palestinos, este coronel deplora que la ley le impida actuar a sus anchas y sacar a los “terroristas” de dentro de las casas. “Nos disparan desde las ventanas y no tenemos el derecho de responder”, se queja.

Aquí todos saben dónde está el corazón del conflicto. Basta tan solo esperar a que caiga la noche para que las montañas se iluminen: son las lámparas que aceleran el crecimiento de las plantas de marihuana y de coca en cultivos clandestinos.

Para muchos campesinos, estos cultivos ilícitos son la única forma de sobrevivencia y la mayoría no ve con malos ojos la protección que les ofrece la guerrilla. El Ejército los llama “milicianos”, civiles que de un momento a otro se pueden transformar en rebeldes para defender su fuente de sustento.

Nuestra visita a Toribío no pasa desapercibida. Varios motoristas cruzan por nuestro camino con aire desconfiado, entre ellos debe haber infomantes de las FARC.

Cuando nos acercamos al cuartel se escucha una detonación. Ruido sordo que se multiplica por el eco de la montaña. La bala acaba de pasar a nuestro lado, para detenerse contra un saco de arena.

En vano fijamos la mirada en los flancos de la montaña, escondidos detrás de un muro. Un militar con chaleco antibalas nos señala un punto cerca de una antena de telecomunicaciones: “Allí, un francotirador”, grita.

Nos retiramos sin separarnos del muro, esperando no ocupar un ángulo propicio de tiro.

En pocos segundos hemos conocido la vida diaria, abismal, de estas personas, a merced de una bala perdida. Siempre, en tiempos de guerra y –según dicen—en tiempos de paz. 
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