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| 5/6/2017 10:00:00 PM

El club de los suicidas en Armenia

Los retos para quitarse la vida, como el de la ballena azul, no son nuevos. En Quindío, en los años treinta, existió un macabro Club de los Suicidas, que causó revuelo en el país por la forma como sus miembros cumplieron su promesa y por los tintes políticos que llegó a tener.

Fidel Castiblanco, uno de los tantos poetas que en los años setenta se sumaron al Partido Comunista Colombiano, le contó en una oportunidad al también poeta Armando Orozco la trágica forma como murió su padre Samuel Ángel: se llevó un revólver a la boca y se mató, en marzo de 1939, para cumplir una promesa y mantener su honor, sin importar que iba a dejar a su esposa viuda y a sus siete niños huérfanos. La entrevista, publicada en una revista inglesa, estaba en un viejo casete que Armando guardaba como un tesoro en su casa de Bogotá. Muchos años después, la grabación se entrecortaba y las palabras quedaban enredadas en la voz dulce y ronca de Fidel. Ese es, tal vez, uno de los pocos testimonios orales que aún sobreviven del llamado Club de los Suicidas de Armenia.

Este macabro club, conformado por jóvenes ricos e intelectuales de la ciudad, logró incluso trastocar la tranquilidad de la vida colombiana de esos años. Entre las hipótesis del modus operandi del grupo se supo que estos hombres se encontraban en los bares de la zona de tolerancia de Armenia, donde hoy funcionan panaderías, casinos, casas de apuestas, almacenes de baratijas chinas y supermercados. En estos lupanares –como el preferido, el bar La Puerta del Sol– bebían aguardiente, mientras escuchaban tangos y boleros. Después de varias copas pactaban suicidarse, pero sin nombre, fecha ni hora. Al elegido le llegaba después a la casa un mensaje acompañado por una bala con la que debía quitarse la vida. Si el sentenciado faltaba a la promesa, los demás se encargaban de que cumpliera su palabra: lo asesinaban.

Parece que el Club de los Suicidas tuvo dos momentos: el primero en la segunda mitad de los años treinta y el segundo diez años después, alrededor de 1945. Si la ciudad hoy es pequeña, apenas con unos 400.000 habitantes, para esos años era apenas una villa reconocida por su prosperidad. No había periódicos importantes y la información corría en cotilleos de barrios. Hoy, más de 70 años después, es casi imposible encontrar información precisa, pues la violencia arrasó con los pocos archivos judiciales o de prensa local.

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Estos personajes tan poco apegados a la vida, como tantos otros en el mundo, encontraban un aliciente literario en El club de los suicidas, la historia policial escrita por Robert Louis Stevenson. No se sabe cuántos muertos dejó el club, pero informes exagerados de prensa de la época hablan de más de 100 personas. Sin embargo, el historiador Jaime Lopera asegura que aún viven en Armenia familiares de aquellos suicidas, o por lo menos de algunos que no cumplieron la promesa, pero que aún se avergüenzan de tener en su estirpe a un cobarde.

Roberto Restrepo, antropólogo apasionado por el caso, tuvo acceso después de varios meses de investigación a algunos apartes de los 32 reportajes sobre el tema que publicó el periodista Germán Gómez en el desaparecido semanario La Opinión, hace ya varias décadas, hoy imposible de conseguir. Roberto publicó una nota en el diario La Crónica del Quindío en la que decía: “El Club de los Suicidas de Armenia, constituido a final de los años treinta, estaba formado por jóvenes de alta sociedad. Como cualquier club serio, este sí que era bien serio, requería cuota de admisión y de sostenimiento. Un nuevo socio era aceptado si reunía determinados requisitos, como seriedad en los compromisos adquiridos y juramento de cumplir con la palabra empeñada, es decir, terminar con su existencia cuando le tocara el turno. El de mayor edad, que sería de unos 20 años, tomaba el juramento de rigor, escabroso a más no poder. ‘¿Jura usted y empeña su palabra de caballero y de hombre, sin protestar ni perder prórroga alguna en el plazo fijado, terminar con su vida cuando aparezca su nombre en el sorteo de rigor?’. Y de esa forma empezaba el viacrucis del nuevo socio del Club de los Suicidas. Había que asistir en los distintos establecimientos de cantina a francachelas que terminaban muchos después del alba, escuchando música de arrabal. No eran numerosas las canciones de los integrantes de esta diabólica organización: ‘Cicatrices’, ‘Suplicio’, ‘Como se adora el sol’, ‘Desesperación’, ‘Triste domingo’, ‘Muy pronto es mi partida’, ‘Desde que te marchaste’. Y las repetían y las cantaban en coro, acompañados de mujeres, algunas de las cuales también pusieron fin a su existencia. No había necesidad de hacer citas para asistir a los bacanales. La asistencia era total. ‘Cicatrices’ era de las canciones más pedidas por los socios. La letra es clara invitación al suicidio”.

Algunos dicen que todos tenían menos de 20 años, pero hay registro de familias que quedaron huérfanas, por lo que se trataría de hombres un poco mayores, unos 30 años. También había un leve desfase en el modo del suicidio. Algunos dicen que se mataban con un tiro de revólver en la cabeza, otros con algún veneno muy potente, arsénico. Incluso se habla de que el nombre del suicida se escogía a la suerte de una bolsa en la que estaban todos los del club.

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En una entrevista del veterano periodista Javier Darío Restrepo a la revista Esquire Colombia, en 2014, dijo que “el Club de los Suicidas de Armenia es uno de mis recuerdos de infancia más intrigantes. Eran unos tipos que se reunían mensualmente a sortear quién era el próximo que debía quitarse la vida. Previamente habían jurado cumplir y se mataban para preservar su honor. Uno veía los tropeles de gente corriendo con el último que se había suicidado o que lo había intentado y que llevaban al hospital con la esperanza de que sobreviviera”.

El tema causó revuelo. El Colombiano, en su edición del domingo 11 de octubre de 1936, publicó un artículo sobre el fenómeno. “Los habitantes de Armenia se sienten acosados por la eficacia del arsénico para curarse de la vida. Lo que los poetas cursis llaman ‘el peso de la existencia’ o ‘las congojas del vivir’ son frases absolutamente veraces para toda esa flora neurótica de mortales que sienten el fluir dramático de la sangre y la tremenda sublevación de sus goznes nerviosos. ‘Un paseo es cosa fácil. Basta extender el brazo, la bala enseguida –en la otra vida– trazará un camino resonante’. Así habló Mayakovski antes de partir para el trasmundo. El Club de los Suicidas de Armenia no practica seguramente la bella literatura del poeta ruso. Esas gentes psíquicamente desquiciadas deben estar asistidas estéticamente por cualquier pobre diablo retórico, fabricante de holgados folletines eróticos y sucias manufacturas pornográficas”.

Ahora bien, las razones variaban. La más fuerte dice que el suicidio estaba ligado al desencanto de la vida, a la pura depresión, a la bohemia. Sin embargo, El Colombiano, el 26 de octubre de 1936, se desdice de la condena que días antes habían hecho del club, pues este “según fuentes fidedignas” era una cofradía que se defendía del “régimen liberal”. En el aparte de una carta publicada, algún representante del club decía: “El suicidio es el instinto de conservación puesto en actividad. Ninguno de aquellos varones bizarros quiere resignarse a vivir cortejado por la policía ululante de la república que rectoriza Alfonso López”. El Colombiano, que antes había atacado al club, esta vez salió en su defensa: “Ahora sabemos que se trata de una gran empresa contra el régimen”.

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En Armenia, los pocos que recuerdan la oleada de suicidios –se habla de uno semanal–, no tienen en su memoria que tuviera un motivo político, aunque no está de más descartar que los caldeados ánimos nacionales, que estallarían finalmente en 1948 y hasta hoy, llevaran a algunos a atentar contra su vida.

Pero más de uno sí enlaza la influencia de ese club de suicidas con la realidad de la capital quindiana de hoy. Pese a ser una de las capitales pequeñas, tiene uno de los promedios de suicidios más altos del país. Según el primer informe del Instituto Nacional de Salud (INS) para este año, el Quindío es el cuarto departamento donde se presentaron más intentos de suicidio: 12 casos por cada 100.000 habitantes. Según la Policía del departamento, este ya tiene 15 casos este año, y se teme regrese a la cifra de hace algún tiempo, cuando en 15 meses se llevaba el conteo de 43 casos. Un preocupante fenómeno que no es nuevo.

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