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| 12/2/2017 10:15:00 PM

La historia detrás del demonio de Taganga

Detrás de la expulsión del país del israelí Assi Moosh, señalado de dirigir una red de turismo sexual, hay una historia mucho más oscura.

La mayoría de los colombianos nunca había escuchado el nombre de Assi Moosh. Sin embargo, a comienzos de la semana pasada este israelí de 43 años ocupó los titulares de la mayoría de los medios de comunicación nacionales. No era para menos.

El domingo 26 de noviembre, oficiales de Migración Colombia y la Policía Nacional lo detuvieron en Santa Marta y le notificaron que iba a ser expulsado del país. Inmediatamente lo trasladaron a Bogotá en un avión oficial y en El Dorado, junto con dos funcionarios, abordó un vuelo con destino a Madrid, España. Allí hicieron una conexión para viajar a Tel Aviv, Israel, donde lo entregaron a las autoridades de ese país.

Según el anuncio oficial, el gobierno aplicó la medida discrecional de expulsarlo porque consideró a Moosh un peligro para la seguridad nacional, la convivencia y la seguridad ciudadana. Y es verdad. Aunque llevaba varios años viviendo en el país y tenía dos hijos menores con una barranquillera, la suerte del israelí y su salida de territorio colombiano, al que no podrá ingresar en los próximos diez años, se selló hace más de dos meses.

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A mediados de septiembre pasado, el primer ministro de Israel, Benjamin Natanyahu, y una nutrida delegación realizaron una visita oficial a Colombia. En los temas de su agenda con el presidente Juan Manuel Santos y sus funcionarios salió a relucir el caso Moosh. Las autoridades israelíes les manifestaron a las colombianas su interés en ese ciudadano, que tiene varias investigaciones por presunto lavado y narcotráfico en su país. Como estas no habían abierto pesquisas sobre el sujeto, la opción más eficaz para colaborar con Israel fue la expulsión.

Gran parte de la vida de Moosh permanece en el misterio, y lo que se conoce tiene capítulos muy oscuros. Tras llegar a su país el miércoles pasado, el diario israelí Haaretz publicó un aspecto polémico y olvidado de este hombre. Reveló que en 2003 Assi Moosh Ben Mush, su nombre completo, cayó en una redada internacional contra 14 israelíes pertenecientes a una red de tráfico de drogas.

La detención de Moosh se produjo a finales de noviembre de ese año en Holanda por serias sospechas de que dirigía una red de tráfico de drogas que enviaba, principalmente, pastillas de éxtasis desde ese país hacia el Lejano Oriente y participaba en el tráfico de cocaína hacia Europa.

El periódico Haaretz, citando las investigaciones de inteligencia de la Policía de Israel, afirmó que Moosh había pasado los últimos años viajando por el mundo con base en Japón, pero “después de tener problemas con la Yakuza, la mafia japonesa, se mudó a España”, señaló el diario. También contó que habría liderado a un grupo de compatriotas con el fin de diversificar su negocio de estupefacientes al incursionar en el tráfico de cocaína, para enviarla desde países como Colombia, México, Brasil y Perú hacia el Viejo Continente.

De Tel Aviv a Taganga

La pista de la vida de Moosh se pierde y vuelve a reaparecer hace diez años aproximadamente, ya no en sitios lejanos en cualquier lugar del mundo, sino en Taganga, ubicado a diez minutos al norte de Santa Marta.

La apacible vida de los pescadores y los habitantes dedicados al turismo de ese pequeño corregimiento comenzó a cambiar cuando una serie de ciudadanos israelíes, la mayoría exsoldados, decidieron instalarse allí y montar negocios como bares, restaurantes y hostales. Uno de ellos era Moosh, quien adquirió una propiedad en un extremo de la bahía y construyó un hotel de tres pisos llamado Benjamín.

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En poco tiempo, decenas de israelíes y otros extranjeros llegaron en masa a Taganga. La oferta de planes turísticos y hospedaje económico iban acompañadas de planes que incluían fiestas descontroladas que duraban varios días, así como el suministro de droga y mujeres, muchas de ellas menores de edad. El puñado de policías que custodia Taganga fue insuficiente y el control del orden público y la ley quedó en manos de los israelíes. “Ellos se la pasaban armados y en las camionetas, y decidían hasta dónde se podían hacer o no los vendedores ambulantes. Eran agresivos y peligrosos y la gente del común les cogió miedo”, contó a SEMANA un habitante de Taganga que por temor pidió omitir su nombre.

Moosh era uno de los hombres más poderosos del Pequeño Israel, como llamaban a Taganga. Su hotel se volvió célebre por las bacanales que allí se realizaban. La mayoría de sus huéspedes eran compatriotas suyos y era difícil ver turistas colombianos. “Lo que se veía era ese desfile de pelaitas y mujeres. Ellas eran las únicas que podían entrar. Nadie le podía decir nada a él y se creía intocable. Mandaba a la m… e insultaba a todo el mundo, incluidas las autoridades”, afirmó otro taganguero.

El turismo sexual, la explotación de menores y la venta descontrolada de droga terminaron por exasperar a las autoridades. Varios alcaldes de Santa Marta alertaron en su momento lo que venía ocurriendo e incluso le pidieron al gobierno usar tropas del Ejército para retomar el control de las polvorientas calles del balneario, en poder de Moosh y sus hombres.

En poco tiempo, el israelí abrió otras sucursales de su negocio y escogió para hacerlo Medellín, Cartagena y la Riviera Maya en México. En todos los lugares ofrecía lo mismo: bacanales, mujeres y droga sin control. A pesar de su prosperidad, no era claro el origen del dinero con el cual pudo expandirse. Sin embargo, en 2010, tras una serie de capturas, el nombre de Moosh comenzó a aparecer en el radar de las autoridades, así como la posible fuente de sus misteriosos recursos.

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A lo largo de ese año las autoridades de Aruba capturaron10 lancheros oriundos de Taganga. Conocidos por su habilidad para navegar en mar abierto, narcotraficantes los habían reclutado para transportar los alijos destinados a los carteles mexicanos. Un año después, a finales de 2011, la Armada Nacional y la Fiscalía encontraron 325 kilos de cocaína escondidos en una caleta en la bahía Chengue, a 30 minutos de Taganga. La droga había sido vendida por miembros del Clan del Golfo que actuaban en esa zona del departamento del Magdalena.

Si bien las autoridades colombianas tenían en la mira a Moosh por su posible relación con estos dos casos, las investigaciones por su vinculación con una red internacional de traficantes avanzaban a paso lento. Optaron, entonces, por prestarles más atención a las denuncias de la comunidad, desesperada por las actividades de turismo que afectaban a decenas de menores de edad. Ya Moosh no solo traía niñas y mujeres de Taganga y Santa Marta, sino desde diferentes lugares de Antioquia, Bolívar y otros departamentos.

La Policía y las autoridades de turismo comenzaron a realizar sistemáticas visitas y revisiones al hotel de Moosh con el objetivo de sellarlo. Sin embargo, el hombre siempre tenía en regla los documentos que le permitían operar legalmente y se cuidaba de tener al día sus declaraciones de renta e impuestos. Frente a esto y para vigilar y controlar el ingreso de las menores y de drogas, la Policía instaló a pocos metros del Benjamín una subestación desde donde podían vigilar cualquier actividad. No obstante, para sorpresa de los uniformados, unos meses más tarde descubrieron que Moosh los había burlado. Compró una casa en la parte trasera de su hotel y construyó un túnel para ingresar las niñas y las drogas que consumían abiertamente algunos de sus huéspedes.

Al quedar esto en evidencia y frente a la imposibilidad de usar su hotel como sede principal de las bacanales, Moosh mudó toda su operación a una pequeña playa privada cerca de la entrada de Taganga. En enero de este año, los medios locales reseñaron los excesos que produjo esa fiesta que duró dos días y en la que, a la vista de todos, los extranjeros consumían droga y sostenían relaciones sexuales con mujeres, muchas de ellas menores de edad.  

Ante el escándalo, Moosh se mudó de nuevo. Convencido de estar por encima de la ley, trasladó sus actividades cerca del sector de Palomino, en la vía que conduce hacia La Guajira, para seguir su rutina de sexo, droga y menores de edad. Con la expulsión del país la semana pasada, terminó la historia del demonio de Taganga. Ahora deberá enfrentar a la justicia de su país a donde había jurado nunca volver.

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