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| 7/8/2017 10:15:00 PM

Jesús Santrich, el rebelde de las Farc

Mientras el país celebraba la dejación de armas, el antiguo líder guerrillero se declaraba en huelga de hambre. Radical, apasionado, políticamente incorrecto, es el hombre que a pesar de su ceguera fue el arquitecto del acuerdo de paz por parte de las Farc.

Qué tienen en común Charles Chaplin y el Che Guevara? “Mucho”, dice Jesús Santrich desde su casa al occidente de Bogotá. En la pared pende un gran afiche dedicado a Chaplin y al Che. Lo hizo Santrich combinando las palabras, los gestos y las historias de estos dos íconos del humanismo. Charlot vestido de guerrillero, y el Che con el traje de Charlot. La obra sintetiza las dos pasiones que han movido a su autor toda su vida: el arte y la política, y en ambos casos, la revolución.

Lleva dos semanas a punta de agua y suero. Viste un suéter en honor a Simón Trinidad, su amigo preso en Estados Unidos, y su kufiya o bufanda de quienes apoyan al pueblo palestino. Un grupo de camaradas suyos lo cuidan, y una romería de personas pasa cada día a darle aliento. Niega que haya comenzado la huelga para aguar la fiesta de la dejación de armas. “Fue en solidaridad con la que comenzaron los presos ante el incumplimiento de la Ley de Amnistía” dice. Al finalizar esta semana, 1.546 de ellos seguían en huelga de hambre en todo el país.

Algunos en su organización creen que lo suyo es falta de tacto político y que busca protagonismo. Otros, como Iván Márquez, lo respaldan a rajatabla. Y en el gobierno se preocupan en torno a la buena marcha de la implementación, pues Santrich es figura clave de la Comisión de Seguimiento, Impulso y Verificación a la Implementación del Acuerdo Final (CSIVI).

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Jesús Santrich se llama Seusis Pausías Hernández Solarte y es una mezcla de costeño y pastuso. Nació en Toluviejo, Sucre, de donde es su padre, pero pasó su niñez en Pasto, de donde es su madre. Ambos eran docentes de filosofía. Su padre admira el mundo griego y por eso, casi de manera profética, lo llamó como dos pintores de la Antigüedad. Santrich estudió secundaria en varios municipios de Sucre, rodeado de una familia extensa, artistas y docentes, gente creativa y crítica. “Era un mundo bucólico, donde la gente conversaba en las tardes en las mecedoras”, cuenta. Su madre le inculcó la lectura de Gabriel García Márquez, su padre de la historia y la filosofía, y sus tíos y tías le abrieron la puerta de los idiomas y el pensamiento latinoamericano. Bolívar tenía un lugar de honor en su familia, así como José Martí y el autor que más lo ha influenciado: el peruano José María Arguedas.

Seusis Pausías entró en contacto con la Juventud Comunista en el colegio, pero al llegar a la Universidad del Atlántico, donde estudió al tiempo Derecho y Ciencias Sociales, desplegó todas sus dotes de activista y llegó incluso a ser el máximo representante de los estudiantes. Ya graduado, comenzó a estudiar un posgrado en historia, trabajó como profesor y llegó a ser personero de Colosó, Sucre. De allí tuvo que salir cuando mataron a su mejor amigo. A finales de los ochenta militó en la Unión Patriótica, pero la guerra sucia arreciaba. Un día, en noviembre de 1990, unos detectives del DAS ingresaron a una taberna al frente de la Universidad del Atlántico, y en un confuso hecho uno de ellos desenfundó el arma y mató a Jesús Santrich, un líder estudiantil comunista, gran amigo de Seusis. Tras meditarlo, decidió que lo mejor era irse al monte, y en 1991 se incorporó al frente 19 de las Farc con el nombre de su amigo asesinado como seudónimo.

Con fusil al hombro recorrió la Sierra Nevada de Santa Marta. De entonces recuerda sus andanzas con Simón Trinidad. Santrich nunca fue un gran guerrero. La inteligencia del Estado y la Justicia no han logrado encontrarlo responsable de hechos de guerra. Hasta donde se sabe, solo le acusan por rebelión y sus conexos. Porque él ha sido un ideólogo y sobre todo un propagandista.

En la clandestinidad era quien redactaba los comunicados, estuvo en la fundación de la Radio Resistencia, y participó en la del partido clandestino y el movimiento bolivariano. Cobró mayor protagonismo cuando llegó Iván Márquez, a quien desde siempre lo unió la amistad, y varias complicidades: el marxismo, la música, la vena docente y el gusto por la política.

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Hace más o menos una década perdió la vista. Así lo relató al periodista Jorge Enrique Botero para el portal Las2orillas: “Eso fue como cuando cae la tarde: lentamente (…) a los 14 años yo no veía muy bien y tuve que usar lentes, pero cuando ya estaba en la universidad se me fue cerrando el campo visual en los dos ojos. Hasta que hace unos seis años el ojo derecho se me apagó (…) tengo un síndrome de Leber, de origen genético, que afecta los nervios ópticos (…)”.

Para Santrich la ceguera nunca fue una limitación. Por el contrario, le ha enseñado a adaptarse a lo más difícil. Es tan diestro con el computador y el celular que muchos ponen en duda su enfermedad. La realidad es que está rodeado de tecnología de punta, de aparatos que le traducen y leen todo. Así se convirtió en la pieza clave de la negociación de La Habana, en el hombre que redactó el acuerdo con el representante del gobierno Sergio Jaramillo. Aunque la química entre ambos es nula, y se dice que Jaramillo le debe a Santrich buena parte de sus canas, se respetan. No en vano tienen obsesiones similares, como el lenguaje. Por eso podían pasar horas discutiendo una palabra o una coma. Santrich, provocador por naturaleza, solía salir con frases como: “¿Hoy hablamos en inglés, en francés o en griego?”, cuentan miembros de la delegación oficial, que lo consideraban una insolencia. Sin embargo, en el gobierno reconocen que era lógico que las Farc pusieran en la mesa a los más duros.

En La Habana era frecuente ver a Santrich por el centro de convenciones tocando la armónica. En su casa interpretaba el saxofón y la flauta. También escribe poemas y declama. En Cuba recuperó la pintura, que tanto le gusta. Un día, cuenta que por casualidad o por error encontró en Google un pintor turco, Esref Armagan, ciego de nacimiento. Eso lo animó a encontrar técnicas. Usa plantillas (como en la obra de Chaplin), y también técnicas de collage y alto relieve, con materiales sensibles al tacto.

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Pero el estilo radical, frentero y locuaz de Santrich causó problemas y por eso el propio secretariado de las Farc le sugirió controlarse en Twitter. Incluso, durante los primeros meses de negociación, cuando estaba más radical que nunca en el tema agrario, algún miembro del secretariado sugirió que saliera de la delegación. Cuentan que Márquez se paró y dijo que si tomaban esa decisión él también se iba.

Hoy Santrich reconoce que su paso por La Habana le enseñó mucho. “Llegamos con la plataforma bolivariana y aprendimos en el camino a consensuar”, dice. Y resalta que Márquez ha sido clave para aprender a ser diplomático con sus adversarios. “Ellos fueron a defender a una clase social, eso está claro”. Y es que él sigue convencido de la lucha de clases e invoca sus principios revolucionarios. Claro que tampoco es un monje, y le gusta la rumba. “El vino, en particular”, confiesa.

En la reciente feria del libro publicó una obra titulada Una prosa de amor para ella, dedicado a La Habana, donde se sintió tan bien que caminaba solo, sin lazarillo. A Bogotá ni siquiera la conoce. Desde que llegó, hace seis meses, le ha tocado fungir de abogado en los desarrollos normativos del acuerdo. “Es el guardián de lo pactado porque tiene cada frase en la memoria”, dice un integrante de la CSIVI.

Justamente algunos se preocupan de que la huelga crezca y termine por convertirse en un gran problema para la confianza tejida alrededor del acuerdo. Para algunos observadores, lo de Santrich es una campaña política que rompe el tono conciliatorio de las Farc. Nadie niega, sin embargo, que su protesta tiene origen en una realidad: los entuertos burocráticos del Estado para cumplir el acuerdo de paz. Asegura que no probará bocado hasta que no salga el último guerrillero, lo que puede tomar meses. ¿Aguantará? Con una leve sonrisa responde: “Soy un hueso duro de roer”.

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