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| 6/25/2011 12:00:00 AM

La bronca giratoria

La pelea entre el expresidente Uribe y el ministro Vargas Lleras empezó con dardos, pasó a disparos y ya va en la bomba atómica.

Si hay una pelea en el país que parece no tener fin es la del expresidente Álvaro Uribe y el ministro del Interior, Germán Vargas. Este dio el primer cañonazo en el último capítulo. En un foro en la Procuraduría, para ilustrar la fortaleza de su estatuto anticorrupción, comentó que cuando este estuviera vigente no se presentarían excesos de la puerta giratoria de los funcionarios públicos que saltan al sector privado. Se refería a ventajas indebidas con que llegan, como tener información privilegiada y un ascendiente sobre sus antiguos subalternos. Citó como ejemplo la reubicación de varios miembros de la cúpula uribista en importantes empresas.

¿Quién dijo miedo? En pocas horas Uribe acusó a través del Twitter al ministro de haber intrigado para que nombraran magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia a Augusto Ibáñez. Como si fuera poco, afirmó que Vargas en el pasado había ido de cacería con Salvatore Mancuso. En otros trinos agregó que Vargas fue investigado por paramilitarismo en Casanare, que recibió plata de SaludCoop para sus campañas, e hizo otras acusaciones de esa índole. Probablemente su frase más fuerte fue “no hay derecho a que un pícaro de cuello blanco como Vargas Lleras esté enlodando a nuestro gobierno”. El ministro, que ese día era presidente encargado, se limitó a negar de forma escueta los hechos y a notificar que no iba a profundizar en el debate.

Aunque las broncas entre estos dos gallos de pelea se han vuelto rutinarias, el tono al que han llegado no tiene antecedentes. En el trasfondo de la telenovela hay dos variables importantes. La primera es que Augusto Ibáñez, quien es cercano a Vargas y fue parte de la lista de Cambio Radical al Senado, cuando llegó a la Corte Suprema de Justicia se convirtió en el líder del antiuribismo en esa corporación. Y en segundo lugar, está el hecho de que Uribe considera que el verdadero responsable de que se haya hundido su segunda reelección fue Germán Vargas a través de maniobras legislativas y operación tortuga, liderada por su mano derecha en el Congreso, Germán Varón.
 
Con esos antecedentes la pelea estaba casada a perpetuidad y se agravó aún más cuando Santos decidió nombrar a Vargas en su gabinete. Francisco Santos, haciendo de vocero, dijo en ese momento que esa decisión era equivalente a “meter el ratón a cuidar el queso”. De ahí en adelante, hubo primero dardos, luego disparos y desde la semana pasada bombas atómicas.
 
El contenido de las acusaciones no es muy sustancial a estas alturas, pero sí es pertinente hacer algunas anotaciones. La reforma que le hace el estatuto anticorrupción de Germán Vargas a la puerta giratoria consiste simplemente en pasar la inhabilidad de los exfuncionarios de uno a dos años. Esta es una medida más sensata que revolucionaria, pero sobraba utilizar al gobierno de Uribe como ejemplo. Este no ha hecho nada más ni nada menos de lo que todos los gobiernos anteriores.

En cuanto a las acusaciones contra Vargas Lleras, la más espectacular fue sin duda la de las cacerías con Mancuso. Lo primero que llama la atención es que sea Uribe, a quien han satanizado con la parapolítica, quien acuse a Vargas de estas prácticas. Y también llamó la atención que quien salió en defensa de Vargas fuera ni más ni menos que Mancuso, quien según se rumora, salpicó más bien a Uribe. Hay tantos intereses en el mundo paramilitar que estas versiones tienen que ser tomadas con beneficio de inventario.

Después de este sangriento episodio, el presidente Santos manifestó una vez más que estos conflictos son inconvenientes, y en una intervención en Medellín hizo un enorme y generoso elogio de su antecesor. Álvaro Uribe, sin embargo, no le va a agradecer todos estos gestos nobles mientras Vargas Lleras siga aplicando el espejo retrovisor.
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