Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/03/11 00:00

La fe mueve millones

Esta es la increíble y triste historia de un respetado sacerdote que huyó con una incalculable fortuna de la alta sociedad de Manizales.

El padre Carlos Alberto Muñoz Giraldo en uno de sus viajes a Venecia con algunos de los feligreses que le entregaron su dinero. Arriba en una misa en Manizales

Quienes lo conocieron lo recuerdan por su trato exquisito y afable. También por su memoria privilegiada que le permitía citar párrafos completos de los clásicos de la literatura y de la filosofía, o describir con erudición las obras de los maestros de la pintura europea. Y un selecto grupo de la alta sociedad de Manizales no puede olvidar al padre Carlos Alberto Muñoz Giraldo, de 52 años, porque huyó de la ciudad con sus fortunas que, según cálculos prudentes, podrían llegar a los 2.500 millones de pesos.

El grupo de afectados era de 25 personas pero aumenta en la medida en que una nueva voz se atreve a hablar. Y era que al principio nadie contaba lo sucedido por una curiosa pero entendible razón: “¡No quería que la gente supiera que yo era un pendejo!”, dice uno de ellos. “Yo soy una persona conocida en esta ciudad y temía que todos me iban a señalar en medio de las burlas: ‘allá va a otro incauto que se dejó tumbar del cura’. Por eso opté por el silencio durante este tiempo”.

La última etapa de esta tragicomedia comenzó el pasado 8 de noviembre, cuando el padre Muñoz salió sigilosamente de la ciudad. Con el paso de las semanas corrió el rumor entre ejecutivos, dirigentes políticos, hombres de empresa y damas de la sociedad. Hasta que uno de ellos explotó: “Yo le di 100 millones de pesos”. Esa fue la chispa. Una tras otra, sus víctimas comenzaron a revelar los montos que van desde dos hasta 20 millones por cabeza. Lo sorprendente es que ninguno utiliza la palabra robo. ¿La razón? Porque ellos depositaron voluntariamente su dinero en las manos del sacerdote.

El cuento empezó hace una década, cuando el padre Muñoz llegó a la capital de Caldas y contó que venía de Madrid, España. Además, detalló que se había graduado en filosofía y teología en la Universidad Pontificia Comillas. El religioso fue directamente a donde el entonces influyente monseñor José de Jesús Pimiento.

En aquella época Manizales era una ciudad pacata, que se guardaba temprano y se levantaba con el repicar de las campañas de su imponente catedral. Desde el púlpito, la palabra del obispo era mandato de Dios. Fue él quien le abrió las puertas de la sociedad y lo presentó como un ejemplo a seguir. No era para menos pues el padre Muñoz era poseedor de una cultura envidiable –domina a la perfección cinco lenguas–, y un maestro del arte japonés bonsai.

La milenaria y delicada tradición de cultivar estos pequeños arbolitos causó sensación inmediata. El padre Muñoz decidió diseminar su conocimiento en cursos, no propiamente baratos, a los que sólo admitió un grupo de privilegiados. Combinaba esa actividad con el ejercicio de la función de capellán en las universidades de Caldas, Manizales y Católica, donde les brindaba a los estudiantes una docta orientación espiritual.

Así, poco a poco, el padre Muñoz fue entrando en los detalles de la vida de cada uno de los feligreses, que entre la confesión de sus pecados le relataban la cuantía de sus fortunas. De esta manera impuso dos sistemas para captar el dinero. Para el primero, invocaba la solidaridad: “Hijo, tú no lo sabes pero tal persona está muy mal de dinero. Vamos a ayudarlo pero como tú sabes que él es muy orgulloso, préstame tanto dinero y yo se lo presto a él para sacarlo del apuro”, les decía. De esta forma, según varios testimonios entregados a SEMANA, creó una cadena en la que cada uno creía que estaba ayudando a otro sin saber que a nombre suyo el curita también le había sacado dinero a un tercero. Muñoz aprovechó las características de los manizaleños, su silencio ancestral de gente que vive encerrada entre sus montañas, discreta y cortés y que no vacila en ayudar a sus semejantes. Sobre todo cuando quien la pide pone a Dios como testigo.

El padre también les guardó el dinero a cambio de un atractivo interés del 3 por ciento. Para eso, puso de respaldo al Sindicato Antioqueño pues, como le dijeron los afectados a SEMANA, “decía que su familia formaba parte de los accionistas principales”. Las elites de Manizales no dudaron de esta versión pues se sentían a gusto de poder ganar más dinero a nombre de un conglomerado que miraban con admiración. Durante años nadie alertó sobre los riesgos no sólo porque, como es usual, al principio los intereses se pagaban cumplidamente, sino porque nadie iba a dudar de un hombre tan correcto que, además, acompañó a varias de ellos a excursiones en Europa donde les entregaba de primera mano sus conocimientos sobre palacios y museos.

A finales del año pasado, una conversación agridulce entre dos competidores comenzó a destapar el escándalo. Un hombre de negocios le dijo a otro: “No te van muy bien las cosas, ¿cierto?”. El otro le contestó con sorna que la cosa era al revés. Y así descubrieron que el padre Muñoz le había dicho a cada uno que el otro estaba mal de plata. Pero aun así se resistían a creer que los habían timado. Cuando con el respeto debido a la sotana le comentaron la situación, Muñoz los tranquilizó y les dijo que en realidad les había pedido dinero para una causa noble y que lo perdonaran. Pero en octubre la burbuja financiera que había creado el padre explotó.

El 8 de noviembre Muñoz se marchó y con el paso de las semanas la verdad empezó a salir a flote. Sin embargo el escándalo nunca trascendió a los medios de comunicación locales, no sólo porque ninguna de las personas afectadas quiso contar su situación, sino porque en el fondo todos guardaban la esperanza de que el guía espiritual que les había fortalecido su fe y con quien habían compartido tertulias inolvidables volvería para subsanar el error.

Sin embargo, cuando empezaron a hacer cuentas y sumaron 2.500 millones de pesos en pérdidas, comprendieron que “esa platica se perdió”. Cuando acudieron al obispo, este les respondió que esos no eran asuntos de Dios. Los afectados mostraron sus letras de cambio, algunas de las cuales llevan los sellos de la Iglesia y de las parroquias de San Pedro y San Pablo. Algunas superan los 20 millones de pesos.

En vista de que la justicia divina se declaró incompetente, los afectados decidieron acudir directamente a la ordinaria. En la actualidad el caso está en el juzgado primero civil del circuito donde está radicado un proceso de concordato. El padre Muñoz está enclaustrado en Estados Unidos a donde atendió a SEMANA el viernes pasado. Con una voz reposada y suave exclamó: “¡Por Dios, yo no soy capaz de quitarle un peso a nadie. Además si cogí alguna platica, yo la pienso devolver”.

Sin embargo, no quiso detallar con cuánto dinero se marchó y qué fue lo que le pasó: “Me quebré, esa es toda la explicación”. Sin embargo, dudó cuando se le preguntó por qué decidió irse sigilosamente del país: “Porque me iban a matar. Y yo muerto no puedo responderle a nadie”.

La gran pregunta es si el padre Muñoz va a devolverles su dinero a todos aquellos que le expusieron a él sus pecados y le confiaron sus riquezas : “Sí, pero necesito un tiempito mientras hago unos negocitos”, prometió.

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