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| 4/20/1992 12:00:00 AM

"LA MISION ERA ANIQUILAR A ESCOBAR"

Esta es la confesión, posteriormente retractada, del coronel salvadoreño quien dijo haber vendido las bombas para un atentado contra Pablo Escobar.

"LA MISION ERA ANIQUILAR A ESCOBAR" "LA MISION ERA ANIQUILAR A ESCOBAR"
LA SIGUIENTE ES LA PRIMEra declaración que rindió el coronel Roberto Leiva ante las autoridades salvadoreñas. El enviado especial de SEMANA obtuvo este documento que se conoce por primera vez en Colombia.
"La primera vez que vi a Richard Salcedo fue en septiembre del año pasado. Lo conocí en el aeropuerto de San Salvador. Me lo presentó un amigo guatemalteco, quien me dijo que Salcedo era un colombiano que había llegado a El Salvador en busca de un socio para invertir dinero en algunos negocios. Me llamó la atención porque por esos días yo había pensado en lo mismo, pues sabía que en cualquier momento dejaba el Ejército y quería tener mi propia empresa.

Como el asunto me interesó decidí escuchar la oferta de Salcedo, quien me pareció un hombre serio, que hablaba poco y escuchaba mucho. Entonces lo invité a mi oficina para que discutiéramos el asunto. Durante el tiempo que hablamos él se mostró preocupado por la situación de inseguridad que había en su país y me dijo que la guerrilla y el narcotráfico no dejaban trabajar en Colombia y que por eso había decidido buscar un país centroamericano para invertir parte de su plata. Me preguntó sobre la posibilidad de montar una empresa para comercializar productos lácteos o una planta para procesar jugo de naranja. También discutimos sobre la viabilidad de organizar un negocio de venta de pollos.

Hablamos durante un par de horas y al final decidimos que yo haría algunos contactos sobre las posibilidades que habíamos discutido y que en una segunda reunión tomaríamos una decisión. Luego se despidió y me dijo que se iba a hospedar en el hotel Charleston durante un par de días. Me dejó un número telefónico de Panamá, donde estaba radicado, si requería de alguna consulta.
La segunda vez que nos vimos fue en noviembre me llamó por teléfono a la base aérea de Comapala, donde yo me desempeñaba como segundo comandante, y me dijo que necesitaba que nos reuniéramos para discutir algunos detalles del negocio que íbamos a realizar. El llegó en un vuelo de la empresa aérea panameña Copa. Nos vimos en el aeropuerto y de ahí partimos hacia mi oficina en el centro de San Salvador. En esa oportunidad Salcedo fue mucho más comunicativo y me comenzó a tratar como si fuéramos viejos amigos. Cuando nos dirigíamos hacia la oficina, él me dijo: "Hombre, yo soy un militar colombiano en uso del buen retiro. En mi país se está viviendo una guerra muy parecida a la que ustedes tuvieron aquí. Yo sé que usted es un hombre muy importante dentro del Ejército salvadoreño, que tiene mucho respeto y tiene una posición muy bien definida frente a los grupos de izquierda". Luego hizo una pausa y agregó: "Hay militares en mi país interesados en conseguir unas bombas para atacar unas bases de la guerrilla y unas zonas donde están los narcotraficantes. ¿Qué posibilidad hay que usted las pueda conseguir?".Y antes de que le diera una respuesta, me dijo que lo pensara con tranquilidad y que después habláriamos del asunto.
En este segundo viaje, Richard Salcedo me entregó un paquete envuelto en papel regalo y me dijo: "Socio, esto espara usted. Es un presente por la amistad que ya existe entre los dos. Sé que vamos a realizar buenos negocios". Luego se despidió y me dijo que al día siguiente tenía que partir para Panamá. Cuando se fue, destapé la caja y encontré que estaba llena de dólares. Me sorprendió y aún más cuando conté la suma que había ahí adentro. Eran 200 mil dólares. No supe qué decir y decidí guardarlos en mi caja fuerte.

A finales de noviembre, Salcedo me volvió a llamar de Panamá y me dijo que en dos días estaría otra vez en San Salvador. Nos encontramos en el aeropuerto y de nuevo nos reunimos en mi oficina. Me trajo unas baterías para mi radio de comunicaciones y me preguntó que cómo iba el asunto de conseguir las bombas. Yo le contesté que era una situación delicada que había que mirar con cuidado. En esta oportunidad sólo estuvo un día en San Salvador y hablamos muy poco sobre los negocios de los lácteos y del jugo de naranja. El parecía no estar muy interesado. Al otro día lo recogí en el hotel Charleston y lo llevé al aeropuerto. Antes de abordar, sacó de su maleta un paquete y me dijo que esa era mi navidad. Que nos volveríamos a ver el primer domingo de enero de 1992. Cuando volví a mi oficina encontré que la caja contenía otros 200 mil dólares. La sorpresa fue igual a la primera, nunca había tenido un amigo que me regalara plata y mucho menos esa cantidad.

A las ocho de la noche del domingo 5 de enero Richard Salcedo llegó en un vuelo de Copa al aeropuerto de San Salvador. Lo recogí y nos dirigimos al hotel Charleston donde tuvimos una larga conversación. Esa noche me dijo: "Necesito las bombas. Es urgente que las consiga. Le voy a contar quién soy yo. Represento al cartel de Cali, manejo los negocios en el área de centroamérica desde hace un par de años y con el paso del tiempo me he convert¿do en uno de los hombres de confianza de la organización. Eso me da derecho a realizar una serie de trabajos para los cuales cuento con todo el respaldo de mis patronos. Las bombas se necesitan para realizar una operación muy delicada la cual no puede fallar. Se van a utilizar para destruir el centro penal donde queda la prisión de Pablo Escobar con el fin de aniquilarlo. Esto se va hacer porque existen serios desacuerdos entre el cartel de Cali y el de Medellín. Y por ser Escobar el máximo dirigente de dicha organización".

Luego me dijo que estaban dispuestos a pagar cuatro millones de dólares a los pilotos que realizaran la operación. Es decir, dejar caer las bombas sobre la cárcel de Envigado. Me hizo saber si yo sestaría dispuesto a coordinar todo el operativo, pues mi experiencia como piloto y estratega de guerra eran suficientes cartas de presentación para convertirme en el hombre clave del plan que se tenía previsto. Pero nunca llegamos a un acuerdo, además era correr un riesgo innecesario porque con el cargo que ocupaba tenía que explicar las razones por las cuales me iba a ausentar del país y no tenía una justificación sólida para hacerlo en ese momento y mucho menos cuando estábamos en pleno proceso de pacificación. Luego Richard Salcedo comenzó a explicarme en qué consistía el plan que ya se tenía elaborado. Este consistía en bombardear la cárcel de Envigado en las horas de la noche. Para ello se tenía previsto utilizar un helicóptero de guerra UH212 Bell de fabricación norteamericana, capacitado para volar a 12 mil pies de altura. A esta aeronave se le acondicionarían unas amarraderas laterales para sujetar las dos bombas. Como la operación era de noche, el blanco se iba a identificar a través de unos designadores láser que emiten una luz especial que sólo se puede ver a través de unos visores nocturnos que se adaptan a las gafas de los cascos de los pilotos.

La operación estaba planeada para llevarla a cabo en ocho minutos. Tan pronto se lograra la altura necesaria de ocho mil pies y el blanco estuviera identificado por los pilotos se dejaban descolgar las bombas. Estas tan pronto hicieran contacto con la tierra explotarían. Si todo salía bien, las instalaciones del penal de Envigado volarían en mil pedazos.

Antes de que terminara la reunión, Salcedo me reiteró la importancia y la urgencia de conseguir las bombas. Y me dijo que si lo lograba, había otro regalo en dólares como los dos anteriores. Sin decir una palabra más, partió de nuevo a Panamá y quedó de regresar el 23 de febrero para montar un plan que nos permitiera sacar las bombas de los depósitos del batallón sin despertar sospecha alguna. El 23 de febrero, Richard Salcedo regresó a San Salvador. Esta vez acompañado de un hombre que sólo lo conocí con el nombre de Marcos. Nos reunimos en mi oficina y comenzamos a trabajar sobre varias hipótesis que nos permitieran diseñar un plan para sacar las bombas de la base de Comapala y luego llevarlas a un lugar seguro. Estudiamos muchas posibilidades. Nos reunimos durante largas jornadas de trabajo. Analizamos cuál era el momento más indicado para sacar los artefactos, cómo los íbamos a transportar, a qué sitio se iban a llevar, dónde se iban a esconder y cómo se iban a transportar posteriormente. Le dimos muchas vueltas al asunto. Al final se acordó lo siguiente: Salcedo alquiló un camión con capacidad para 12 toneladas, que no era ni muy grande ni muy pequeño. Se decidió que su alquiler tenía que hacerse con unos días de anticipación y dejarlo estacionado en el parqueadero del hotel Charleston a la espera de si alguna autoridad investigaba para qué se iba a usar. Cuando se comprobó que nadie preguntó por el camión, el siguiente paso que se dio fue trasladar el camión a un sitió cercano a la base aérea que queda muy cerca del Aropuerto de San Salvador. Eso se hizo la mañana del martes 25 de febrero. Se encargó de este trabajo a un hombre de confianza de Salcedo que se llama Pablo Menjivar. Lo sacó del hotel, dio algunas vueltas por San Salvador y luego tomó la autopista del aeropuerto rumbo al restaurante "Pato Canales", localizado a tres kilómetros de la base aérea, y donde acordamos que era el sitio más seguro para dejarlo esa noche.
El camión quedó estacionado hacia las tres de la tarde de ese día en el lugar indicado. Salcedo recogió en su carro particular a Menjivar y se trasladaron de nuevo al hotel. Allí debían permanecer hasta el medio día del día siguiente en que tenían que volver al restaurante a la espera de que un sargento de mi confianza llegara de nuevo con el camión e hiciera la entrega. El miércoles 26 de febrero llamé a mi oficina en la base de Comalapa al sargento José Luz Parada Torres. Un hombre de entera confianza. Lo hice sentar frente a mi escritorio y le di una serie de órdenes que tenía que cumplir al pie de la letra. Lo primero que le dije fue que tenía que trasladarse hasta el restaurante "Pato Canales", donde lo estaban esperando dos hombres. Que uno de ellos era alto, de aproximadamente 1.80, fornido, de piel blanca, ojos verdes, canoso, barbudo, panzón y que se llamaba Richard Salcedo. Que esa persona le entregaría las llaves de un camión rojo que estaba estacionado en el parqueadero del restaurante. Una vez le entregaran las llaves tenía que traer el vehículo hasta la base y estacionarlo en el depósito de armamento. El sargento partió con las instrucciones y al cabo de una hora llegó de nuevo a la base con el camión. Después tenía que buscar un cargabombas, y cargar el camión con cuatro de las bombas que se encontraban en el depósito.
Tan pronto terminara el montaje de los artefactos, tenía que cubrirlos con unos sacos que se utilizan para empacar maíz, y dejar el depósito con llave. El siguiente paso que tenía que dar era sacar de nuevo el camión de base y dirigirse otra vez al parqueadero del restaurante. Cuando el sargento Parada Torres salió de base, yo abandoné mi oficina, tomé mi carro particular y comencé a seguirlo muy de cerca. El llegó al restaurante, allí lo estaba esperando Salcedo con el otro hombre identificado como Marcos; el sargento se bajó del camión y le entregó las llaves a Salcedo. Este subió al camión, le entregó las llaves a un tercer hombre que nunca supe quién era, y partieron por la carretera que conduce hacia la localidad de Sonsonete. El sargento subió a mi carro y regresamos a la base de Comapala. La parte que me correspondía del plan ya la había cumplido. Lo último que hice fue reunirme con el sargento Parada Torres en mi oficina, le di las gracias por el trabajo que había hecho y le entregué la suma de cinco mil dólares. La segunda etapa del plan estaba ahora en manos de Richard Salcedo. El tenía que llevar el camión hasta la localidad de El Zapote, donde un grupo de hombres lo estaban esperando para bajar las bombas y guardarlas en unos empaques especiales que habían fabricado en madera. Las tenían que pintar de color naranja y colocarle el letrero de "Cartepillar" para que en caso de que alguien las descubriera pasaran como repuestos de maquinaria pesada. Las bombas tenían que permanecer en el escondite hasta que llegara una avioneta para recogerlas. No sé que fue lo que ocurrió después porque nunca más tuve contacto con Salcedo. A partir de la entrega que hizo el sargento Parada Torres en el restaurante "Pato Canales", toda la responsabilidad del plan estaba en manos del hombre que me dijo ser miembro del cartel de Cali".

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