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| 9/1/2012 12:00:00 AM

Por qué no es el Caguán

SEMANA explica cinco razones por las que el proceso de diálogo que comienza se diferencia de la negociación en la era Pastrana. Esto no garantiza su éxito.

El fantasma del Caguán es lo primero que se asoma cuando vuelve al centro del debate la posibilidad de una salida negociada al conflicto armado colombiano. Para espantarlo, el presidente Juan Manuel Santos enfatizó la semana pasada, cuando le contó al país que hay acercamientos entre el gobierno y las Farc: "Vamos a aprender de los errores del pasado para no repetirlos". Además, ni el país es el mismo de hace 14 años, cuando Andrés Pastrana matriculó su gobierno en una negociación con las Farc, ni las guerrillas permanecieron inmutables. ¿Cuáles son las diferencias de las negociaciones pasadas con la que se vislumbra hoy?

Un Estado más fuerte

El Estado colombiano le ha ganado terreno a las Farc en lo militar y en lo político. En los últimos años, han muerto, o han caído por los ataques del Ejército, jefes históricos del Secretariado: Raúl Reyes, Manuel Marulanda, Alfonso Cano y el Mono Jojoy. Esas bajas fueron duros golpes que debilitaron la estructura guerrillera y se deben, salvo en el caso de Marulanda, a una determinación del Estado a combatir a las Farc de manera frontal. Al mismo tiempo, esa guerrilla persistió en el secuestro y en el negocio del narcotráfico, lo que les mereció el rechazo de toda la sociedad. Muestra de ello fue la marcha del 4 de febrero de 2008 en la que varios millones de colombianos salieron a las calles a protestar en su contra.

En las negociaciones anteriores, la cúpula del grupo guerrillero estaba casi intacta. "Las Farc eran prepotentes, sentían que estaban en desarrollo y creyeron en la posibilidad de una victoria militar", dice Álvaro Villarraga, presidente de la Fundación Cultura Democrática e investigador de los procesos de paz en Colombia. También gozaban de la simpatía, no solo de sectores sociales, sino incluso de gobiernos, algunos extranjeros. Hoy el cantar es otro. El gobierno tiene la batuta, las guerrillas son catalogadas como terroristas en el extranjero, y aunque hay expresiones del recrudecimiento del accionar de las guerrillas en algunas partes del territorio, a través de bombas, ataques y voladuras de torres, están lejos los días en que las Farc lucían su poderío militar y amenazaban con tomarse ciudades enteras.

Hay estrategia

A diferencia del pasado, el proceso que se abre paso es el resultado de una estrategia para terminar el conflicto. Tal vez lo más importante es que las conversaciones comienzan con un preacuerdo que traza la hoja de ruta sobre los temas que se van a tratar, pero además fija reglas de funcionamiento. La semana pasada, cuando se reveló que hubo encuentros exploratorios, el país quedó sorprendido ante lo adelantado que va el proceso, pues durante varios meses hubo total silencio. La agenda de temas es mucho más limitada de lo que se ensayó en San Vicente del Caguán. Y por primera vez la meta acordada es poner fin al conflicto. Pareciera que ahora sí hay un norte claro.

A esto se suma un trabajo legislativo impulsado previamente por el gobierno. Dos importantes instrumentos legislativos ambientaron el camino: La Ley de Víctimas y Restitución de Tierras y el Marco Legal para la Paz. La primera fue de buen recibo en las filas guerrilleras, según lo dejó ver Alfonso Cano en un video publicado a comienzos de 2011, en el que el entonces comandante de las Farc volvió a hablar de la construcción de la paz. Y con el Marco Legal para la Paz el Gobierno anticipó una salida para la eventual reincorporación de los guerrilleros a la vida civil.

Los diálogos del Caguán arrancaron sin una agenda concreta. Por el contrario los temas se fueron engrosando con el paso del tiempo a tal punto de que no había tema vedado. A esto se sumó una sobrexposición mediática, día a día, que enrarecía el ambiente. Así la apuesta quedó a la deriva de los acontecimientos.

Sin despeje y sin secuestro

Según lo acordado, los diálogos serán fuera del país, en La Habana. La medida es coherente con la decisión de instalar la mesa de conversación en medio del conflicto, sin cese de hostilidades. "No tiene presentación que mientras se hable de paz dentro del territorio se sigan poniendo bombas", explicó el asesor de paz Carlos Eduardo Jaramillo. La apuesta difiere de lo que pasó en el Caguán, cuando la mesa se instaló en territorio nacional.

Una de las exigencias de las Farc que quedó proscrita después de esa experiencia fue el despeje de territorios. En ese entonces, 42.000 kilómetros cuadrados fueron entregados para que la guerrilla estuviera a sus anchas. Con el fracaso de la negociación no solo quedó abolida esa posibilidad sino que también se liquidó lo que los expertos llaman 'zonas de distensión', que eran zonas pequeñas donde se debía reunir el grupo armado para negociar. Las Farc lo entendieron y en sus declaraciones más recientes no volvieron a hablar de despejar territorios como Florida y Pradera en el Valle del Cauca.

Otro factor que no estará presente en esta negociación es el secuestro. Las Farc se comprometieron a dejar de usarlo como fuente de financiación. Y aunque todavía no está claro si están cumpliendo, su gesto fue interpretado como un avance, pues ese era precisamente uno de los llamados requisitos "inamovibles" del gobierno de Uribe para comenzar un diálogo. Fue un secuestro, el del senador Jorge Géchem, precisamente, el que llevó a Pastrana a romper el proceso de paz con las Farc y poner fin a la zona de distensión.

El factor Chávez

La presencia de Venezuela como uno de los facilitadores logísticos del actual proceso es de suma importancia, debido a la influencia que el presidente Hugo Chávez puede ejercer sobre las Farc. La figura de Chávez además de estimular el interés de los países de la región, también genera confianza entre la guerrilla.

Muestra del entusiasmo que generó el anuncio del gobierno colombiano fue que el presidente de Ecuador, Rafael Correa, dijo que había llegado "el momento histórico oportuno para que las Farc depongan las armas". Su voz no es la de un vecino indiferente, sino la de quien ha sufrido el desborde de la guerra hacia su territorio. Esa circunstancia no existió durante el proceso de diálogo del Caguán.

"Todo proceso de paz requiere del acompañamiento estructurado de la comunidad internacional", señaló el profesor Jaime Zuluaga en el artículo 'El síndrome del Caguán' publicado en Razonpublica.com. En su criterio, ese acompañamiento en el pasado no se planeó y se desperdició. Hubo mucho ruido de países amigos y observadores, pero pocas nueces. Ahora, habrá dos garantes, Noruega y Cuba, con un ingrediente clave: la participación de Chávez.

El momento político

El posible diálogo comienza en el intermedio de un gobierno con perspectivas de reelección. Esa circunstancia es nueva, pues en los diálogos anteriores esa figura no existía.

Los diálogos de Pastrana fueron el producto de un mandato presidencial, pues la paz negociada fue su propuesta de campaña. Ese hecho amarró las negociaciones y asfixió la política y el entonces presidente tuvo que poner todos sus huevos en la misma canasta para no defraudar las expectativas del país, pero al final el resultado fue el fracaso del proceso.

La posibilidad de la reelección dentro de dos años, en cambio, le da más oxígeno al actual gobierno. Un período en la mitad y la perspectiva de uno venidero marcan un ritmo distinto. De lo que no hay duda es que la paz estará en el centro del debate presidencial. La diferencia es que un presidente, eventualmente candidato, tiene dos años para mostrar avances decisivos en la búsqueda de la paz. Un fracaso sería el fin de su aspiración pero si tiene éxito quizá ni le interese reelegirse.
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