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| 5/20/2017 8:30:00 PM

Trump se portó bien

En su visita a Washington, Juan Manuel Santos logró consolidar la alianza con Estados Unidos, pero hacia el futuro todo dependerá de los resultados contra las drogas y de la implementación del proceso de paz.

Para el presidente Juan Manuel Santos era importante que en su primer encuentro con Donald Trump no se presentaran sorpresas. El nuevo mandatario estadounidense ha demostrado ser impulsivo, impredecible e improvisador, y poco o nada valora las tradiciones políticas, sobre todo en las formas. Peor aún el jueves pasado, el día más malo de su corta presidencia, justo cuando los medios de comunicación y los círculos del poder en Washington empezaron a debatir si Trump puede ser sometido a un impeachment (juicio de destitución) por haberle entregado información de inteligencia a Rusia, y por solicitarle al exjefe del FBI James Comey detener las investigaciones sobre la injerencia de Rusia en la campaña electoral. El cerebro de Trump estaba aún más congestionado de lo normal.

Y Santos necesitaba un poco de tranquilidad. Su misión era asegurar la continuidad de las relaciones que han tenido Colombia y Estados Unidos en los últimos 16 años, desde que comenzó el Plan Colombia. Es decir, la ayuda económica, el apoyo bipartidista y el respaldo político. La prolongación de la relación especial estaba amenazada por varios factores, entre ellos el terremoto político que movió todo en Washington y que llevó a Trump a la Casa Blanca con intenciones de echar para atrás, pronto y sin contemplaciones, el legado de Barack Obama. Y este último se había jugado a fondo en su respaldo a Colombia, incluido el proceso de paz. El ambiente era tan favorable a un cambio, que la oposición de los expresidentes Andrés Pastrana y Álvaro Uribe lo habían aprovechado para intentar un lobby con Trump con sus visiones críticas sobre el proceso de paz.

Pero Santos salió contento. Trump se portó bien, no cayó en su conocido discurso altisonante y usó términos elogiosos sobre el presidente colombiano. Consideró que Colombia es un ejemplo para el mundo por haber llevado a feliz término un acuerdo de paz y le concedió a Santos todos los méritos. “Es un honor recibirlo”, le dijo, y mostró admiración por el Premio Nobel de Paz que le entregaron en diciembre pasado.

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Trump es Trump, sin embargo, y salidas de libreto sí tuvo en la rueda de prensa que sostuvieron los dos presidentes después de su conversación de algo más de media hora en el despacho oval de la Casa Blanca. Santos se enredó un poco ante una pregunta sobre el muro que Estados Unidos está construyendo en la frontera con México –que había cuestionado en anteriores entrevistas–, pues quiso mantener el apoyo público a México sin dañar el buen tono del diálogo con su interlocutor. Y Trump reaccionó fiel a su estilo: “Esa respuesta es larga y diplomática”, dijo, y agregó: “Yo lo digo corto: los muros funcionan. Pregúntele a Israel”. Algunos en el recinto consideraron que la reacción fue brusca, lo mismo que su larga exposición sobre Venezuela, que nada tenía que ver con la agenda bilateral con Colombia.

Trump no parecía conocer a fondo los temas –al fin y al cabo lleva solo cuatro meses en el cargo y América Latina no es su prioridad–, pero su actitud, formas y palabras dejaron en claro que la alianza entre los dos países se mantiene. Más aún después de que el Congreso aprobó, hace dos semanas, una ayuda para el presente año por 450 millones de dólares. La buena relación de Trump con Colombia –a diferencia de las demás políticas de Obama– ya sobrevivió a su impetuosa llegada a la Presidencia, y tiene vida asegurada hasta el año que viene.

La pregunta es si también seguirá más adelante, y eso no está asegurado. El narcotráfico está subiendo en la agenda bilateral. Aunque nunca desapareció, en los últimos años se había tratado de manera más sofisticada y se había enmarcado en un plan de trabajo diversificado: se habló de una “desnarcotización” de la diplomacia bilateral. Ahora la línea dura tiene todas las posibilidades de crecer. Por una parte, por la posición ideológica de Trump. Por otra, por el crecimiento de cultivos de hoja de coca en Colombia, que ya llegaron a 200.000 hectáreas. Y también, porque en las encuestas internas de Estados Unidos la preocupación por las drogas ilegales está creciendo nuevamente y puede volver a ser uno de los grandes temas de debate en la campaña electoral para las cruciales elecciones de Congreso en 2019. La delegación colombiana que acompañó a Santos recibió una actitud amable de Trump hacia las explicaciones de las nuevas estrategias del gobierno contra la erradicación –los acuerdos con las Farc, los pactos de sustitución, la destrucción de matas en el primer trimestre–, pero en el Congreso algunos senadores mencionaron inquietudes por el abandono de la aspersión aérea en Colombia. Dependiendo de los resultados que se produzcan antes del próximo mes de septiembre en esa materia, el narcotráfico podría volverse más complejo en la agenda bilateral.

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Algo semejante podría ocurrir con la paz. Santos presentó su interpretación optimista, que en general pudo coincidir con los informes que le presentaron a Trump los expertos del Departamento de Estado que conocen el proceso. En las entrevistas en el Congreso solo el senador Marco Rubio, reconocido por sus posiciones radicales, le hizo preguntas a Santos. La paz es bien recibida en Washington. Pero, igual que en el asunto de las drogas, su valor hacia el futuro dependerá de los resultados. Y concretamente, de cómo avance la puesta en marcha de los acuerdos y cómo se resuelvan los problemas presentados en asuntos sensibles como la justicia transicional. Estados Unidos se considera gestor de la “historia de éxito” que –con su apoyo– ha llevado a Colombia a la paz, pero para seguir así será necesario, precisamente, que el éxito se mantenga.

Y hay, finalmente, un asunto de oportunidad. El presidente Santos acertó al lograr su primer encuentro con Trump en las primeras etapas de su gobierno porque este todavía no está conformado ni ha fijado sus mapas de rutas en varios temas. América Latina es uno de ellos. Ni siquiera se ha definido el nombre del subsecretario de Estado que liderará la política hacia la región. Todo está en proceso y, para los intereses colombianos, era valioso llegar a Trump antes de que se consoliden los planes hacia el futuro.

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Santos, con Obama, había logrado que el apoyo de Estados Unidos se ampliara más allá de la ayuda en tiempos de crisis y de guerra, a la etapa de consolidación y de puesta en marcha de la paz con las Farc. Y Trump, por ahora, no se niega a seguir esa línea. Tiene dos razones muy fuertes para hacerlo. En primer lugar, el hecho de que Estados Unidos, con gobiernos republicanos y demócratas y con el respaldo en el Congreso de los dos partidos, ha participado en las estrategias para superar la crisis, tanto en la seguridad democrática de Uribe como en el proceso de negociaciones de Santos.

Y en segundo lugar, las dificultades en el panorama regional. La crisis venezolana se ha agudizado desde diciembre, los problemas de Brasil y México son preocupantes, la democracia ha perdido legitimidad. La economía está estancada –o en recesión en algunos países- y el continente ha perdido relevancia ante el mundo. En una región con un panorama tan incierto, Colombia se ve desde Washington como un aliado viable y necesario. A Santos y a Trump les conviene que los dos países mantengan su cercanía y, por eso, la alianza bilateral quedó en firme, y ratificada, esta semana en la Casa Blanca. Por ahora.

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