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| 9/15/2007 12:00:00 AM

Si por la izquierda llueve...

Siguen las peleas en La U. La disidencia insiste en que las actuales directivas traicionaron los propósitos de cambiar la política en torno a las banderas uribistas.

Igual que en el Polo, en el partido de La U hubo esta semana amenazas de expulsión, denuncias penales e insultos entre el director y sus miembros. Una nueva pelea que puso de presente la falta de cohesión de un partido que, al fin y al cabo, surgió como una coalición de jefes electorales para apoyar la reelección de Álvaro Uribe. Pero que no ha podido actuar con disciplina, ni concretar un norte ideológico, ni acordar una estrategia política consistente. Y que, de paso, pone en duda la eficacia de la reforma política de 2003, que se adoptó, según se dijo, para fortalecer los partidos y evitar las montoneras.

Los conflictos en el partido del presidente Álvaro Uribe no son nuevos, pero han subido de tono y de frecuencia. Carlos García, el presidente, y Armando Benedetti, senador, esta semana se intercambiaron duros epítetos de connotación sexual: "Cicciolina", le dijo García a Benedetti. "Roberta Close", le ripostó el senador.

¿Cuál es el alcance de la crisis? Desde la gestación misma de La U salieron a flote las diferencias entre los sectores que lo integran. Y cada nueva tormenta que sacude al partido pone a combatir a las partes como si se tratara de la última y definitiva. Desde las peleas de Juan Manuel Santos, en sus épocas de coordinador de la bancada, con congresistas como Zulema Jattin, reacios a obedecer sus instrucciones. O desde la asamblea del 25 de noviembre de 2006, en la que el senador Carlos García se hizo a la presidencia del partido con el apoyo del fallecido senador Luis Guillermo Vélez y en contra de Martha Lucía Ramírez, Gina Parody, Armando Benedetti y Nicolás Uribe.

En ese momento, los cuatro mosqueteros se convirtieron en una disidencia tenaz e incisiva. Las discordias han ido escalando y las diferencias ya no son negociables. La pelea dejó de ser la de cuatro congresistas acusando a las directivas de burlar el reglamento e imponer presidente. Y ahora la discusión es por la propia razón de ser del partido: unos se inclinan por el pragmatismo electoral y los otros privilegian los criterios éticos antes que los votos.

Las quejas de los disidentes se centran en que García está abusando de su poder y violando los estatutos para conceder avales a personas salpicadas por el escándalo de la infiltración paramilitar en la política. También lo acusan de dejar entrar a las listas a candidatos inhabilitados. Y a esto, García responde que mientras no le demuestren que las personas señaladas tienen condena judicial, no está obligado a excluirlas de los listados de candidatos para las elecciones de alcaldes, gobernadores, concejales, diputados y ediles.

Ante estas diferencias fundamentales, los mosqueteros -Ramírez, Parody, Benedetti y Uribe- se radicalizaron. No están apoyando en varias regiones a los candidatos que el partido avaló sino a otros, lo que despertó la furia del 92 por ciento de la bancada que el pasado miércoles 12 de septiembre se reunió en Bogotá. Se planteó, incluso, la expulsión de los desobedientes, pero el presidente Uribe intervino para evitarlo. Además de conservar la unidad y evitar un conflicto mayor en vísperas de las elecciones, una eventual salida de los disidentes tendría un costo en imagen. Los cuatro tienen buena reputación y acceso a medios, y justifican su lucha en que están aferrados al proyecto original de La U: construir un vehículo para hacer política de una manera distinta, en torno a las banderas uribistas.

Pero una cosa es controlar los daños que en el corto plazo tendría la salida de Ramírez, Parody, Benedetti y Uribe, y otra, muy distinta, resolver los problemas de fondo. Por ahora, la intervención presidencial calmó las aguas. Pero fueron paños de agua tibia. Según un fallo de la Corte Constitucional, a raíz de una demanda contra la ley de bancadas, los cuatro no pueden renunciar, porque sus curules son del partido. Están obligados a una difícil convivencia. Y por su talante, lo único que se puede predecir es que van a seguir en su lucha contra lo que consideran una traición, encabezada por el presidente Carlos García, a los compromisos originales de combatir los vicios de la política tradicional

La convivencia forzosa puede bloquear la situación y postergar una solución. Lo único que puede modificar el escenario es el próximo congreso nacional de La U, que tendrá lugar en noviembre. Como se elige nuevo presidente y dirección adjunta, habrá una oportunidad para volver a barajar.

Antes de noviembre, sin embargo, habrá una jornada definitiva: las elecciones locales del 20 de octubre. Sobre el papel, será una batalla favorable, porque el terreno electoral es el natural para una coalición de políticos con votos. La U aspira a salir bien librada. Y su actual dirigencia aspira a cobrar en su favor el eventual resultado favorable. Es decir, que un buen registro en las urnas reemplace el incómodo debate que ha suscitado, en las últimas semanas, la flexible política de entrega de avales por parte de La U a José Name Terán, todo un símbolo del caciquismo, y favorito para triunfar en la competencia por la Gobernación del Atlántico; a Alfonso López Cossio, candidato a la Gobernación de Bolívar que fue llamado a declarar por la Corte en el proceso de la parapolítica; a Jorge ('Tuto') Barraza Farak, candidato a la Gobernación de Sucre y llave política del senador Álvaro García Romero; a Reynaldo Mora Valderrama, candidato a la Alcaldía de Astrea, en Cesar, y padre de un reinsertado de las AUC; Arturo Calderón, candidato a la Gobernación de Cesar, al que se le imputa la bendición de Álvaro Araújo; a Omar Díaz-Granados, candidato a la Gobernación de Magdalena que supuestamente recibió desde la cárcel el guiño del ex gobernador Trino Luna. Las victorias de estos candidatos les pueden incomodar a los disidentes, pero serán mostrados como un trofeo por parte del presidente Carlos García.

Falta ver si estos posibles éxitos en las elecciones de octubre corrigen el rumbo para el largo plazo. Si la falta de organización, por ejemplo, afecta su trabajo como bancada en el Congreso. O si la correlación de fuerzas cambia y en el futuro los disidentes pueden elegir un presidente del partido con el que puedan trabajar. Porque, mientras tanto, lo único claro es que ninguna de las partes dará su brazo a torcer. Y que la pelea seguirá.
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