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| 8/19/2014 12:00:00 AM

La dimensión política del perdón

Sigifredo López, quien estuvo secuestrado por las FARC, asegura que si los victimarios no piden perdón público desde el corazón quizá no haya perdón.

Desde su posición como víctima, el exdiputado del Valle Sigifredo López hace una reflexión sobre el perdón en este momento en el que las FARC y el gobierno discuten el punto de las víctimas en el proceso de paz. Semana.com reproduce la carta.

“Sin perdón no hay futuro. Pero sin confesión no hay perdón”
                                                                                                   Desmond Tutu.

¿Qué tan real y eficaz solución es firmar la terminación del conflicto si no se termina con el odio y el deseo de venganza latente en el corazón de la sociedad colombiana, de los combatientes y afectados con la guerra?

¿Ese odio y deseo de venganza es hoy un temor infundado, o realmente está en casi todos los escenarios de la vida nacional?

¿Para avanzar hacia la reconciliación ciudadana resulta o no indispensable que los victimarios asuman la responsabilidad que les corresponde, y sean capaces de pedir perdón público a sus víctimas y a la sociedad a la que desean regresar?

¿El perdón colectivo es o no el instrumento político más eficaz para sanar heridas y dolores acumulados en la historia y para garantizar que no se repitan nuevos ciclos de violencia y errores del pasado como las mil y una masacres y los vergonzosos genocidios cometidos por los paramilitares contra la Unión Patriótica o por las FARC contra los desmovilizados de Esperanza, Paz y Libertad?

¿Quién y cómo se garantiza que estos hechos no se repitan si hoy como en el pasado los victimarios no han dicho la verdad, no han pedido perdón público, no han reparado a sus víctimas, y, por el contrario, se han burlado de ellas?

¿Quiénes y con qué criterios están legitimados para perdonar crímenes de guerra y delitos de lesa humanidad?

¿Cómo construir una ética del perdón y una cultura de la reconciliación que nos acerque a la verdadera paz entendida como el trámite pacífico y democrático de nuestras diferencias?

En su estructura básica, el perdón es un ejercicio de limpieza individual que realiza la víctima para exhumar el dolor, elaborar su duelo, liberarse del resentimiento y del deseo de venganza que lo acosa y lo puede convertir en victimario. No sobra recordar que en sociedades mayoritariamente cristianas como la nuestra, el perdón es el centro del Evangelio y constituye un imperativo ético para sus seguidores. “Maestro: ¿cuántas veces hay que perdonar? No te digo hasta siete veces, sino hasta 77 veces”. Y eso en lenguaje cristiano significa siempre. Como si lo anterior fuera poco, traduce que estamos obligados a perdonar lo imperdonable. ¡Así es de exigente la ética cristiana!

Pero otra cosa es el perdón colectivo o ciudadano. En estos casos, el dolor requiere trascender las lágrimas, hacer catarsis y hacerse verbo; exige ser narrado, convertirse en palabras, estructurar un lenguaje ético para relacionarse con el otro. Pero ¿quién es el otro? ¿La víctima directa? ¿El victimario que también, según Cristo, Buda y Mahoma, es el que más requiere de la compasión de sus semejantes? ¿La sociedad que también resultó afectada por los crímenes y es conculcada a refrendar acuerdos y perdones en muchas ocasiones hechos a sus espaldas? ¿O la humanidad entera? Según el estatuto de Roma, considerado uno de los más grandes logros jurídicos de la posmodernidad, la gravedad de los delitos a perdonar y el daño causado con ellos (masacres, genocidios, secuestros, desapariciones forzadas, etc.) son de tal magnitud, que no sólo afecta los Estados sino a todos los habitantes del planeta. Es en este punto donde el dolor trasciende la esfera individual para alcanzar dimensión política y dar paso a la necesidad de construir una ética del perdón que conduzca a la reconciliación de los victimarios con sus víctimas, con la sociedad y con a la humanidad en general.

El perdón ciudadano se torna tan complejo como necesario de entender porque involucra principios y valores democráticos como la justicia; el respeto a la dignidad de las víctimas, a la libre opinión, a la solidaridad, a la responsabilidad social, a la verdad como elemento indispensable para construir memoria histórica; la implementación de mecanismos que garanticen la no repetición; el compromiso ineludible de lograr una mejor sociedad para las generaciones venideras, y mucho más difícil de otorgar aún, cuando los victimarios, como en el caso de las FARC, primero niegan su responsabilidad, luego la admiten a medias y en los últimos días piden perdón sólo a un puñado de víctimas en reuniones a puerta cerrada, como si las masacres y el daño causado por sus crímenes no le hubieran dado la vuelta al mundo.

Respetuosamente considero que este punto, a diferencia de todos los anteriores, por comprometer la dignidad de las víctimas debe desarrollarse públicamente, para que el país y el mundo entero puedan apreciar si el perdón solicitado por los victimarios es de corazón o es sólo por salir del paso; y debe ser público ante todo porque el daño causado por masacres, secuestros, genocidios, bombas y actos de terror afectó a la sociedad colombiana en general y a la humanidad entera, y son ellas en su conjunto quienes tienen que apreciar y valorar la solicitud de perdón y el compromiso de no repetición ofrecido por los victimarios.

No podemos equivocarnos otra vez. Si no hacemos bien la tarea de esforzarnos en construir una ética del perdón para reconciliarnos en debida forma, y sobre todo si los victimarios no se ponen a la altura ética de sus víctimas y no son capaces de pedir público perdón desde el corazón, resultará muy difícil que la sociedad colombiana los perdone y refrende los acuerdos adelantados, y nuevamente por su soberbia habremos malogrado esta oportunidad histórica y todos los esfuerzos realizados para llegar hasta aquí.

Sigifredo López.
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