Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/09/22 00:00

Un día de horror

La angustiante historia de una joven secuestrada a la salida de una estación de TransMilenio refleja la desprotección a que están sometidas las mujeres en la vía pública.

Los índicesde inseguridad en TransMilenio han ido en aumento. Las autoridades explican que no tienen los suficientes hombres. A diario viajan 1.600.000 personas y sólo hay 830 agentes en las 108 estaciones

La joven no sabe qué le causó más impresión, si el frío del revólver en la sien o la voz del atacante. "Esta vez no se me escapa", le dijo el agresor a las 6 y 20 de la mañana del viernes 7 de septiembre. "No me mire a la cara si no quiere que la mate", le gritó antes de empujarla al interior de un automóvil que arrancó raudo por las calles y avenidas de Bogotá

"Me van a matar, ¿Por qué, por qué?", se preguntó Carolina Suárez, una joven de 22 años que, como era habitual en su rutina, se había levantado temprano. Recuerda que ese día llevó a su bebé al jardín infantil, luego subió al alimentador del TransMilenio en dirección al Portal de Suba y de allí se trasladó hasta la estación del Museo del Oro, en el centro de la ciudad.

En la misma mañana, como la joven no llegaba al trabajo, Orlando Suárez y Arturo Cifuentes, el padre y el esposo de Carolina, respectivamente, iniciaron una búsqueda frenética por toda la ciudad. Primero, decidieron averiguar, sin éxito, en el Hospital de Suba. Entonces se dirigieron a la Clínica Corpas. La respuesta fue negativa.

Entre tanto, Carolina era llevada a una habitación de un apartamento del casco urbano. Aunque le vendaron los ojos, sintió que en la habitación había otra joven amordazada y amarrada, como ella. La habitación tenía una ventana que daba a un patio, estaba forrada con plástico negro y la luz permaneció apagada.

Carolina asegura que días atrás, el mismo captor la había abordado cuando salía de su trabajo y se dirigía a la estación Museo del Oro, cerca al lugar donde la raptaron. El hombre la había tomado del brazo en dirección a una calle desierta. Pero se había asustado ante la presencia de un grupo de policías bachilleres que estaba cerca. El hombre la soltó, pero antes le rayó el brazo con un cuchillo.

Pero esta vez era un secuestro. Dos encapuchados quitaron las vendas de las jóvenes, pero no las mordazas. "Estas perras están buenas". La otra joven se desmayó. "Colaboren que sólo es por un ratico y no les pasa nada o si no, su familia es la que sufre",­ dijo uno de los encapuchados.

Mientras sus familiares la buscaban frenéticamente, Carolina era llevada a un escenario extraño. Una sala con luces tenues, cenefas de colores y mesas, estaban varias mujeres. A las dos jóvenes les dieron bebidas alcohólicas con sustancias sicoactivas que les quitaron los reflejos y la conciencia.

Carolina pudo recordar después que del susto le dio un flujo de sangre vaginal. El hombre que se disponía a abusar de ella la palpó y notó la sangre. "No sirve. Yo les dije que me la trajeran buena", reclamó el que parecía el jefe de los secuestradores.

En la tarde, en el Canal Capital, y cuando recién daban una entrevista para denunciar su desaparición, entró una llamada de la joven que imploraba: "Ayúdeme, ayúdeme". "¿Dónde estás

, por favor, ¿dime dónde estás?", le preguntó el esposo. "No sé, un viejito me prestó el teléfono, pero no sé dónde estoy. Dice que esto es Mosquera".

Mientras viajaban hacia allá, volvió a sonar el celular. Esta vez era un ciudadano: un soldado le había pedido llamar con urgencia a ese número. El militar la encontró, la vio dando tumbos, golpeada, sin zapatos y como ida. Eran las 4 de la tarde del sábado. No le habían robado nada, pero extrañamente en la cartera le habían pegado una cinta con el número 55 escrito.

Aunque está bien físicamente y Medicina Legal certificó que no había sido violada, la joven está destrozada emocionalmente. ¿Existe una banda dedicada al rapto de mujeres en Bogotá para prostituirlas? "No descartamos ninguna hipótesis", respondió el comandante de la Policía Metropolitana de Bogotá, coronel Rodolfo Palomino. Aunque la familia ha guardado un prudente silencio -incluso pidió a SEMANA cambiar sus nombres para no entorpecer la investigación-, todos los detalles de la historia circulan ahora en Internet, en donde se anexan varios relatos sobre la inseguridad en el sistema de transporte masivo de Bogotá y se mencionan cuatro casos similares.

Lo preocupante es que el mail de origen está firmado por una dependencia del Distrito. La institución niega la autoría del texto que ha alimentado el pánico entre los usuarios del TransMilenio. "No podemos caer en los rumores. Lo mejor es que cualquier ciudadano que tenga un dato preciso lo reporte para tomar las medidas necesarias", dice el oficial de Policía.

Lo único comprobable hasta ahora es que la masificación del sistema ha creado unos niveles de inseguridad proporcionales al número de pasajeros. En la ciudad hay siete portales y 108 estaciones. Para esto, la Policía dispone de 830 policías entre auxiliares bachilleres y profesionales. Y hay una circulación diaria de 1.600.000 pasajeros, un agente para cuidar a 1.927 personas. "No puedo destinar más hombres. Antes hacemos un esfuerzo sobrehumano", le dijo el coronel Palomino a SEMANA. Y muestra las cifras. En Bogotá hay 16.571 agentes para una ciudad de siete millones de habitantes, lo que hace que cada agente tenga que proteger a 440 personas, el doble de urbes europeas, donde las ciudades, en general, y los sistemas de transporte, en particular, son vigilados por miles de cámaras. Por el contrario, en la capital el sistema cuenta con muy pocas y en algunas estaciones con ninguna. Por eso no han podido identificar al hombre de la voz tenebrosa.

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