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Opinión

  • | 2017/09/09 22:15

    Lo del papa

    Los cabecillas de la rebatiña actual, Santos y Uribe, al ver tantos papistas quieren parecer ellos más papistas que el papa.

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La religión ha servido siempre como disfraz virtuoso de la política. Todas las religiones. Las guerras políticas inspiradas por la religión han sido las más mortíferas y crueles de la historia humana –y es tal vez por no tener ninguna que los animales no se organizan en ejércitos, sino que luchan y se comen los unos a los otros de modo individual, uno por uno. Opio del pueblo, llamó Karl Marx a la religión, metafóricamente.

A las religiones, sabiendo que el embrutecimiento puede venir de diversas drogas: budistas, cristianas, musulmanas, judías. Opio, haschisch, marihuana, cocaína, chicha o aguardiente. Opio popular: al alcance del pueblo. Las distintas religiones han sido históricamente las más populares de las drogas, desde que las drogas y las religiones existen. El mejor anestésico, el más eficaz analgésico para las penas de la vida y de la muerte.
Y habrán visto ustedes cómo quienes abandonan las drogas se hacen en sustitución adictos de una superstición religiosa, sea alguna devoción católica mariana o algotra secta exótica hinduista. A la vez, las autoridades religiosas, de alguna –o algotra– religión rival, acusan a los apóstatas o a los cismáticos de haber caído bajo la influencia de una droga que les robó la voluntad, como a los lotófagos de la Odisea.

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El protagonismo político religioso lo tienen hoy en Colombia los protestantes, que se han apropiado el nombre de “cristianos” tan abusivamente como los estadounidenses lo hicieron con el de “americanos”. Pero en estos días de estruendosa visita papal las calles y los periódicos y las radios y las televisiones se los han tomado, o los han recuperado, los católicos papistas. ¡Qué muchedumbres innumerables las que salieron a saludar al visitante papa Francisco en las calles de Bogotá (y cuando escribo esto no se ha realizado todavía la multitudinaria misa campal del parque Simón Bolívar, y faltan Villavicencio, Medellín y Cartagena)! ¡Qué muchedumbres delirantes de fanatismo!

Y ante tal éxito, todos los políticos tratan de aprovechar la movilización de esas masas embrutecidas de droga religiosa en beneficio propio. Así los cabecillas de la rebatiña actual, el presidente Juan Manuel Santos por un lado y el senador Álvaro Uribe por el lado de enfrente. Al ver tantos papistas, quieren parecer ellos más papistas que el papa. No sé si sean sinceros creyentes en la doctrina cristiana del amor al prójimo, aunque me extrañaría. Pero lo fingen ostentosamente. Son ambos como los fariseos que condena el evangelista:
“No seáis como los hipócritas, porque a ellos les gusta orar en las esquinas de las calles para ser vistos por los hombres” (Mateo 6, 5).

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Así, el oportunista senador Álvaro Uribe, que hace apenas tres meses celebró su convención partidista en un auditorio prestado por los protestantes antipapistas de la Misión Carismática Internacional, salió este jueves a tenderle en una esquina de la calle 26 una celada al papa Francisco, por ver si le robaba una rentable bendición católica, apostólica y romana. No contento con haber anunciado su presencia en las misas papales de Villavicencio y Medellín, se plantó en Bogotá entre la muchedumbre –rodeado, es de suponer, de sus habituales 300 guardaespaldas (muchos de ellos, también es de suponer, llevados a la fuerza; pues también es de suponer que 100 o 200 sean evangélicos o carismáticos o de alguna otra secta piraquívica, como suele ocurrir entre los profesionales de ese oficio, cuando en cambio los sicarios narcoparamilitares siguen siendo por lo general devotos católicos)–, se plantó Uribe a codazos, digo, en la primera fila de la multitud (¿alguien le guardó el puesto? ¿Pagó por ello, como en las colas que tenemos que hacer los de la tercera edad en todas partes? No me parece verosímil la versión uribista de que el expresidente durmió en la acera desde la noche anterior). Y quiso la suerte que el papa, a quien no habían prevenido de cuál era la esquina en donde lo esperaba el Mesías de los paramilitares –o a lo mejor porque sí estaba advertido– estaba mirando para el otro lado del papamóvil cuando pasó por delante del senador y sus 300 gorilas. Y no lo saludó, ni lo bendijo, ni lo absolvió, ni tuvo tiempo siquiera para hacerle un exorcismo. Masticando su decepción con incesantes tics bucales y sacaditas de lengua, como lo vimos todos en el milagroso YouTube, donde todo se registra como en el ojo de Dios, Uribe se consoló santiguándose. Dos veces.

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Pero el oportunista presidente Juan Manuel Santos no se había quedado atrás. Por el contrario: le había tomado a su rival la delantera recibiendo al papa en el aeropuerto el miércoles por la tarde, y madrugando el jueves para homenajearlo en el Palacio de Nariño, con distintas toilettes, y asistiendo a continuación en primera fila de feligreses a todas sus misas, que por eso fueron televisadas.

Y pensar que decían que la visita del pontífice romano iba a ser exclusivamente pastoral, y no política. Como si pastorear un rebaño no fuera un acto político. 

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