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Opinión

  • | 2013/09/27 00:00

    Obama, el anti-Nobel

    No conforme con lo hecho en Pakistán y Libia, ansía ir por lo suyo en Siria. Irán, guerra que lo metería en las grandes ligas de los incendiarios de la humanidad.

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Qué “frustre”, como diría la soñadora muchacha aquella tras su primera cita a ciegas. Luego de la llegada del primer presidente negro de los Estados Unidos a la Casa Blanca, la frustración y el derrumbe de las ilusiones de millones de estadounidenses y de cientos de millones de personas en todo el mundo, habida cuenta de las iniciales expectativas creadas por él, crece día a día. A tal chasco habría que atribuirle, y en destacado lugar, la posibilidad de que pese a su condición de afrodescendiente -oportunidad única para desafiar el racismo vigente-, primaron sobre él los genes blancos que lleva en su sangre. Eso dicen… 

El que pudo haber sido una paloma, deviene paulatinamente en un peligroso halcón. Inició su gobierno con el vergonzoso incumplimiento de cierre de lo que se constituye en un estigma imperdonable para los “americanos” y cuya sola mención eriza la piel de quienes en el mundo invocan el respeto a la justicia y a los derechos humanos: Guantánamo. Y de ahí en adelante, incluida la ley de reforma migratoria, todo ha sido una sujeción deshonrosa a los dictados de los republicanos y a los de los poderosos intereses del voraz capitalismo norteamericano. 

Pero vamos por partes. “Y cuando sea presidente de los Estados Unidos -dijo el candidato Obama-, acabaremos la guerra en Irak, traeremos las tropas a casa, acabaremos el trabajo contra Al Qaeda en Afganistán, cuidaremos a nuestros veteranos de guerra, repararemos nuestra imagen en el mundo, y no utilizaremos el 9-11 para lograr votos a través del miedo”. 

¡Y quién dijo miedo!

Ya como Presidente, esta especie de “gendarme del mundo”, en nombre de la libertad, la democracia y los derechos humanos, aumenta el despliegue de tropas en Afganistán; dispone, impertérrito, el asalto de Abbottabad en Pakistán, lo que constituyó quizás “la primera guerra de Obama”; promueve, desde las penumbras de la retaguardia, dejando que hagan su tarea los británicos y franceses y que los EE. UU. no aparezcan tan pronto involucrados en otra guerra contra naciones musulmanas, la intervención militar en Libia con el consecuente brutal asesinato de Muamar el Gadafi, y a sangre fría, ordena la muerte y no el captura del líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, tanto aquel como éste, dianas en su blanco de tiro. 

¡El Premio Nobel de la Paz! 

Este embarazoso Nobel, a quien Oslo rindió tributo por dar al mundo “esperanzas en un futuro mejor” y por su lucha para el desarme nuclear -¡no el propio!-, y “sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”, así como por el “nuevo clima” que prometía moldear, en especial con el mundo musulmán, es el mismo que, según el The New York Times, agradecía su encumbramiento como promotor de “la paz entre los pueblos”, defendiendo en su discurso de aceptación “el necesario uso de la fuerza”. 

Y también el mismo que, a través del espionaje, puso en práctica esa inédita y refinada modalidad intervencionista con atisbos de invasión que viola con cinismo las soberanías de tantos países amigos o enemigos suyos. 

E igualmente, el mismo que, calculando su apremiante guerra propia contra Irán -como Bush con Irak, ¿por qué no?-, decide, también a la manera de Bush, acusar el régimen sirio de Bashar al-Asad del uso de armas químicas y de destrucción masiva en contra de la población civil, aún si poseer la certeza de quiénes las están usando, si el gobierno, o la banda de terroristas afectos a Al Qaeda que se empeña en derrocarlo.  

¡A los EE.UU. se les está agotando la imaginación para fabricar justificaciones! 

Y es que esta podría ser la secuencia de sus últimas guerras: primero fue la del fascismo, más tarde la del comunismo, luego la del narcotráfico, de ahí pasaron a la del terrorismo y, ahora, la de las armas químicas. Ajustan con precisión a sus ambiciones comerciales y de dominio mundial, la excusa que sea. Siempre tendrán una disculpa acicalada con el nombre de “seguridad nacional” o “defensa de sus intereses”.   

Por suerte, la conciencia mundial comienza a despertarse tras verse forzada a ser testigo impotente de este frenesí de sucesivas guerras imperiales contra pueblos y soberanías nacionales, protestando aquí y allá contra estos matones empeñados en la violación de la libertad, la democracia y los derechos humanos que dicen tutelar. 

En la memoria de los pueblos han quedado registradas para siempre y hasta el fin de la Historia, entre muchas otras atrocidades, los 220.000 muertos producto de los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Igualmente, el uso del tenebroso Napalm tanto en Corea como en Vietnam, elemento catastrófico y devastador que en Irak y Afganistán tuvo su variante en bombas denominadas Mark-77, y en fin, la destrucción, la expoliación y las matanzas en distintos puntos del planeta.    

Cuánto humillación para América Latina, por ejemplo, sus intervenciones militares en Haití, República Dominicana, México, Nicaragua, Guatemala, Cuba, Panamá, El Salvador y Granada. ¡Ah!, y el torpe y criminal bloqueo comercial a Cuba.

Y ahora, este Nobel de la Paz, digno sucesor de aquellos rabiosos agresores que lo antecedieron, no contento con las cenizas que cubren gran parte de la cultura universal y milenaria de Irak y con las llamas aún ardientes allí en trance de destrucción progresiva de toda una sociedad, ni totalmente satisfecho con la guerra de Afganistán, la que no por afán pacificador sino por puro desgaste e impotencia para ganarla terminará por dejar de lado, ni conforme con lo ya hecho por él en Pakistán y Libia, da muestras de querer ir por lo suyo en Siria, laboratorio excepcional  para su próximo asalto, Irán, la guerra que a este Nobel de la Paz lo metería definitivamente en las grandes ligas de los más destacados incendiarios de la humanidad.   

guribe3@gmail.com
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