Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/04/19 10:13

Rompiendo huevos

Un viejo refrán asegura que no se pueden hacer tortillas sin romper los huevos, algo que se parece a la filosofía actual del desarrollo al responder a las críticas del ambientalismo: “si quieren bienestar, deben transar para obtenerlo”.

Brigitte Baptiste Foto: Juan Carlos Sierra-Revista SEMANA

La transacción, a ojos de la actual situación, es confusa, injusta e incluso ofensiva para muchos. Sacrificar, así sea legalmente, las selvas aledañas a un parque natural emblemático de Colombia como lo es La Macarena, y afirmar abiertamente que uno de los objetivos de la paz es facilitar el extractivismo parecen declaraciones de guerra más que de crecimiento verde: una manera agreste de romper los huevos, sin duda. Otros eventuales sacrificios son más complejos de juzgar, como aquellos que implican construir ciertas represas, desviar arroyos, dragar ríos para garantizar navegabilidad o transformar las sabanas de la altillanura para producir agrocombustibles y comida para cerdos cuyas costillas adquirimos en los supermercados. Incluso para las gallinas que producen…huevos.

Gracias a la torpeza en romper cáscaras por parte de algunas autoridades, el ambientalismo contemporáneo, alimentado con la frustración de la izquierda, arrecia en su crítica contra el capitalismo y su modelo empresarial, así este ya no sea el mismo de los años 70 y vaya, en muchos casos, entendiendo que la sostenibilidad (equidad e integridad en la producción y distribución de bienes y servicios) es una condición de la competitividad y que los mercados pueden ser buenos organizadores de la gestión ambiental, si ayudan a informar a los consumidores y a garantizar el cierre de la cadena económica para volver a criar pollitos. Así, no importaría si fue primero la gallina; la economía verde se hace azul y emula el ciclo productivo al ecosistémico.

Independientemente del potencial de los mercados para hacer cierta gestión ambiental, el país está lleno de dudas acerca de las implicaciones y costos que sus aspiraciones de progreso o bienestar tienen, y que, a juzgar por el “debate” en las redes sociales, implican declarar Colombia tierra sagrada y migrar a un universo paralelo. Un avance ético impresionante, pero carente a menudo de contenido terrenal, que apunta directo a los huevos. Digo, para no romperlos. El problema, no hay una noción consolidada de desarrollo alternativo (salvo la improbable ecoaldea global), sino una suma de cuestionamientos ideológica y emocionalmente sensibles, sin más agenda operativa que las delimitaciones en el territorio, líneas imaginarias en las que hoy hace agua la sostenibilidad del desarrollo.

Las resistencias locales al atropello global, sin embargo, marcan una tendencia ligada con el principio de precaución que desconfía de las expectativas de una vida mejor diseñada por terceros y que en los territorios de la minería o de los cultivos ilícitos nunca llega, pero que tampoco garantizan las multinacionales ni el Estado, chiquito y anémico cuando se trata de afrontar el reto de la supervivencia biológica de la humanidad y del planeta. Como si la tortilla de la sostenibilidad no requiriera también romper algunos huevos.

*Directora Instituto Humboldt

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