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Opinión

  • | 2013/12/21 00:00

    Pintar un cuadro

    Todas las historias de la historia no solo terminan mal, sino que están tejidas de versiones contradictorias y de refutaciones.

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Con motivo de la polémica despertada por la telenovela Los tres Caínes, de Gustavo Bolívar, me pidieron en RCN televisión mi opinión sobre la ficcionalización de la Historia, que por lo visto muchos critican y quisieran impedir con distintos pretextos: el de no herir las sensibilidades de las víctimas, o de los victimarios; o el recurrente y bobo de ‘no dar una mala imagen del país’.

No he visto ningún episodio de la novela, que trata de los hermanos Castaño, grandes jefes del paramilitarismo en los últimos veinticinco años. No sé si es buena o mala, que es el único criterio con el que se deben juzgar las obras de arte (y las telenovelas pueden serlo). Pero me parece que la polémica es filistea, y no hace más que reflejar, una vez más, el ansia de censura que anida en tantos colombianos ‘de bien’: la censura siempre es dictada, dicen los censores, por las mejores intenciones.

El artista –el poeta, el músico, el pintor, el guionista de televisión– tiene todo el derecho de cantar o pintar o contar la realidad como le venga en gana, de deformarla a su gusto, o de inventarla. Homero narró la guerra de Troya como quiso (o como se lo dictó la Diosa); y no es censurable, desde el punto de vista del arte, que haya escogido contar unos episodios y otros no, o describir con más detalle o con mayor simpatía a unos personajes que a otros. 

Todavía podemos imaginar las quejas de Andrómaca, pongamos. Y tal vez el propio Aquiles se hubiera sentido victimizado por al aedo que quiso retratarlo como un bárbaro. Y La Ilíada, con todo y que es en verso, nunca se presentó ante sus oyentes como una obra de imaginación, sino que pretendía relatar fielmente la realidad histórica: es un poema de Historia, no de ficción. Pero también el relato histórico pertenece a quien lo hace: no existe la objetividad, sino solo versiones diferentes de varios hechos. Toda la Historia es ficción. 

Tal vez la guerra de Troya, cuya trama se pierde en las noche de los siglos y sobre la cual no conocemos sino el punto de vista de Homero, es decir, el de los aqueos victoriosos y no el de los troyanos derrotados, no sea el mejor ejemplo. La historia como es sabido, la escriben los vencedores. A los cuales también hay que creerles: no hay que olvidar que, por tomar al pie de la letra la narración poética de Homero tachada de fantasiosa por los historiadores, Schliemann descubrió las ruinas de Troya. 

Podemos encontrar un ejemplo más cercano en el tiempo y mejor documentado –o más abundantemente documentado– en la conquista de México. La contó primero el conquistador Hernán Cortés en sus Cartas de Relación al emperador Carlos V. La volvió a contar, bajo la inspiración de Cortés y casi a su dictado, el historiador oficial Francisco López de Gómara en su Historia General de las Indias. Indignado antes sus tergiversaciones, metió años después la cucharada un viejo soldado de Cortés, Bernal Díaz del Castillo, en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, que por eso se llama “verdadera”: porque, en opinión de su autor, es la verdadera. 

Y después, sin contar la Destrucción de las Indias de De las Casas ni las docenas de biografías de Cortés, a favor y en contra, escritas a lo largo de cuatro siglos, hace cincuenta años el historiador Miguel López-Portilla publicó una Visión de los vencidos con textos de autores náhualt relatando su versión de los hechos. Para rematar, hace unos meses leí que un recursivo autor francés había sacado la borgiana teoría de que el verdadero autor de La Verdadera Historia... no es Bernal Díaz, sino el propio Cortés.

Todas las historias de la Historia –para parafrasear al poeta Gil de Biedma– no solo terminan mal, sino que están tejidas de versiones contradictorias y de refutaciones. Cada cual cuenta la feria según como le haya ido en ella.

Le dijeron una vez al pintor Henri Matisse que un retrato de mujer que había pintado no parecía una mujer. Respondió:

–No es una mujer, es un cuadro.
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