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Opinión

  • | 2017/07/12 17:02

    Nairo y el fracaso

    A este país le da pavor el fracaso. A los colombianos, me refiero. Es una cosa entre juicio y condena de una sola vez. Y vergüenza, claro.

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Nos da miedo el fracaso propio y no perdonamos el ajeno: se lo cobramos ya sea porque pintó un cielo y tuvo un sueño; por prometer sin poder cumplir todo al pie de lo dicho. Subió como espuma y cayó como coco (aquí, una sonrisita sarcástica). Afirmaciones y juicios que hacen del fracaso una rotunda derrota, una condena. Hace un tiempo lo dijo el ministro de Salud, Alejandro Gaviria: “Existe una sensación infundada de fracaso sin atenuantes. La fracasomanía no es nueva. Es un fenómeno colombiano y latinoamericano”, citando a Albert Hirshman. 

El miedo al fracaso es la otra cara de la moneda de la envidia, que mucho se ha dicho es una de las características de los colombianos. Envidia de que al vecino le vaya mejor o menos peor; envidia de los logros del otro; envidia de lo que tiene o lo que le sobra o lo que sea. Aquí, curiosamente, nadie envidia la serenidad, la capacidad de no insultar cuando está enervado, ni la decisión de sustraerse del tejemaneje. Nos arde celebrar el triunfo de los demás.

El fracaso en Colombia se paga al doble del precio que costó: se recuerda, se refriega (palabra tan nuestra también: re-fregar: fregar dos veces o más). En otros lugares, sin que sea nunca un placer que las cosas no salgan como se pensaban, una persona que emprende un proyecto, lo pedalea y se quiebra a mitad de camino no la juzgan de inútil, buena para nada. Se entiende, más bien, como alguien que tuvo el coraje de empezar, de armar un proyecto y procurar sacarlo al otro lado. Y, sí… no le salió. Se levanta, no sin magulladuras, y vuelve a intentar con la experiencia a cuestas.

Lo digo por todo lo que hoy se habla de Nairo Quintana, en los medios y en las redes. Como lo anotaron varios, aquí los periódicos le dieron primera página a la crisis de Nairo en vez de darle la portada a Rigoberto Urán por el triunfo de su etapa. Pontificamos desde el sofá, pero pocos sobre el sillín de la Canyon que lo acompaña. Al propio Rigo hace un tiempo lo señalaron alegando que su tiempo había pasado. Pero se llevó la etapa más dura del Tour de este año. A Falcao, en otro frente, lo condenaron al ostracismo de la banca y las convalecencias, pero véanlo como va.

A James Rodríguez, con o sin ínfulas de estrella del fútbol, lo llevan levantando a pata radial y en las redes desde hace rato, en ese peloteo entre la conmiseración porque no le dieron juego en el Real Madrid y el fracaso porque no logró adaptarse. Sin haberse instalado aún en Múnich ya hay un tono de ¿si será que encaja? ¿Va a fracasar en el Bayern? James dijo que quiere “lograr grandes cosas”. Ya veremos cómo le cobramos esas palabras en el futuro. Mientras tanto, para ambientar ‘positivamente’ su llegada al equipo alemán y mostrar un gran apoyo, muchos trolleros están acosando e insultando a los compañeros del colombiano en el nuevo equipo… Bonito así, dañarle el juego de entrada. Autosabotaje nacional, otro rasgo del miedo al fracaso (como esa cosa loca de creer que es mejor torpedear los acuerdos de paz con las Farc por si no resultan).

Fracasar no es un placer para nadie. Obtener un menor éxito frente a las expectativas tampoco, aunque sea más manejable. Tal vez por eso preferimos aplicar el rasero a otros, en especial si son deportistas o artistas, como si estuvieran obligados a traernos medallas, copas o grammys para que podamos mantener en alto el orgullo nacional y personal; para embolatar nuestra mediocridad individual y colectiva.

Ninguno de ellos, independientemente de la disciplina, ha llegado hasta donde está gracias a los tuiteros, a los periodistas deportivos o de farándula, al parche de fanáticos o por cuenta de la jauría de críticos. Si hay alguien que quiere quedarse con el podio del Tour de Francia, es Nairo; si hay un jugador que quiere ser un 10 aclamado en todos los estadios, es James; si hay un tigre que no se conforma con quedar pintado en la pared, es Falcao. Bueno, de Rigoberto ya sabemos su maravillosa capacidad de respuesta.

La crítica despiadada sobre el que fracasa evidencia, ante todo, el pavor de saber que no tenemos sus capacidades, su disciplina, su determinación. Es un espejo que nos asusta, a veces hasta nos ofende. A falta de triunfos propios, cantamos victoria sobre las dificultades de los otros. Primero hacer trizas al país que reconocer sus logros.

@Polymarti

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