Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/11/11 00:00

¿Con Demócratas no hay Paraíso?

Más que una disputa por curules congresionales, lo que hubo la semana pasada en EU fue un referéndum en el que 200 millones de votantes expresaron su rechazo a la forma como Bush ha manejado al guerra en Irak.

¿Con Demócratas no hay Paraíso?

La derrota del partido Republicano fue apabullante. Los demócratas recobraron la mayoría en la Cámara de Representantes y el Senado tras 12 y 10 años respectivamente de hegemonía republicana. Y como colofón de este triunfo, también cuentan ahora con 28 de las 50 Gobernaciones de la Unión, incluida la de Nueva York.

Pero cabe decir que lo sucedido el pasado martes en las elecciones de medio período (o de “mitaca”, como se les suele llamar), más que haber sido una disputa por unas curules congresionales, de lo que se trató en la práctica fue de un referéndum sobre la forma como el gobierno de Bush ha conducido la guerra en Irak. Y el veredicto de los más de 200 millones de votantes fue nítido: la intervención en ese país fue un error que ha deteriorado la imagen de Estados Unidos en el globo, a tal punto que la impopularidad mundial del presidente Bush sólo es superada por la imagen negativa de Osama Ben Laden, y la inseguridad de los ciudadanos de ese país aumenta alarmantemente cuando salen de sus fronteras nacionales.

Las mayorías poblacionales estadounidenses castigaron al gobierno actual con su voto masivo por los candidatos demócratas, motivados por la evidencia de que la decisión de intervenir militarmente ese país del Oriente Medio se adelantó con base en la propagación de mentiras oficiales sobre el vínculo del régimen de Sadam Hussein con los atentados terroristas del 11 de septiembre y su desarrollo de armas de destrucción masiva jamás encontradas. Además, tras cerca de cuatro años de haberse producido la invasión (en contra de los mandatos de Naciones Unidas), resulta claro que ha fracasado rotundamente la intención de imponer con músculo la democracia liberal en una nación cruzada por múltiples particularidades que desde este lado del mundo occidental todavía no hemos logrado comprender adecuadamente.

En suma, los escándalos sexuales en que se vieron envueltos congresistas republicanos en las últimas semanas, las previsiones de que el desbordado déficit fiscal tiene al país al borde de una recesión económica, la aprobación de la construcción del infame muro anti-migrantes en la frontera con México, o los debates sobre el aborto y los matrimonios homosexuales fueron sólo elementos que sirvieron de adobo al ingrediente principal del fracaso en la guerra en Irak. En ese sentido, fueron devastadoras para los intereses republicanos las imágenes difundidas en los días previos a los comicios de un francotirador asesinando a sangre fría a efectivos militares estadounidenses desplegados en territorio iraquí y también la desaprobación de la mayor parte de los países europeos de la condena a pena de muerte a Hussein. Lo cierto es que los votantes estadounidenses se acercaron a las urnas conmovidos por las casi 3.000 muertes de personal militar estadounidense que ha cobrado la intervención en Irak.

En el nivel de la política doméstica norteamericana, el presidente Bush tendrá sin duda el sol a sus espaldas durante los dos años que le restan de su segundo cuatrienio y deberá cogobernar, coexistir y transar con sus oponentes ideológicos, quienes ahora se opondrán con bríos a todas las iniciativas gubernamentales, con miras a retomar el control de la Casa Blanca en 2008.

En lo que hace a los efectos inmediatos de la debacle electoral republicana en la política exterior de Estados Unidos, cabe decir que vendrán cambios en las próximas semanas relacionados probablemente con el anuncio de la salida escalonada de las tropas de Irak, y la búsqueda de mecanismos diplomáticos de consenso para enfrentar los espinosos temas de Irán y Corea del Norte. La inminente salida de Tony Blair, el principal aliado europeo de Bush, también motivada por el descontento de los británicos con la participación de su país en Irak, obligará al ocupante republicano de la oficina oval a mesurar la diplomacia unilateral que ha practicado hasta ahora y a buscar mayores diálogos con Francia, Alemania y otros gobiernos socialdemócratas en Europa.

En lo que respecta particularmente a Colombia, el nuevo mapa político estadounidense no implicará, como han vaticinado algunos agoreros de desastres, replanteamientos fundamentales en la alianza Washington-Bogotá que ha estado vigente en los últimos ocho años. Es posible que en el mediano plazo se mantenga intacto el flujo de asistencia militar que se ha canalizado a través del Plan Colombia desde hace seis años, y que ya alcanza la importante cifra de 4.000 millones de dólares en total. Y esto es así porque, dicho con claridad, en estos momentos en que el triunfo de Daniel Ortega en Nicaragua viene a reforzar la liga anti estadounidense en América Latina liderada por Chávez, el aliado más fiel y confiable que tiene Bush en el subcontinente es el gobierno del presidente Uribe. Y el interés de mantener firme la asistencia a un país que, como Colombia, es hoy por hoy la cabeza de playa de los intereses norteamericanos en la región, es una cuestión que convoca por igual a demócratas y a republicanos. Así entonces, en los próximos dos años, la asistencia militar se mantendrá vigente (en lo que se ha denominado el Plan Colombia Fase II), no porque el conflicto interno o el narcotráfico los trasnoche, sino porque Chávez los asusta.

Inclusive, es factible que finalizado el gobierno republicano en un par de años e inaugurado un nuevo gobierno demócrata a partir de 2009, los montos de la asistencia tampoco sufran grandes variaciones. Motiva este planteamiento el hecho de que una de la figuras individuales triunfadoras el pasado martes en las elecciones de medio término fue la senadora Hillary Clinton, quien arrasó a su rival con el 70% de los votos, y eso sin duda le despeja el camino a la Casa Blanca. Igualmente, el éxito de la serie de televisión Comander in Chief (en la que una mujer ejerce como Presidente de Estados Unidos) y el ascenso por primera vez en la historia de ese país de una mujer a la Presidencia de la Cámara de Representantes, son elementos que ayudan a crear un clima propicio a la candidatura y eventual elección de la señora Clinton como jefe de Estado del hegemón mundial. El caso es que no habría mucho qué temer por la ayuda norteamericana a nuestro país bajo un gobierno presidido por la esposa de quien precisamente fuera el creador del Plan Colombia.

Igual argumento se puede esgrimir en relación con la suerte que pueda correr ahora la aprobación del TLC en un Congreso con hegemonía demócrata, partido del que se ha dicho promueve el proteccionismo de la industria y el empleo nacionales, y aboga por el medio ambiente y los derechos humanos en sus relaciones con las repúblicas latinoamericanas. Si bien en estos temas que se suelen señalar como ejes de las agendas demócratas hay mucho de cliché y lugar común (puesto que varios gobiernos demócratas han sido contrarios a los mismos y algunos gobiernos republicanos han sido defensores de tales asuntos), lo que primará a la hora de aprobar el TLC será la condición de Colombia como el principal aliado estratégico de Estados Unidos en América Latina. La intuición indica que será ese el libreto que Uribe repetirá hasta la saciedad en su oportuna visita de la próxima semana al Congreso norteamericano en relación con el acuerdo bilateral de libre comercio: ¿Y por qué a Centroamérica, República Dominicana, México y Chile sí, y a Colombia –su aliado incondicional– no? El argumento calará; Chávez no les gusta, Uribe les encanta.

(*) Profesor Titular de la Universidad Externado, MS. C. de la Universidad de Oxford.

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