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Opinión

  • | 2017/09/25 10:06

    Crisis de la justicia, el ejemplo empieza por casa

    "¿Será que ver un expresidente de la Corte Suprema en la Picota es la gota que rebosa la copa, o nos tendremos que sentar de brazos otra década para ver como agoniza lo que queda de justicia en este país?"

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La corrupción y podredumbre de la Justicia no es solo a nivel de secretarios, sustanciadores y funcionarios de primera línea, sino que afecta a todo el aparato judicial, incluyendo sus más altos dignatarios. ¿Que vendrá ahora con el ventilador prendido a full?

La justicia es un paciente con cáncer y el cáncer ha hecho metástasis. Se le suman a sus males la inoperancia del sistema, la falta de presupuesto, la iniquidad al acceso por parte de los más necesitados y la rampante e interminable impunidad, que solo para el caso de homicidios refleja cifras más allá de toda lógica y razón.

En Colombia no hay justicia y cada vez la gente le tema menos a esta porque es totalmente inoperante.

Los ladronzuelos deambulan por ciudades y pueblos. Cometen sus fechorías, son capturados, salen y vuelven al ruedo. Se benefician de las fallas en los procedimientos de captura, de la facilidad para corromper a funcionarios de primera línea en la atención de la denuncia y hacen uso de abogados que conocen como la palma de su mano las falencias e inexistencias del sistema para garantizar su libertad.

Y como es constante en este país con temas como la salud y la educación para no citar sino estos dos, la situación ha tocado fondo y hay que actuar. Tristemente ya nadie sabe ni qué hacer, ni por dónde arrancar.

Que una reforma integral a la Justicia, que debe venir de la misma rama, que debe ser incluida en una gran reforma constitucional, que debe ser a través de una ley estatutaria. Sigamos soñando, esto no le interesa a una gran cantidad de personas, muchas de ellas en las grandes esferas del poder público y del mundo empresarial informal, que se lucran y benefician día a día con un sistema lleno de falencias, inoperante e ineficiente, donde los más malos siempre salen premiados y las víctimas seremos siempre los mismos.

Y mientras esto ocurre, el fiscal general, quien a pesar de todas las críticas ha demostrado tener carácter y herramientas para denunciar e investigar quedará como aquel gran héroe, quien a la cabeza del ente acusador se limitará a acusar y a apoyar la gestión de los jueces en aquel eslabón donde todo toma un rumbo incierto e inesperado, donde al más malo lo mandan a la casa y al no tan malo a una cárcel de alta seguridad. Donde se rifan las condenas, se venden las boletas de salida y se archivan los expedientes. Un país donde solo algunos exministros de justicia pasarán a la historia, por haber denunciado y haber sido asesinados, mientras que algunos de los más recientes tan solo han jugado un rol de "ciudadanos preocupados". Y que hablar del legislativo, donde las reformas simplemente no pasan. Aberrante.

A este cáncer hay que sumarle la crisis aguda, sostenida y permanente del aparato penitenciario. Las cárceles de este país son verdaderas escuelas del crimen, donde aquel principio fundamental de la función de resocialización de la pena quedó en los libros de teoría del derecho penal. En las cárceles del país se paga por un espacio menos incomodo, por un lugar para dormir y por protección. Si se es servidor público, político o se tiene alguna "condición especial", existen pabellones cinco estrellas donde es posible hacer fiestas, salir de permiso y seguir delinquiendo desde la comodidad de la celda.

Basta con mirar el caso del exalcalde Moreno. Ni los mismos jueces y abogados se creen las artimañas que ha venido utilizando, todas amparadas dentro de las líneas del más estricto tecnicismo legal (leguleyada) y en el marco de su gran estrategia procesal para tomarle del pelo a la justicia, quien ciega y equilibrada como debe ser, ve pasar de largo personajes como este que se burlan de ella en su cara todos los días.

Hemos llegado a este punto por complacientes y tolerantes. Tolerantes al elegir, o permitir que se elija siempre a los mismos políticos ladrones y corruptos. Tolerantes al hacernos los de la vista gorda cuando vemos que algún conocido, vecino o persona cercana se está enriqueciendo ilícitamente.

¿Pero, qué hacer? Debemos estar más atentos y no permitir que nos sigan robando en la cara. Hay que seguir denunciando. Debemos cumplir todas las normas, no solo aquellas que consideramos importantes. Debemos enseñar a nuestros hijos a cumplir las normas, a través del ejemplo. Si ellos ven todos los días que volarse un semáforo, sobornar a un policía con un billete de 50.000, acceder a un subsidio no merecido entre muchas actividades ilegales que se cometen día a día, por "ciudadanos de bien" son tan solo pecados veniales, no tendremos una verdadera cultura del cumplimento de la ley. Los valores y principios se desdibujan y el día de mañana el adolescente no podrá distinguir entre el bien y el mal. Uso esta frase que curiosamente está a la entrada de más de una cárcel en nuestro país: "Educa al niño y no tendrás que castigar al adulto".

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