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Opinión

  • | 2012/10/26 00:00

    ¿Cuánto vale la cultura?

    ¿Darle pan al hambriento o cultivar sus emociones y deseos?

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Curioseando entre las lecturas obligatorias sobre la Constitución Política que hacen los alumnos de primer semestre de universidad, me encontré con un escrito del Chiqui Valenzuela que supedita la hacienda pública a la cultura. Dice este economista caleño que los ministros de hacienda son como los financieros de las empresas, que sólo son importantes cuando hay crisis y perpetuar su importancia es perpetuar la crisis. Propone en su lugar, que el ministerio de cultura suba de categoría para que nos ayude a rescatar lo que somos y lo que queremos.
 
Me gusta la idea de pensar que el funcionario clave en un Estado no es el de hacienda, que acumula y pone talanqueras, sino el que mira al fondo del ser humano y lo proyecta hacia el futuro. Es el ministro que valora la diversidad de etnias tanto como al acceso mismo a la cultura. El que sabe que la cultura da sentido a la vida tanto de los Nukak Makú en el Guaviare como a los artistas que crearon y los espectadores que se nutrieron del teatro, la música, el cine, la televisión pública y las artes plásticas expuestos en estos días en Bogotá.

Por su parte, desde Cartagena, Nicholas Stern, célebre por su informe sobre los efectos económicos del cambio climático, disparó la semana pasada las alarmas sobre la priorización de otros bienes por encima de la plata. Este economista inglés se cuestiona sobre los efectos en el largo plazo de la explotación de hidrocarburos. Dice que si la prioridad de un Estado es elevar el nivel de vida de la gente, en la extracción del petróleo hay que hacer un balance costo-beneficio para valorar este aporte respecto del costo ambiental. Y esto se predica igualmente del costo cultural representado en la afectación de las voces de las etnias que viven en los alrededores de zonas petroleras.
 
Dirán que soy soñadora y poco realista y que si no cuidamos la hacienda pública, no habrá con qué subsistir. Que es mejor ser rico que pobre y que si no se guarda el tesoro público, no habrá desarrollo y ni siquiera se podrá atender la cultura. A esta reacción, que considera la cultura la última de las necesidades humanas, como producto de una separación mentirosa del todo en sus partes, yo le diría que Colombia no está en esa disyuntiva. Colombia es un país de renta media (muy inequitativo) que lleva varios años con crecimiento positivo y que se viene perfilando como protagonista en esto que se llama el Sur Global. Entonces no es que nos toque elegir entre alimentar al pobre o permitirle caminar hacia sus sueños. Es que en lugar de acumular y extraer descuidadamente los recursos, nos toca cuidarlos y redistribuirlos para cumplir ambos objetivos.
 
En una Colombia pluriétnica y multicultural, la cultura no debería ser la cenicienta: una adecuada priorización y redistribución de la economía, nos permitiría contribuir a la educación y conservación de las emociones urbanas, rurales, étnicas, ancestrales y diversas. Y si además se lograra cumplir el rol pacificador de la cultura, no solo tendríamos riqueza (que es pan para hoy y hambre para mañana) sino bienestar. Porque aunque llueva sobre mojado y me de hasta pena tener que recordarlo, si no hay lugar para la cultura, no hay lugar para el ser humano.
 
*Subdirectora del Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad (www.dejusticia.org)
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