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Opinión

  • | 2017/07/01 22:15

    Colombia por cárcel

    Que la tropa tenga que hacer fila en una EPS, que deba viajar en TransMilenio; que los mandos medios echen pata ya no en el monte, sino en las subidas de Chapinero Alto, donde se ahogarán pagando las cuotas de un apartamentico de 50 metros.

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Observé la entrega de armas de las Farc acompañado por mí tía, una mujer piadosa, pero ingenua que oye cada mañana el programa de Fernando Londoño y se constituye, de esa manera, en el 50 por ciento de su audiencia.

–Tiene razón Uribe: vamos al despeñadero –me advirtió.

–Al revés –la contradije –: es increíble que después de 53 años, la guerrilla entregue las armas y nadie se emocione.

Y era cierto: se desactivaban los guerrilleros más viejos y sanguinarios del continente, y producía más fervor la presentación de Teo Gutiérrez en el estadio de Barranquilla: ¿es justo semejante desdén?, pensaba, ¿esa es la paz de Santos?

Mi tía es uribista, y de las más combativas: de las que todavía creen que existe la Unión Soviética. De ahí que se sintiera martirizada mientras las imágenes discurrían.

–Qué rabia –se quejó–: Santos le está entregando el país al terrorismo.
–Primero: no es el país, sino un bebé –le aclaré–: y segundo: no es al terrorismo, sino a ese señor rechoncho de boina…

–¿Es su conductor?
–No, tía: es Timochenko.
–Pues semejante zarrapastroso va a comprar la Presidencia: ¡tiene un billón de pesos escondidos en caletas!

–¿Y qué querías? –le dije–: ¿que lo tuvieran en un banco del Grupo Aval? ¿Sabes lo que le cobrarían por girar un cheque de un frente al otro?

Y también lo decía de corazón: con este exceso de impuestos, cortesía de Santos, yo mismo contemplo retirar mis ahorros del banco y enterrarlos en una caleta; no lo hago porque no soy ni miembro de las Farc ni me llamo Álvaro Uribe, como para saber de caletas.

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Observé el resto de la transmisión en silencio: no tenía sentido comentar la felicidad que me produce saber que mis hijas no crecerán oyendo hablar de tomas a pueblos, como me tocó a mí; ni que observarán en las noticias a guerrilleros que engordan en la selva, mientras bailan música electrónica con los mismos pasos del Sanjuanero, como alguna vez lo hizo el Mono Jojoy en atentado de lesa humanidad.

Pero mi propia tía interrumpió el silencio:
–Hay que volver trizas ese acuerdo: increíble que esos tipos no paguen nada.
–Claro que van a pagar –reviré.
–¿Ah, sí? –me increpó–: ¿cómo?
–Van a tener curules, por ejemplo. Y al lado de María Fernanda Cabal: pobres.

Van a pagar penas, claro que sí, pero, por mi parte, me doy por bien servido con que reciban a Colombia por cárcel: que la tropa tenga que hacer fila en una EPS, que deba viajar en TransMilenio; que los mandos medios echen pata ya no en el monte, sino en las subidas de Chapinero Alto, donde se ahogarán pagando las cuotas de un apartamentico de 50 metros. Y que la comandancia lagartee de manera miserable ascenso en Avianca, y se integre con el poder almorzando con periodistas y farándula en restaurantes de moda: les darán descuento en Bandido, como es obvio, y en la Pesquera Jaramillo, si aportan la pesca milagrosa, pero el día que almuercen en Pajares Salinas, con postre y vino, no habrá caleta que aguanten.

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Siempre había soñado ver a la guerrilla claudicada de verdad en las páginas sociales de una revista; absorbidas del todo por lo que somos: visualizo a Iván Márquez en el Hay Festival; a Marcos Calarcá posando al lado de Julia Salvi en el Festival de Música Clásica; y me emociono: así los quería ver, quisiera gritarles; en eso terminó su revolución.

Pero, mientras lo pensaba, mi tía me interrumpió:
–Este país se acabó, como dijo Uribe en Grecia…
–Y en España –le recordé–, y en Estados Unidos.

Y entonces me asusté, porque si Uribe continúa dando declaraciones en el exterior tan dramáticas, llegará el punto en que los guerrilleros, temerosos, se vayan impunes del país. La última vez que Uribe despotricó de Colombia en el exterior supuse que él mismo se nos iba a ir: si así está la situación, pensaba, el doctor no nos aguanta. Imaginaba la escena en el aeropuerto de Rionegro y se me partía el alma: Daniel Cabrales se disputaba con los 300 escoltas el honor de cargarle la maleta y todas las cajas del trasteo, amarradas con cabuya: cajas con aves de corral, como patos, gallinas y palomas valencias; cajas con pajillas de sus mejores caballos, con el frac recortado a las tetillas. Una maleta entera de Crocs. Y delante de ellas, el doctor nostálgico, en el counter:

–Sí, hijita, me largo –le diría a la funcionaria de Avianca–: we hab many drugs…
–Doctor, yo hablo español…
–Pero es que me sé todo ese discurso solo en inglés.
–Ok, doctor.
–¿Mija, no habrá un ascenso?

Temía entonces que los guerrilleros de las Farc se sumaran a la estampida, porque se quedarían sin el castigo de vivir en Colombia: la tierra mágica donde cae preso por corrupción el fiscal anticorrupción; María Fernanda Cabal cree que aún existe la Unión Soviética y Teófilo Gutiérrez lega al pueblo su pantaloneta y sale del estadio en calzoncillos.

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Se lo pensaba comentar a mi tía, pero en ese momento se puso de pie.
–No me soporto este espectáculo –dijo.
–No peleemos por las Farc –le ofrecí–: quédate y cambio de canal.
–No –respondió–: quedé en almorzar con unas amigas en Pajares Salinas, antes de que se nos venga el castrochavismo.

Y, ya sin mi tía, la transmisión se quedó sin el 50 por ciento de la audiencia.

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