Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2015/09/05 22:00

La Habana, año 2020

Supuse que los ancianos que se tostaban en un catamarán eran el Buena Vista Social Club, hasta que reconocí a Jesús Santrich.

Daniel Samper Ospina Foto: Guillermo Torres

No visitaba La Habana desde la década pasada y me sorprendió encontrarla tan cambiada. Eso reflexionaba en el McDonald’s que instalaron al final del malecón, mientras devoraba la Big Mac ‘Comandante Che’, una variación elaborada especialmente para la isla que se caracteriza por venir sin carne, sí, pero con huevos. La preferí, en todo caso, a los McNuggets que, en honor a Evo Morales, fabrican con pollos hormonados.

Decenas de niños pedían la ‘Cajita Feliz’ atraídos por la sorpresa, una colección llamada ‘Dinosuarios latinoamericanos’ con que la franquicia americana procura ganarse la simpatía de los isleños más pequeños. Uno de ellos, al que le había salido un muñequito de Nicolás Maduro que venía con cortina de humo, procuraba cambiarlo por Cristina Kirchner o por un Fidel Castro en cualquiera de sus versiones: vestido con quepis o con sudadera. Pero, según Felipe Pérez-Roque, antiguo canciller cubano y hoy empleado del mes de la sucursal, no se admitían cambios, porque la isla ya había propiciado demasiados.

Caminé por el malecón masticando la pesadumbre de que La Habana ya no fuera esa ciudad nostálgica, anclada en el tiempo, cuyo lento deterioro le daba ese aire de poesía, sino este imperio de casinos grandiosos y bares de neón en que jubilados americanos beben daiquirís en vasos siderales, cuando vislumbré, a lo lejos, a Humberto de la Calle. Avanzaba digno, el pelo aturdido de canas, una mano en el bastón y la otra apoyada en el antebrazo de Frank Pearl, mientras lo seguían Sergio Jaramillo y una estela de comisionados nombrados recientemente por el presidente Germán Vargas Lleras para darle celeridad al proceso de paz.

Dentro del grupo de los nuevos asesores reconocí a la recién destituida alcaldesa de Bogotá, Clara López; al recién nacionalizado Tom Cruise; al general Rodolfo Palomino, ya sin bigote porque está en retiro. Y a Angelino Garzón, quien caminaba en bermudas y chancletas –la barba cana de nuevo tupida– mientras pedía las horas a una pareja de turistas. (Angelino no hacía parte de ninguna subcomisión técnica sino que se encontraba perdido).

Los comisionados lucían optimistas. En círculos oficiales dan por descontado que, a lo sumo en el segundo periodo del presidente Vargas Lleras, posible gracias al reciente remiendo constitucional que autoriza de nuevo la reelección, o como máximo en el primero de Martín Santos, su seguro sucesor, la firma de la paz será un hecho. Solo basta restablecer relaciones con la Venezuela de Nicolás Maduro, rotas desde que ordenó el cierre de la frontera con Colombia hace ya cinco años, y conformar un congresito que avale los acuerdos, según lo propuso el fiscal de la Nación, Néstor Humberto Martínez, desde la oficina privada que montó en la sede del grupo Aval. (Fuentes indican que el mismo fiscal descartó una ley de perdón y olvido que habría permitido la excarcelación del exsenador Álvaro Uribe.)

Los comisionados ingresaron a la tienda GAP del barrio Miramar, que estaba en promoción, mientras yo viraba hacia el Castillo del Morro, desde donde contemplé los veleros que espumaban la bahía. Supuse que la serie de ancianos que se tostaban sobre la esterilla de un catamarán eran integrantes del Buena Vista Social Club, hasta que reconocí a Jesús Santrich. A su lado, otros dirigentes de las Farc bronceaban la cicatriz del bypass gástrico tumbados bajo el sol, mientras el desteñido dummy de Simón Trinidad, trajinado por la intemperie, ocupaba el lugar de Tanja. La famosa holandesa, como se sabe, abandonó la guerrilla para participar en Miss Universo, certamen que ha crecido desde que su organizador, Donald Trump, obtuvo la Presidencia de Estados Unidos. (Por estos días, por cierto, Trump firmó una alianza con la actual gobernadora del Cauca, Paloma Valencia, para que lo asesore en la construcción de un muro similar al que ella elevó en su departamento, pero en la frontera con México).

Caminé hasta el demolido Museo de la Revolución, donde hoy se levanta la torre Trump-La Habana, quizás la inversión más alta del magnate en la isla: negocio de unas proporciones similares al de la compra del Boyacá-Chicó, ahora llamado Boyacá-Chicó-Manhattan, con que Trump, al decir de muchos, se dejó engañar por Eduardo Pimentel. Y una vez allí, me sentí abatido por tantos cambios. Una camioneta Hummer parqueó en la entrada del Hard Rock Café Tropicana. Un hato de turistas ancianas salían del Mall Camilo Cienfuegos cargadas de paquetes. Yuppies cubanos trabajaban en sus portátiles en La Bodeguita de Starbucks, antigua Bodeguita del Medio, y monitoreaban en la edición digital Granma Free los precios de la Bolsa de La Habana. Una valla gigante anunciaba la nueva atracción ‘El unicornio azul’ del ‘Parque temático Silvio Rodríguez’ que el emporio Disney construyó en Varadero.

De regreso al Hotel Nacional-Marriot, donde me hospedaba, me topé con Fidel Castro. Estaba recostado contra un cajero del Citibank, con su sudadera de siempre, y posaba a cambio de algunas propinas con turistas y niños que lo reconocían como muñequito de la Cajita Feliz de McDonald’s. En el justo momento en que Angelino Garzón se le acercó para pedirle la hora, subí a mi habitación.

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