Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2002/07/15 00:00

De amas de casa a supermujeres

En estos 20 años, la educación, el trabajo y el pensar libremente les permitieron a las mujeres acceder con éxito en todos los ámbitos de la vida nacional.

De amas de casa a supermujeres

En 1982 mi mama tenia exactamente mi edad de hoy: 32 años. Es decir, que los 20 años que cumple SEMANA son los mismos 20 años de diferencia entre las dos. De alguna manera, lo que nos ha pasado y las cosas que hemos hecho entre 1982 y el año 2002, pueden reflejar tanto los cambios en la situación de las lectoras de SEMANA como las diferencias entre dos generaciones.

Durante este período quizá el cambio más grande para muchas mujeres ha sido el ingreso a la educación superior y al mercado laboral calificado y relativamente bien remunerado. Coincidencialmente las dos entramos a la universidad más o menos por la misma época, finales de los años 80, y empezamos a trabajar en la universidad como profesoras una década más tarde. Hoy las mujeres componen el 52 por ciento de la matrícula universitaria y el 45 por ciento de la población económicamente activa (PEA), frente a 43 por ciento de la matrícula universitaria en 1985 y 32,8 por ciento de la PEA en el mismo año. Sin duda es un avance, así aún tengan el doble de desempleo que los hombres y ganen en su mayoría el 75 por ciento por hacer lo mismo.

A pesar de las inequidades, poder ser profesionales ha significado para las mujeres la posibilidad de trabajar, no para sobrevivir ni con la vergüenza de tener que hacerlo, sino para mejor vivir, para buscarse y autoafirmarse como persona. Es un ejercicio cotidiano de la independencia, posible cada vez para más mujeres, el de decidir cuál es la propia vocación, y ejercerla. Con ello viene la independencia económica, y sólo ésta permite realmente el cuarto propio del que habla Virginia Woolf, espacio sobre todo mental, sin el cual es difícil entenderse como individuo y asumirse como protagonista de la propia vida.



Mas libertad

El ingreso a la educación no sólo les ha permitido a las mujeres acceder a puestos mejor remunerados y a seguir los intereses laborales. También les ha permitido pensar en público y no sólo en la sala de la casa. Las ha autorizado a hablar en el foro, a hacer uso público de la razón, a escribir y hacer circular lo que se escribe. Les ha dado una voz con autoridad que les permite opinar, dirigir, saber, cantar y hacer poesía tanto como análisis financieros y decisiones de Estado. Ha sacado los cerebros femeninos del espacio vergonzante donde se leía, pensaba y escribía a escondidas y en el tiempo 'libre' para autorizarles a hacerlo frente a los demás, y durante todo el día.

Los últimos 20 años han salvado a las mujeres de estar obligadas a ser sólo amas de casa. E independientemente de la satisfacción individual que alguien ?hombre o mujer? pueda sentir al administrar un hogar y a una familia y en cocinar, lavar, planchar y cuidar niños, el estar obligado a hacer eso, y nada más que eso por el resto de la vida, era toda una condena. Pero además era estar sentenciada a tener poco o ningún estatus social, por lo menos en términos de independencia y de toma de decisiones, era una condena cultural a habitar un espacio intelectualmente estéril.

Sin embargo, una vez abierta la puerta, no era fácil prever lo que iba a significar el acceso al trabajo en la vida cotidiana. Como muchas mujeres de mi edad y mi condición, crecí sin pensar lo que podría significar tener educación y trabajo para el proyecto que tan claramente asumía como propio desde muy pequeña, el de casarme y tener hijos. Los juegos y las proyecciones a futuro, incluso cuando estudiábamos una carrera, siempre incluían la fantasía del matrimonio y de los hijos como la principal fuente de felicidad y satisfacción.

En lugar de eso tuvimos un mundo donde la posibilidad de trabajar y la inmensa satisfacción que proviene del trabajo y la educación, así como la independencia económica que da, pone en cuestión el ideal de la vida en pareja. De tantas maneras espera uno mucho más que las generaciones anteriores. Se admita o no, la pareja y la familia no son ya el principal, o por lo menos el único proyecto de vida, y mucho menos de felicidad y satisfacción. Con el trabajo se aprende también a ser protagonista de la propia vida, y eso es algo que no se relega fácilmente en el plano personal, de manera que ya no hay alguien en la casa dispuesto a hacer feliz a todos los demás. Hay alguien que también quiere que la hagan feliz, o por lo menos que la dejen tranquila.



Vuelco en la sexualidad

En los últimos 20 años las mujeres aprendieron a aplazar la decisión de formar pareja, a tener más de una pareja, a convivir en lugar de casarse, a aplazar la decisión de tener hijos, a tener menos hijos. Hoy la tasa total de fecundidad es de 2,6 hijos por mujer (fue de 3,1 en 1985) y las mujeres urbanas con educación universitaria tienen el primer hijo a los 28 años en promedio. Mientras que en 1991 el 28,17 por ciento de las mujeres nacidas entre 1945 y 1949 (la generación de mi mamá) se habían separado o divorciado, en el mismo año lo había hecho el 49,40 por ciento de las nacidas entre 1965 y 1969 (mi generación).

Además del acceso a la educación y al trabajo hay un invento que explica la transformación de la vida de las mujeres, y ya no sólo de las lectoras de SEMANA, sino de todas las mujeres. Es la anticoncepción segura y accesible: las píldoras, el DIU, los condones y la ligadura de trompas. Es poder limitar el número y espaciamiento de hijos, primero por salud, y luego para poder dedicar a cada hijo más recursos materiales y emocionales. En el año 2000 el 99,9 por ciento de mujeres en edad fértil conocen algún método moderno de planificación familiar y el 77 por ciento de las mujeres casadas o unidas utiliza alguno.

Pero el acceso a medios de planificación dio también un vuelco a la sexualidad. Evidentemente no fue lo único, pero sí contribuyó inmensamente a perder el miedo a tener relaciones sexuales y a causa de ello a quedar embarazada cuando no se quiere ni se puede tener un hijo, y de quién no se puede ni se quiere tenerlo. Y es también saber que el impedimento para el sexo fuera del matrimonio, incluso al sexo frecuente y con diferentes parejas, es sólo la moral porque el peligro ya no es, como para nuestras abuelas, el desastre de un embarazo no deseado.

Pero a pesar de estos cambios, del ingreso a la educación superior y a la vida laboral bien remunerada, y la independencia y autoridad que ello significa; a pesar de la posibilidad de controlar los nacimientos y por lo tanto de liberar la sexualidad de la reproducción; a pesar de los matrimonios más tarde, y del segundo y el tercer matrimonio; a pesar de las (pocas) mujeres en el poder y en el arte, en los últimos 20 años las mujeres, más que cambiar el mundo, se adaptaron a él para poder ser parte de la vida pública, y tolerando y reproduciendo las inequidades de todo tipo con tal de estar ahí. Por eso el mundo de hoy tampoco es la utopía que parecería para una feminista, digamos de hace 100 años, luchando por el voto femenino. Porque al adaptarse al mundo tal como es y como viene siendo, sin transformarlo, las mujeres lo que han hecho es, como lo hicieron las generaciones anteriores, sacrificarse, pero de otra manera.



Mujer perfecta

Mi mamá, al entrar a la universidad cuando sus hijos estaban casi todos fuera del colegio, al ser de las pocas mujeres de su edad profesional, se salvó del coco que persigue a mi generación y la siguiente de mujeres profesionales y que es el reto de los próximos 20 años: el imperativo de la mujer perfecta. Para ella no hubo competencia entre la profesión y los hijos, primero los hijos, luego la carrera.

Pero para las personas que hacen ambas cosas al mismo tiempo es una lucha sin descanso. El mercado laboral y el entorno social exigen un trabajador, hombre, que tiene un adulto, mujer, en casa para encargarse de los dependientes y de las tareas cotidianas esenciales como la comida, el vestido, la limpieza y el cuidado de los niños. Exige un trabajador que tiene a alguien más ocupándose del espacio doméstico, lo cual le permite pertenecerle a la empresa en cuerpo y alma durante largas jornadas de trabajo. Es decir, exige tener una esposa. Y las mujeres lo aceptaron y se sacrificaron para serlo todo al mismo tiempo: trabajadora, madre, esposa.

Sin embargo muchas mujeres profesionales sobreviven porque cuentan, a su vez, con empleadas de servicio ?mujeres también, pero ciertamente no las mujeres de las que estoy hablando en este artículo?, a las que por lo general se paga mal y con frecuencia, además, se trata mal. Empleadas a las que, adicionalmente, se les exige una perfección que sus mismas patronas saben que es imposible: que nunca se exasperen con los niños, que los quieran como una madre, que la comida quede buena y la casa esté siempre limpia.

Las mujeres no sólo no cambiaron el sistema sino que reproducen en la casa las inequidades que conlleva. Así, sigue habiendo alguien mal pago y con poco estatus que se encarga de las labores domésticas, y se perpetúa la desvalorización social de las tareas domésticas, las hagan las dueñas de casa o sus empleadas. Porque son las empleadas de servicio las que permiten que, en últimas, el mundo siga marchando de la misma manera: unos que tienen las prerrogativas y otras que las hacen posibles a expensas de sí.

Hay casos especiales. Por ejemplo, algunas mujeres han cambiado de papeles con un marido en el marco de la crisis económica y él, desempleado, asume el papel femenino. Otras trabajan medio tiempo o en puestos que exigen poco. Muchas otras tienen mamás y suegras, que se encargan de ser 'esposas' otra vez. De cualquier modo casi todas son, o les toca ser, así tengan empleadas, maridos o abuelas, supermujeres.



Contradicciones femeninas

Estudiar y trabajar, escoger pareja y número de hijos, no ha liberado a las mujeres de ser, no diría mujeres, pues el sexo está en el cuerpo, pero sí de ser gerentes del hogar y de las relaciones afectivas. El contrato tácito con la sociedad, para el que nos educaron y para el que seguimos educando las niñas, es para que, además de ser profesionales, ojalá excelentes, tienen que ser las encargadas de la casa y los afectos. La presidenta de las comidas, de la ropa, del mercado, de las cuentas, de la decoración, de la limpieza, de la salud física y emocional de los hijos y, claro, la administradora de la felicidad y la sexualidad en la pareja. En esto el resto de la familia, marido incluido, son, en el mejor de los casos, subalternos. Ella toma las decisiones y es la responsable de que todo marche bien, y encima tiene que estar, como dicen los avisos, bien presentada, es decir, estar bonita, con el pelo limpio y bien cuidado, maquillada, sonriente, cariñosa y bien vestida. Y ojalá flaca y siempre sexualmente atractiva.

Las mujeres profesionales en los últimos 20 años ganaron, con la libertad de estudiar, de trabajar, de escoger parejas y número de hijos, la libertad de no equivocarse en nada de esto. Si son malas estudiantes y mediocres trabajadoras es porque son mujeres, claro, y por lo tanto, no tan buenas, y pierden el derecho a estar en la calle. Si la pareja no funciona, si los hijos son un desastre, es en un 95 por ciento responsabilidad de la esposa y madre porque ella no supo darles suficiente amor o ser lo suficientemente buena. Ganaron la libertad de ser lo mismo que la sociedad espera de los hombres: ser seguros y poderosos, pero no de dejar de ser lo que la sociedad espera de las mujeres: que es ser atractivas y amorosas. Es como para pegarse un tiro, o como para, como cada vez más hacen muchas adolescentes: dejar de comer o vomitar lo que has comido.

Cuando mi mamá me ve, yo sé que siente una gran admiración por hacer y haber hecho con mi profesión lo que ella deseó hacer mucho tiempo y que ella, finalmente, hizo tarde en la vida. Y también, creo, porque he tenido la posibilidad que a ella no le tocó, de tener varias parejas, de conocer más de un hombre, de viajar y vivir sola, de gozar de todo lo que se puede hacer de los 20 a los 30 cuando no se tienen hijos y marido, y en cambio se tiene trabajo y sueldo.

Pero lo que no sabe mi mamá y sí sabemos las de esta nueva generación es que para tener hijos hay que pagar un precio demasiado alto. Es el que le veo pagar a mis amigas que tienen hijos y trabajan ?el de estar todo el día corriendo, dejando siempre una cosa o la otra tirada, la reunión en el trabajo o llevar el niño al médico y no tener tiempo para irse, no digo un fin de semana, sino una noche a tomarse una cervezas con las amigas y charlar?.

No ayuda el que no sólo las mujeres sino también sus parejas creen que ellas deben ser no sólo buenas profesionales, sino además buenas madres, y encima buenas amantes. Porque ellos por lo general

?las mujeres heterosexuales seguimos siendo abrumadora mayoría? fueron educados para creer que son radicalmente diferentes a las mujeres, y que por lo tanto pueden esperar de su pareja lo que ellos no saben cómo hacer, que es ser buen profesional y mamá a la vez.

Usualmente viven inconscientes de las prerrogativas (y hasta de las cargas) que les representa ser hombres, y su buena voluntad no les alcanza para asumir el papel que en todo caso esperan que represente su mujer, así gane más que ellos: el de gerente del hogar y los afectos. La que resuelve los malos humores y se encarga de que no se caigan los botones de la ropa, que no se acaben el papel higiénico ni los abrazos. Y ellos se sorprenden e incluso se ofenden si se topan con una mujer abrumada, cansada e incapaz de hacerlo todo, que les pega el grito al niño y a él, cuando está tan agotado, igual lo manda a freírse unos espárragos.

Si los últimos 20 años han permitido que las mujeres estudien, trabajen y sean profesionales, no basta. Como dijo Aníbal luego de perder gran parte de su tropa intentando conquistar Roma: "Otra victoria como esta y nos toca devolvernos a Cartago". A los 32 años mi mamá no tenía carrera y tenía tres hijos. A la misma edad, 20 años más tarde, yo tengo una profesión que me encanta y no tengo hijos. Si para ella la profesión era en ese momento un sacrificio de los hijos, para mí en este momento tener tres hijos sería sacrificar mi profesión. ¿Soy más libre de lo que ella era? Quizá. Pero si las cosas han de ser mejores para mis hijas y mis nietas debemos encontrar una mejor y más feliz manera de combinar todo: hombres y mujeres, trabajo con familia, y que no sean siempre las mujeres, sean las profesionales o las empleadas del servicio, las que debamos hacer los sacrificios.

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