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Opinión

  • | 2000/11/06 00:00

    Derecha, izquierda

    La izquierda opta por pobres y débiles: su obsesión es la equidad. La derecha defiende a ricos, a triunfadores: su obsesión es la eficacia.

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Una ideología es una simplificación. Un código abreviado para entender la sociedad donde vivimos y para solucionar de raíz el problema que nos agobia.

Antonio Caballero es un intelectual en el exilio; por eso le agobia el problema de la intolerancia cultural y política en Colombia. Plinio Apuleyo Mendoza es un abogado del anticomunismo; por eso su obsesión es derrotar a la guerrilla. Y básicamente en esto consistió su cara a cara en la pasada edición de SEMANA.

La respuesta de los lectores y el eco de los medios muestran que en cada lado hay una carga pasional intensa. Son muchos los colombianos que detestan la guerrilla. También son muchos los ciudadanos hastiados —no, en realidad, de la intolerancia— sino de una dirigencia corrupta y excluidora.

Y aquí viene la primera asimetría del debate. Plinio identifica un villano (la guerrilla), un héroe (el Ejército) y una estrategia precisa para que el bueno le gane al malo (más decisión, más armas, menos ‘escrúpulos’ legales). Caballero no ve sino villanos (“todos somos de derecha”, incluida la guerrilla —e incluido Caballero—); no hay héroes ni salidas, salvo quizás el salto utópico (en rigor: un salto mágico) hacia el país tolerante.

Esa asimetría es consecuencia de otra con más fondo: el anticomunismo es una ideología, mientras la tolerancia es lo contrario de la ideología. La ideología absolutiza y toma partido; la tolerancia matiza y es pluralista. De modo que Plinio es un ideólogo y Caballero es un crítico o, más precisamente, un ideólogo (porque no matiza) de la de-construcción (porque no propone).

Entonces, más que debate, tuvimos un diálogo cruzado. Lo opuesto a la vía militar de Plinio es la vía negociada; lo opuesto a la tolerancia que reclama Caballero es cualquier dogmatismo (y no sólo el de Plinio). A Plinio le ha podido replicar, digamos, Augusto Ramírez Ocampo, Daniel García-Peña o Human Rights Watch. A Caballero, o no hay quién le responda, o le responde cualquiera, porque nadie defiende el dogmatismo in genere sino sus propios dogmas (los de la Iglesia, los de las otras iglesias, los de las Farc, los del Ejército…).

La imprecisión fue más lejos. Mano dura o negociación es un falso dilema: un Establecimiento decidido a resolver el conflicto aplica más presión militar y ‘simultáneamente’ negocia más en serio. Intolerancia o ‘civilización’ es un dilema vago; hablemos del Estado de derecho, el Estado liberal, el de John Rawls o el de Carlos Gaviria, contra todas las formas de exclusión (las formas bárbaras, las formas civilizadas y las formas que se hacen en nombre de la civilización).

Porque —si algún sentido tuvieron o conservan este par de palabras— ‘izquierda’ es inclusión y ‘derecha’ es exclusión. La izquierda opta por los pobres, por los débiles y por las minorías: su obsesión es la equidad. La derecha defiende a los ricos, a los capaces, a los triunfadores: su obsesión es la eficacia.

Entre mediados del siglo XIX y finales del XX, la polarización izquierda-derecha fue tomando tres acentos más o menos sucesivos: proletariado contra burguesía; mucho Estado contra poco Estado, y pluralismo contra integrismo cultural.

Esa misma evolución se encargó de ir confundiendo el panorama. Aunque el ‘facho’ tiende a serlo del todo y el ‘progre’ también, hay lugar para los híbridos: el proletario racista, el burgués intervencionista, el cura comunista, el neoliberal feminista…

Y entonces vino la globalización, que otra vez simplifica —y replantea— la disyuntiva entre ‘derecha’ e ‘izquierda’. La derecha es globófila: vivan los yuppies, el Estado pequeño y la cultura Internet (es lo eficaz). La izquierda es globofóbica: defendamos los empleos, el Estado providente y la identidad nacional (es la equidad).

Fue la simplificación (por tanto, la falsificación) que se vio en Praga o en Detroit. El debate que ocupa y exalta a casi todos los dirigentes de casi todas partes. Lastima que nuestra simplificacion y (falsificacion) no pase de ver como matamos guerrilleros o como disculpamos la guerrilla porque hay tanta exclusion.
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