Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/03/20 00:00

Detente, Abraham

Si de mí dependiera, hubiera impedido el sacrificio casi bíblico de Isaac, con un ¡Detente, Abraham!

Detente, Abraham

El retiro de Isaac Lee de la dirección de SEMANA es la noticia de prensa con la que me ha recibido el nuevo año, y esto me ocurre al regreso de unos días de descanso. Me dicen que Lee se ha querido ir a buscar nuevas empresas qué acometer, dentro de su conocido dinamismo.

Fue para mí, que he sido colaborador independiente y externo, un director de medio particularmente amable. Pero nunca pude hablar con él todo lo que hubiera querido, porque no lograba que se quedara quieto en un sitio y yo soy contemplativo. Recuerdo muy bien la tarde en que me ofreció un buen champán, en celebración inusitada por mi vinculación a la revista, ocasión en que me fui quedando solo en su despacho, porque, luego de cordiales términos, lo que me correspondía, quizás, era sorberlo de un trago. Me di cuenta de que entraba en otra dimensión.

Muy simpática relación mantuvo siempre Isaac Lee con quienes de una u otra forma hemos tenido que ver con esta revista. Sin duda, su capacidad de relacionarse con afecto y extrema cordialidad constituye su nota humana más caracterizada. Y de ahí le habrá venido mucho del buen suceso de sus labores directivas en prensa.

Ajeno como he sido a asuntos empresariales, el aspecto por mí más conocido del director saliente es el referido, así como la seguridad e inteligente distancia que ofrecía a sus colaboradores. Sobra decir que lamento profundamente el retiro de lsaac de la orientación de SEMANA, y, si de mí dependiera, hubiera impedido su sacrificio, casi bíblico, con un ¡Detente, Abraham! Pero me doy cuenta de que el festivo director se inmoló a ciencia y paciencia.

Como lo dijo contestándole a Vladimir Flórez en SEMANA, Isaac ya no tenía su mente puesta del todo en la dirección y su impaciencia lo llevaba a otras realizaciones en un campo muy especial de su dominio, el de las redes

computarizadas. Su sucesor inmediato es Alejandro Santos Rubino, ni más ni menos que el mayorazgo de la cuarta generación de la casa Santos.

Y entramos en una nueva era (una nueva semana, dicen en la casa matriz) en la que, puedo observar, se comienzan a sugerir algunas cosas atinentes a esta revista desde los confidenciales rosa del diario El Tiempo. No puedo dejar de pensar que se va concentrando el poder informativo en los medios, no sólo por la injerencia de sectores económicos en la opinión, sino también por acción de los propios y legítimos informadores, que a diario extienden su territorio de influencia.

El diario de Bavaria acaba de excluir a su singular editor general, don Luis Cañón, un periodista común, aunque poco común, hechura de sí mismo, a quien se ha debido la renovación informativa de ese medio periodístico, hoy bajo la férula de C. Ll. de la F., miembro de la junta del grupo económico, hablador de sí mismo o de sus familiares y harto confundido en sus cultas alusiones a la edad de oro de la literatura española.

El nuevo director de SEMANA es, cómo negarlo, miembro de un grupo de poder, por fortuna periodístico. Aquí no es una empresa de cervezas, envasando opinión. No es un holding de comunicaciones promoviendo su telenovela, para competir con la cadena rival, mediante avances agobiantes, cuñas en radio y reportajes anticipados en sus medios escritos, sin que nada de ello mejore las piernas de la protagonista, bellamente zancudas.

En este caso se trata del periodismo tradicional que va corriendo mojones de influencia. La gran familia ha aprobado el cargo asumido por Alejandro Santos. Otros allegados al diario, entusiasmados —y más santistas que Santos— se han sentido llamados a sugerir reemplazos de columnistas o a filtrar conversaciones para incitar a algunos cambios en este semanario político.

Entretanto, Isaac Lee sigue su camino en la prensa del siglo XXI, la computarizada, olvidado ya de viejas glorias y entrenamientos militares de su primera juventud, en los que siempre fue el mejor, y de donde pasó decidida y definitivamente al periodismo, primero de televisión, y luego de medios escritos, como en adelante, y eso que su vida ha sido corta, de proyectos de comunicación por Internet. Exitos.

Buena suerte a ambos directores les desea Lorenzo, desde esta columna independiente, la que ha sido objeto por estos días de conjeturas —y conjuras — de coctel, en que si bien algunos viejos amigos la defienden, otros cumplen la labor de transmitir opiniones confidenciales desfavorables. Estará Lorenzo alerta, no tanto a lo que diga El Tiempo en Internet, pero sí en general a cualquier telefonazo rosa que pretenda —mediante remociones sugeridas o promociones— allanarle el camino al delfín periodístico.

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