Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1982/10/18 00:00

DIATRIBA FEROZ CONTRA EL TELEFONO

DIATRIBA FEROZ CONTRA EL TELEFONO

La invención del teléfono no sólo significó una auténtica revolución en la historia de la humanidad, sino que de paso pero inevitablemente, acabó con las ventanas. Desde el preciso momento en que Alexander Graham Bell presentó ante el mundo su terrorífico aparato, las pobres ventanas se quedaron sin oficio. Es lo mismo que ha ocurrido con otras prendas y objetos, arrasados por el progreso, y olvidados por la ingratitud humana. Quién se acuerda hoy del corset de ballena, los pollerines de olán o las batas de baño hechas con tela de toalla. Ni para qué hablarde la legendaria bacinilla, que resultaba tan útil en los aprietos nocturnos, pero que hoy ha quedado reducida a la humillante condición de tiesto de flores.
Antes de que el teléfono irrumpiera como soberano absoluto e imprescindible de la sociedad moderna, los filósofos de todas las escuelas -incluyendo a gente tan huraña como Tomás de Aquino- parecían estar de acuerdo en una cosa: el diálogo era la virtud sobresaliente de la especie humana. La posibilidad de conversar era lo que distinguía, aún por encima del raciocinio, al hombre de la bestia.
La sabiduría popular, en este orden de ideas, solía decir que hablando se entendía la gente. Esas virtudes han ido desapareciendo, sin duda alguna, por culpa del teléfono. Hoy en día pueden construirse apartamentos, casas, edificios enteros sin una sola ventana. No volverán nunca más aquellas hermosas imágenes de los pintores románticos, y de los fotografos primitivos, que mostraban a un hombre y una mujer hablando a través de una ventana.
Para eso existe el aparato monstruoso con su campanita de miedo. Lo que la gente no parece entender es que el teléfono, lejos de comunicarlos, los incomunica. Los aisla. Comunicarse, como lo decía Mc Luhan, no es sólo hablar o emitir sonidos mas o menos comprensibles. Comunicarse implica, también, una sonrisa, un gesto, un apretón de manos. Me gustaría saber si alguien es capaz de darle un beso en la mejilla a su interlocutor a través del teléfono.
Por el contrario: conozco el caso de un hombre que todos los días tiene que llamar por teléfono a una oficina pública. Ello se debe a razones de su oficio: el hombre es abogado. Desde hace tres años, mi amigo habla con la misma secretaria, por la mañana y por la tarde. Y hasta ahora, después de tanto tiempo, lo único que sabe de ella es el nombre. Se llama Fernanda. Pero jamás la ha visto porque el teléfono facilita las cosas. Mejor dicho: une sus voces pero separa sus corazones. Son amigos de la garganta hacia afuera. Son amigos guturales.
Con las ventanas, en cambio, el asunto era menos práctico pero más cálido. Menos sencillo que meter el dedo en un disco de pasta pero mucho más humano que ese reflejo condicionado. Yo recuerdo, con cierto ramalazo de nostalgia estremecedora, los años aquellos en que los vecinos de nuestra casa se asomaban por las ventanas para preguntar cómo había seguido el enfermo de sarampión, para comentar -mirando al cielo- la inclemencia del verano, o para distribuir chismes inofensivos sobre los otros vecinos. Ahora cuando uno apenas está empezando a cogerle el gusto a la conversación, desde el otro extremo de la línea le sueltan esta frase lapidaria desgarradora y triste: "Bueno, te dejo porque aquí están necesitando el teléfono".
¿A alguien se le pudo haber ocurrido, en tiempos menos frenéticos que éstos decirle a uno: "Bueno, me voy porque doña Margarita está necesitando la ventana"? Pequeñas cosas como éstas, que pasan casi inadvertidas, son las que hacen que la humanidad se vuelva loca y pierda su alma.
Se me han venido a la cabeza estas reflexiones porque yo, que tengo una curiosa afición a leer revistas viejas con más deleite que las nuevas, me he encontrado en un ejemplar de SEMANA, publicado hace varios meses, un estupendo informe especial sobre la inseguridad en Colombia. Debido a las limitaciones naturales de tiempo y de espacio en un trabajo periodístico, me parece apenas obvio que se hayan quedado por fuera de esa crónica algunos aspectos de la inseguridad que vive este país. Entre ellos habría que contar -y no por sutil menos grave- la inseguridad telefónica.
En todas las ciudades de Colombia, de un tiempo hacia acá, se ha desatado una verdadera ola de intranquilidad telefónica. Las llamadas van desde la simple broma hasta la amenaza abierta. Desde el chiste obsceno cuando preguntan por alguien que no vive en esa casa, hasta la negociación de secuestros. Los ladrones comunes, por su parte, utilizan mañosamente el teléfono para saber si los dueños están en el apartamento o si la muchacha del servicio se encuentra sola en el hogar.
Este fenómeno, como tenía que suceder, ha originado una nueva forma de hablar por teléfono. Antiguamente, si usted llamaba a su novia para invitarla a cine, descolgaban el aparato diciéndole cortés y dulcemente: "familia Rodríguez a la orden". Ese cariño telefónico ha pasado a mejor vida. Forma parte- como las ventanas y la leche de magnesia- de la historia patria. Estamos viviendo una nueva era marcada por el miedo a identificarse.
Le pongo, lector, un ejemplo típico: usted,que es estudiante universitario, llama a la casa de su compañero Jairo, para saber a qué horas van a estudiar el examen de mañana. Marca, pues, el número de la familia González. Timbra la campanilla.
-¿Aló?- le responde una voz impersonal.
-¿Aló?- responde usted, con otra pregunta, sin saber qué decir.
-¿Con quién desea hablar?
-¿De dónde me contestan?
-¿A qué número llamó?
-¿Qué número es ese?
-El de una casa de familia.
-¿De qué familia?
-¿A qué familia busca usted?
Y así, interminablemente, se prolonga este diálogo absurdo, que parece sacado de un drama de lonesco. De manera, pues, que el premio mundial de la ironía habría que adjudicárselo, con abundancia de méritos, al gracioso que dijo que el teléfono es un medio de comunicación. Las ventanas, mientras tanto, siguen desapareciendo. Sólo sirven, hoy en día, como recurso milagroso para las películas pobres o las telenovelas sin presupuesto: el protagonista se asoma por una ventana imaginaria y dice a su compañera: "¡Mira este terrible accidente!". Ponen entonces sonidos de hierros que se golpean, pero el choque no se ve porque la producción no dispone de dinero para destruir dos carros. Ese ha sido el triste destino de las ventanas. Pero, aún así, son irremplazables, porque a ningún actor se le ocurriría levantar el teléfono, mirar por la bocina y decirle a su compañera: "¡Mira qué accidente tan terrible!". La ventana, pues, no ha muerto del todo. ¡Abajo el teléfono!...

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.