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Opinión

  • | 2009/10/24 00:00

    ¿Dónde está Samuel?

    Sugeriría respetuosamente al Alcalde que no piense que quienes no vemos que su gestión es maravillosa estamos ciegos.

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La caricatura que llevaba este título comparaba la dificultad de ver las ejecutorias de la Alcaldía de Bogotá con la de encontrar al personaje de un conocido juego de El Espectador. La página de Internet “bogotanotienealcalde.com” cuenta con más de 15.000 entradas, y en el grupo de Facebook creado para revocar el mandato de Samuel Moreno hay más de 5.000 personas dispuestas a recoger firmas para conseguir este propósito.

Infortunadamente, Bogotá sí tiene Alcalde; sería mejor para los bogotanos que no lo hubiera, pues al menos se impediría que el deterioro de la ciudad avanzara aún más. Las administraciones de Mockus y de Peñalosa nos habían hecho recuperar la confianza en las posibilidades de un desarrollo armónico de la ciudad.
 
Los enormes esfuerzos invertidos en la construcción de una cultura ciudadana realizados por el primero, consiguieron crear una conciencia pública de acatamiento de las normas, se comenzó a valorar la idea de la primacía del bien común en los espacios públicos, y disminuyeron los índices de inseguridad.
 
Con Peñalosa vivimos una reestructuración completa de la ciudad, que hizo de ella un lugar más amable para todos. La construcción de vías, colegios, parques, bibliotecas públicas, y la implementación de un sistema de transporte público eficiente y digno, incidieron positivamente sobre muchos aspectos de nuestra obligada convivencia.
 
Ambas alcaldías se caracterizaron, además por la transparencia del manejo de los recursos públicos y por tratar de modificar las antiguas costumbres clientelistas a través de una incipiente meritocracia en el gobierno local.

La situación que se vive actualmente representa un evidente retroceso respecto. La percepción de inseguridad pasó del 39 por ciento al 53 por ciento durante el mandato de Moreno. Y, tristemente, a pesar de lo que responde el Alcalde, no es solamente un problema de percepción; durante los dos últimos fines de semana, hubo en Bogotá más de 40 asesinatos, y la tasa de homicidios se ha incrementado en 11 puntos porcentuales; los atracos a mano armada en las calles y en los buses, los saqueos de casas y apartamentos, los paseos millonarios son ocurrencias cotidianas que han aumentado con alarmante frecuencia.
 
La medida que se adoptó con motivo del asesinato de un joven en la calle 85 con 15 ya fue desmontada, con lo cual se reinició el consumo de licor y las riñas callejeras. Aun cuando las cifras correspondientes a la inseguridad han sido objeto de debate, y la Secretaria de Gobierno ha señalado que éstas han aumentado también en otras de las principales ciudades y que obedecen parcialmente al surgimiento de bandas emergentes, el hecho es que es uno de los problemas de mayor incidencia negativa sobre la convivencia en la ciudad y sobre la calidad de vida de los bogotanos.

En lo que se refiere a la “movilidad” – mejor sería decir la “inmovilidad” a la que estamos sometidos, el panorama no puede ser peor. El aumento del pico a placa, según los estudios realizados por Econcept, ha causado una disminución del 14 por ciento de los ingresos de los hogares, afectando primordialmente, en un 53 por ciento, a las personas de los estratos más bajos.
 
Los recaudos por concepto del ICA se redujeron en 48.000 millones a causa de esta medida, y los estudios de Fenalco muestran la forma como ha perjudicado las ventas de gasolina, autopartes y, en general, al comercio organizado. Los días en que es posible usar un carro particular, los usuarios pagan tarifas increíblemente altas en los parqueaderos, que la Secretaría de Movilidad no ha regulado en más de un mes. Dicha Secretaria no ha podido tampoco poner en funcionamiento las bahías, ni sacar de la carrera séptima los más de mil buses que prometió cuando adoptó esta medida, para no hablar de la chatarrización que nunca se ha hecho.
 
La nueva disposición que está contemplando ahora es prohibir un solo pasajero en los vehículos particulares. Cuando una persona lleve a sus hijos al colegio, por ejemplo, ¿deberá regresar con uno de ellos? Un reciente estudio de la Universidad de los Andes muestra que la policía de tránsito sólo castiga el 0,6 por ciento de las infracciones, muchas de las cuales se cometen en su presencia; este tipo de impunidad sólo propicia mayores contravenciones.

Pero la gente no necesitará utilizar carros particulares, porque el transporte público solucionará estos problemas. El archifamoso metro, cuyo costo, financiación y especificaciones no se conocen todavía, será – cuando finalmente se construya – de poco alivio para el caos vehicular, pues el trayecto previsto cubre un porcentaje mínimo de las rutas que se requieren.
 
Pero tendrá el efecto de comprometer importantes recursos de la ciudad durante diez o más años. Tendremos, además, el “transmilenio light,” que terminará justo cuando más se necesita, esto es, de la calle 100 a la 170. No sólo acabará con la séptima, sino que sus usuarios tardarán más tiempo en llegar a su destino y pagarán casi el doble por usarlo; a la pérdida de los 9.000 millones de pesos que costaron los estudios contratados por el anterior Alcalde para el mismo proyecto, habrá que sumarle los nuevos.

El deterioro del espacio público es aterrador. Los andenes que se habían recuperado con tanto esfuerzo están otra vez atestados de vendedores ambulantes y hay basura por todas partes. Una serie de experimentos sobre el comportamiento social han mostrado que cuando las personas ven ambientes mejorados, se esfuerzan por preservarlos; cuando perciben un acatamiento general de las normas, les resulta más difícil romperlas. Pero lo contrario también es cierto, y las situaciones caóticas engendran mayor caos e indiferencia.

Aun cuando la administración de Garzón quiso dar, acertadamente, una especial prioridad a lo social, se esforzó también por dar continuidad a los logros realizados durante los gobiernos que precedieron al suyo. Hay que reconocer que establecer la educación primaria gratuita es una de las pocas medidas adoptadas que debe alabarse; la de la gratuidad de los comedores comunitarios también, aun cuando en este caso el motivo de hacerlo fue más bien que nadie supo que se hacía el dinero que se recaudaba en ellos.

Evidentemente, Bogotá es una ciudad difícil, con enormes problemas de toda índole. Pero por esta misma razón, quien aspire a dirigirla debería haberse preparado.
 
Para comenzar, sugeriría respetuosamente al Alcalde que no piense, como lo ha dicho, que quienes no vemos que su gestión es maravillosa estamos ciegos; y que al menos tenga en cuenta, cuando se trata de proyectos que comprometen cuantiosos recursos locales, opiniones y estudios que señalan los inconvenientes que, en estos casos, es él quien se niega a verlos. Estoy segura de que esta columna, al igual que muchas otras, caerá también en oídos sordos.
 
Pero quizás si nos hacemos más conscientes de lo difícil que es construir nuestra precaria convivencia, y lo fácil que es acabar con lo que se ha logrado, tendremos un mejor criterio para elegir a nuestro gobernante la próxima vez.

 
*Magdalena Holguín es profesora de la Universidad de los Andes e investigadora del Grupo de Interés Público de esa misma universidad.




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