Claramente, la propuesta del progresismo —la de un Gustavo Petro que inició su mandato moderado con ministros de centro, pero terminó volcado en la irascible izquierda— no es la preferida de los colombianos. A pesar del apoyo del Gobierno a su candidato Iván Cepeda, con dineros, manifestaciones, cuotas políticas y el guiño de grupos armados en regiones donde tienen control territorial, no pudieron puntear en las elecciones de primera vuelta y fueron derrotados por el candidato de derecha, Abelardo de la Espriella.
Esa derrota abre una oportunidad. Por primera vez en años, el país tiene sobre la mesa dos visiones claramente distintas de lo que debería ser el Estado y el papel del ciudadano: un modelo de control y homogeneización desde arriba, el de Cepeda, y un modelo de libertad y responsabilidad individual, el de De la Espriella.
La campaña presidencial no fue de programas ni de argumentos técnicos. Cepeda, el huraño de las encuestas y de las entrevistas, se dirigió casi exclusivamente a sus votantes, proyectando la imagen de pendenciero contra una oligarquía que, según él, es culpable de todos los males del país. Esa narrativa, sencilla y cómoda, le permite prometer que todo se arregla castigando a ‘los de arriba’.
Esa postura ha tenido alguna resonancia en sectores donde caló la prédica evangelizadora de lustros de Fecode y a un discurso de lucha de clases refrito. A ese núcleo duro se le suman los beneficiados del Estado en el Gobierno Petro, que han recibido puestos y contratos, desbarajustando la balanza fiscal del país. Un Estado obeso que se financia no con eficiencia, sino con impuestos a los que producen y con deuda que pagarán las próximas generaciones.
Frente a esa visión de enemigo interno permanente, es necesario afirmar algo básico: aquellos que Petro llama la ‘oligarquía’ no son quienes dictan ni el futuro ni el presente de Colombia. Esto no es Cuba, donde el Partido Comunista escoge a dedo a sus altos funcionarios. Aquí todavía se compite, con capacidad, estrategia, rigor y foco, por los altos cargos del Estado y por el liderazgo empresarial. Y eso, lejos de ser un problema, es una oportunidad que puede potenciarse si el próximo gobierno se dedica a abrir puertas y no a cerrarlas.
La oligarquía de la cual habla Cepeda no existe, por eso nadie se defiende cuando la culpa de todos los males. Lo que hay son emprendedores berracos que crean empresa y que gracias a su dedicación han logrado salir adelante. Ese es el capital humano más valioso del país, y es donde un Gobierno serio debería poner su foco: en crear condiciones para que haya más historias de éxito, no menos.
En la economía de mercado es que cualquiera puede salir adelante si se lo propone y tiene las condiciones. He conocido mensajeros que terminan con tiendas de esmeraldas a nivel mundial; estudiantes que crearon el banco con más usuarios digitales de Colombia por encima del Grupo Aval y Bancolombia; y miles que montan su negocio y acaban con un capital significativo. Un Gobierno responsable no mira a esas personas con sospecha, sino que se pregunta: ¿cómo logramos que existan diez veces más?
Ahí es donde chocan de frente las propuestas. Las políticas de Cepeda desconfían del éxito de los colombianos. Para su sector, el empresario es exitoso no porque crea empleo, sino porque se aprovecha del prójimo. En consecuencia, prefieren un Estado que rija, regule, controle, defina, delimite, precise, reglamente, normalice y fiscalice todas las interacciones sociales. Un Estado con veto sobre el uso que usted le dé a sus tierras, quién es su proveedor de pensiones y salud y, de paso, hasta cómo debe usted pensar. Ese es un Estado homogeneizador por lo bajo, donde el que se arriesga más o tiene más habilidades gana lo mismo. Un país en el que Chirra Mosquera debería ganar lo mismo que Luis Díaz porque, según esa lógica, Díaz no es un ejemplo de esfuerzo y talento, sino un abusador que gana mucho a costa del que gana poco. Es el igualitarismo del resentimiento, no de las oportunidades.
Reconozcamos que el presidente no gobierna solo y su equipo importa. Ya vimos cómo Gustavo Petro, en cuatro años, tuvo más de 65 ministros y 134 viceministros, reflejo de improvisación y falta de rigor. El resultado es un gobierno errático que ha golpeado la economía y la confianza. De la Espriella, en cambio, ha conformado un equipo que —admitiendo críticas personales sobre él como abogado, donde defender culpables e inocentes hace parte del oficio— supera de lejos, en experiencia y formación, al de Cepeda. Si el uno arma un Paris Saint Germain de técnicos, economistas, expertos en energía y salud, el otro arma un Cortuluá de activistas y operadores políticos sin experiencia de gestión.
Lo importante, sin embargo, no es solo quiénes, sino para qué. Las propuestas de de la Espriella, bien ejecutadas, pueden traducirse en algo concreto: más empleo formal, más inversión, más competencia y mejores servicios.
Ahí es donde este debate debería hacerse propositivo:
- En salud, el modelo de Cepeda apunta a un monopolio estatal; el de De la Espriella, a corregir excesos, pero manteniendo la libertad de elección.
- En economía, el proyecto de Cepeda ve en cada empresario un sospechoso, el de de la Espriella puede convertir al emprendedor en aliado central para el desarrollo regional.
- En energía y la exploración de gas y petróleo Cepeda promete prohibiciones; De la Espriella ofrece una hoja de ruta gradual y realista de la exploración a la producción.
- En seguridad, Cepeda propone diluir la autoridad del Estado con gestores de paz de pasado criminal, mientras de la Espriella propone recuperar el control territorial para que los emprendedores puedan trabajar sin extorsiones, sin vacunas y sin tener que pedir permiso a un grupo armado.
En resumen, el de Cepeda es un proyecto de país donde el Estado se agranda, el ciudadano se encoge y el éxito se mira con recelo. Abelardo de la Espriella propone un gobierno de oportunidades, donde la tarea principal no sea impedir que unos se destaquen, sino lograr que muchos más puedan hacerlo.
