OPINIÓN

María Carolina Cortés Arce

El privilegio de elegir

La verdadera tarea no es simplificar las diferencias ni reducirlas a bandos, sino entenderlas en su complejidad.
29 de mayo de 2026 a las 10:38 p. m.

La responsabilidad del privilegio es enorme. Hoy, todos —sin importar nuestra posición— tenemos un privilegio que solemos dar por sentado: vivimos en un país con democracia, en el que votamos y elegimos. Pero esa libertad no se agota en la decisión individual; implica una responsabilidad colectiva. Elegir no debería ser únicamente reafirmar convicciones propias, sino también ejercer de manera consciente la escucha a quienes piensan distinto, a quienes nos incomodan, a quienes están en las orillas de nuestras certezas.

Sin embargo, como ocurre con frecuencia en nuestro país, la conversación pública ha dejado de ser informada para volverse profundamente visceral. No es una impresión aislada: la Defensoría del Pueblo ha advertido sobre un deterioro del debate democrático marcado por desinformación, discursos de odio y violencias digitales. Más preocupante aún, el indicador de difusión de información veraz apenas alcanza el 3,8 %, reflejo de una crisis estructural en la manera en que deliberamos como sociedad.

A esto se suma un ecosistema saturado de contenidos engañosos: más de 150 campañas estructuradas de desinformación han sido identificadas en el último año, mientras que el 78 % de los colombianos reconoce haber estado expuesto a noticias falsas. Hoy la conversación ya no se construye a partir del contraste de ideas, sino de cadenas de WhatsApp, videos manipulados y mensajes diseñados para activar emociones más que reflexión.

Las narrativas que nos alejan están en cada esquina, y el ejercicio de incidir, convencer y persuadir con legitimidad, experiencia y hechos ciertos es un bien escaso.

Nada de esto ocurre sin nosotros. Cada mensaje que reenviamos, cada conversación que alimentamos, contribuye a ese entorno. Y es válido tener preferencias, incluso defenderlas con convicción, pero para preferir algo hay que conocer su opuesto. Ahí es donde fallamos: en la incapacidad de habitar la diferencia sin anularla.

E. Lily Yu, en The Wretched and the Beautiful, plantea una idea incómoda, pero profundamente reveladora: las sociedades no solo están divididas por ideas, sino por la distancia entre quienes tienen capacidad real de elegir y quienes viven condicionados por restricciones que muchas veces no alcanzamos a dimensionar. Desde esa perspectiva, la belleza de elegir —de decidir, de opinar, de participar— es un privilegio que no todos experimentan en igualdad de condiciones. Ignorar esa brecha no la elimina; por el contrario, la profundiza.

Y tal vez ese sea el punto ciego de nuestras conversaciones: hablamos desde lugares que no siempre reconocemos. No todos partimos de las mismas condiciones, no todos enfrentamos las mismas urgencias, no todos habitamos el país desde la misma realidad. Por eso, la verdadera tarea no es simplificar las diferencias ni reducirlas a bandos, sino entenderlas en su complejidad.

Pregúntese usted: ¿qué tanto conoce al que no es afín? ¿Qué tanto tiempo le dedica a entender realidades que no son las suyas? ¿Qué tan dispuesto está a reconocer que su forma de ver el mundo no es universal? Porque elegir también implica reconocer al otro, incluso cuando su experiencia desafía nuestras certezas.

Este no es un momento para observar desde el balcón. Son tiempos que exigen involucrarnos, mirar de frente tanto lo que nos reafirma como lo que nos incomoda. Construir país no es un ejercicio de afinidad, sino un acto deliberado de convivencia en la diferencia.

Porque, más allá de los resultados, hay una certeza que permanece: Colombia sigue. Y nos necesita a todos. Nos necesita pensando en lo que viene, construyendo en lugar de dividir, entendiendo que no todos somos iguales —y que en esa diferencia está precisamente la posibilidad de construir algo común—.

El verdadero privilegio de elegir no está solo en poder hacerlo, sino en hacerlo reconociendo que nuestras decisiones deben abrir espacio para otros, para sus realidades, sus necesidades y sus formas de habitar el país. Solo así la elección deja de ser un acto individual y se convierte en un proyecto colectivo.